Vietnam, una cita con la historia

La llegada de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a Hanoi, la capital de Vietnam, como última escala de una gira internacional, coincide con los 40 años de uno de los triunfos más resonantes en el campo diplomático de la República Socialista de Vietnam. En efecto, el 27 de enero próximo, los vietnamitas recordarán la firma del cese el fuego en ese país en lo que el mundo conoció entonces como la Conferencia de París, que reunió a representantes de Estados Unidos, del gobierno títere de Vietnam del Sur encabezado por el dictador Nguyen Van Thieu, con sede en Raigón (hoy Ciudad Ho Chi Minh), del Frente de Liberación de Vietnam del Sur y de las autoridades del gobierno de la República Democrática de Vietnam, cuya capital era Hanoi.

Lo de histórico no se debe sólo a la gran habilidad de las relaciones internacionales de los comunistas vietnamitas, que habían sido liderados por Ho Chi Minh hasta su muerte, ocurrida el 2 de septiembre de 1969. En ese entonces, el Tío Ho –como llaman los vietnamitas a su máximo líder nacional– había elegido Francia como lugar para tratar de poner fin a la ocupación norteamericana por un sinnúmero de razones. Una de ellas era que los franceses habían ocupado aquella región como territorio colonial hasta que en 1954, en la decisiva batalla de Dien Bien Phu, sufrieron una derrota de proporciones que terminó con casi un siglo de dominación. Pero, además, el mismo Ho, en su juventud, había vivido y había sido partícipe de la lucha de los comunistas de las colonias junto a los comunistas franceses. Y aquella red de solidaridad internacional siguió viva hasta que se iniciaron las conversaciones de paz. Otro elemento a no olvidar es que Francia vivía el sacudón de las luchas obreras y estudiantiles de mayo de 1969, que habían dejado al presidente Charles de Gaulle en una situación muy distinta a la de ser el líder de la lucha contra la ocupación nazi en su país. Para el gobierno de Richard Nixon no era fácil, hacia fines de 1972, reconocer ante el mundo que la primera potencia militar estaba tan empantanada en Vietnam, desde el punto de vista militar, como lo habían estado los colonialistas franceses. Con un agravante: Nixon no se cansaba, desde 1968, de decir                                     Ho Chi Minh que daría una paliza a los comunistas en el sudeste asiático. Y pese al medio millón de hombres enviados allá, pese a la participación de 13 naciones que sumaban efectivos militares y apoyo político a esa aventura, pese a que Vietnam era un país pequeño y pobre, Nixon vivió sucesivos fracasos. Y otro no menor: las manifestaciones por la paz al interior de los Estados Unidos amenazaban con quebrarle la retaguardia que todo imperio necesita para disciplinar y aniquilar a otros pueblos. La sociedad norteamericana empezaba a despertar respecto de la realidad de la invasión: los cálculos de muertos producto de los bombardeos indiscriminados y de las acciones de guerra de exterminio en poblaciones rurales y de las ciudades dejaba a Vietnam con un saldo que los cálculos hacían oscilar entre uno y tres millones de personas. La variación, en una nación que por entonces debía tener –entre norte y sur– unos sesenta millones, tiene que ver con la eliminación sistemática de poblados rurales con napalm y otro tipo de desfoliantes y bombas químicas que quemaban sembradíos, zonas forestadas, selvas milenarias, animales y seres humanos. Todo de forma indiscriminada. Las denuncias sobre el llamado agente naranja, producido por la multinacional Monsanto, no era sólo de los panteras negras o los estudiantes de izquierda, sino de los mismos militares norteamericanos llevados de regreso al país por haber sobrevivido a los efectos de ese potente agente químico. Lo que la prensa norteamericana sigue llamando «daños colaterales» fue entonces un sacudón que cobraba cada vez más fuerza. No puede olvidarse la importancia de escritores y periodistas de gran compromiso cuyos textos ayudaron a los norteamericanos a ver la otra cara de la moneda, la que no le contaban las agencias de noticias y la mayoría de la prensa de aquel país que justificaba todo con el dogma de la Guerra Fría. Así, Norman Mailer, desde su clásico Los ejércitos de la noche (1968), había retratado las manifestaciones contra la Casa Blanca y a favor del respeto al pueblo vietnamita. No menos importante fue la investigación de la llamada matanza de Mi Lai realizada por Seymour Hersh a partir de la confesión de un militar encarcelado que se hacía cargo de que las patrullas norteamericanas habían entrado a asesinar civiles en esa pequeña localidad y no a combatir con soldados adversarios. Mailer (fallecido a fines de 2007) y Hersh tienen un valor adicional porque se opusieron enérgicamente a la invasión a Afganistán y a Irak, ocurridas en 2001 y 2003 respectivamente. Cabe consignar, para esta apretada síntesis de lo que fueron aquellos años, que aquel acuerdo de paz firmado en París fue precedido por los raídes aéreos más feroces de la aviación norteamericana hacia la Navidad de 1972 y que Nixon pretendía retirar los efectivos con uniforme norteamericano y dejar en el terreno una fuerza militar de vietnamitas que actuaban como cipayos reforzados por agentes de inteligencia y oficiales norteamericanos que tuvieran menos visibilidad. La Casa Blanca y el Pentágono norteamericanos creían, hacia principios de 1973, que podrían doblegar la capacidad de resistencia del pueblo aún con esa retirada. Pero la historia fue contundente: pasados algo más de dos años, entre el 30 de abril y el 1 de mayo de 1975, caía el palacio donde se refugiaban los que actuaban como representantes del poder de Washington. Terminaban sus días las aspiraciones de pretender justificar que había una base social extensa de vietnamitas que defendían «la libertad». Entraban entremezclados los soldados del Ejército regular de la República Democrática de Vietnam junto a los miles de guerrilleros del Frente de Liberación Nacional, que vivían en el sur, en sus ciudades, en las aldeas, en las cadenas de túneles o en las selvas donde se refugiaban y que siempre tuvieron como retaguardia a los militantes políticos comunistas y de las organizaciones y partidos que defendían la honra y la independencia de la Nación. Pese a que los vietnamitas siempre enfatizan que son un pueblo pacífico, cualquiera que pueda recorrer museos de ese país, se encontrará con que la resistencia a los invasores forma parte de siglos y siglos de sujeción previa al colonialismo francés y al imperialismo norteamericano y que tuvo a los chinos como permanentes invasores. Un pueblo con infinidad de etnias, infinidad de idiomas y costumbres distintas, extendido en una geografía diversa y exuberante, cuyos líderes siempre aclaraban que peleaban para liberarse de la opresión y sólo para ello. No obstante, tanta práctica de resistencia les permitió un grado de pericia en la estrategia y la táctica militar, capaz de vencer a enemigos muy poderosos. Jean Larteguy, escritor francés de militancia colonialista y él mismo ex legionario, al describir la toma del palacio de gobierno el 1 de mayo de 1975, decía que entraban a la entonces Saigón las mejores tropas de infantería de toda la historia de la guerra. La mayoría eran soldados con sandalias de caucho. El caucho era explotado por empresas como la francesa Michelin y las condiciones de vida de los obreros que extraían el látex líquido de los inmensos árboles tropicales en selvas donde en pleno día no podía verse la luz. Pues, los militantes de Ho Chi Minh tenían organizadas a las células de trabajadores y campesinos desde décadas. Por eso, los líderes vietnamitas no se cansaban de decir que «entre el hombre y el arma, lo más importante es el hombre”. Fue precisamente Vo Nguyen Giap, historiador y dirigente político, quien se convirtió en el gran líder militar y se lo conoce no sólo por haber planeado y dirigido las batallas que terminaron con la dominación francesa y norteamericana, sino que cuando se concretó la paz, se desempeñó como viceministro de Ciencia y Tecnología, toda una muestra de cómo los dirigentes se ponían al frente de los cambios que requería un país devastado por tantas guerras y que quería vivir el sueño de construir la paz. HANOI. Quien escribe estas líneas llegó a Vietnam hace dos décadas. Concretamente cuando se cumplían veinte años de aquellos acuerdos de paz de París. A fines de 1992, el desafío vietnamita incluía no solo encontrar un nuevo esquema en un mundo donde acababa de implotar la Unión Soviética. La década del ochenta fue, dicho por quienes pude dialogar en aquel largo viaje, de caída en la producción, de agudización de la corrupción política, de gran confusión. Lo graficaba un campesino que llevaba un arado tirado por un búfalo. Me decía que, en aquellos años ochentas, se veía a muchos hombres entristecidos sentados sobre sus nalgas al costado de los arrozales. Estaban deprimidos. Eran las mujeres las que se destacaban. Esas mujeres que, ellas o sus madres, salían a cosechar arroz con un fusil en la espalda desafiando a los cazabombarderos Phantom en plena guerra. Esas mujeres a las que vi trabajar a la par de los hombres en la construcción, en las minas o en las granjas. Es imposible olvidar que en aquella oportunidad, el gobierno de Vietnam peleaba para que Estados Unidos levantara el embargo comercial que dejaba como lastre después de tanto horror y matanzas. Las mismas cámaras comerciales de empresas multinacionales norteamericanas con bases en países del sudeste asiático o en Australia, querían eso para poder abrir nuevos mercados. Sin embargo, Estados Unidos seguía atado a la ceguera, al castigo imperial. Una misión de congresistas norteamericanos coincidió con mi estadía en Hanoi. El más protagónico era John McCain, quien se hiciera muy conocido por su candidatura presidencial republicana cinco años atrás. McCain había sido uno de los que piloteaba aviones para destruir puentes, caminos, aldeas; en fin, para exterminar a un pueblo que quedaba a miles de kilómetros de su país. La arrogancia del congresista era notable: les planteaba a sus interlocutores vietnamitas que era imprescindible saber el destino de los cincuenta mil soldados muertos en la invasión. Más allá de la desigualdad de la situación entre agresores y agredidos, invasores e invadidos, o de los números desproporcionados que dejó la guerra, los vietnamitas aclaraban que no ponían ninguna traba para que los norteamericanos recorrieran y averiguaran todo lo que pudieran averiguar sobre el destino final de sus muertos. Sin embargo, lo que reproducía la gran prensa era que McCain, que había sido prisionero de guerra en sus años, había sido víctima de una cárcel comunista y que los vietnamitas se negaban a un justo reclamo. Pasados muchos años, nunca más hubo guerra en Vietnam. Los memoriosos recordarán, por supuesto, en 1979, un intento de invasión china, que fue conjurado en forma relámpago por los vietnamitas y que terminaron con cualquier otra aventura. No sólo hay paz. Hay empresas radicadas en ese país que responden a la matriz capitalista que engendra las guerras. Pero allá van, ahora, bajo la estricta supervisión y permisos de las autoridades nacionales. Podrá debatirse sobre las paradojas de la historia, por supuesto. Pero con respeto a los protagonistas y con respeto a la coherencia de defender principios estudiados y contrastados teórica y prácticamente. Muchos decían que los vietnamitas eran ilusos pensando en que derrotarían a un ejército económica y tecnológicamente superior. Nunca dijeron que iban a cambiar de la noche a la mañana la raíz tecnológica y financiera de la producción a gran escala. Por eso, hoy Vietnam crece de modo sostenido y con un Estado que planifica el crecimiento al tiempo que estimula la inversión extranjera bajo el estricto cumplimiento de las leyes de esa Nación. por Eduardo Anguita Fuente: 

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Diario Tiempo Argentino 15/1/2013

Vietnam, una cita con la historia
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