Vietnam en guerra, por Ignacio Ezcurra

Hasta fin de mes se exhibirán fotografías tomadas en 1968 por el periodista del diario La Nación.

En la mirada de un soldado, la caminata de las tropas norteamericanas en plena selva o en el vuelo de un helicóptero está, siempre, la guerra reflejada por la lente de Ignacio Ezcurra, periodista de La Nacion que cubrió el conflicto de Vietnam, donde fue asesinado en circunstancias nunca aclaradas en mayo de 1968.

Las fotografías en blanco y negro reproducidas en gigantografías pueden observarse en la explanada de la Biblioteca Nacional e integran la muestra «Vietnam.1968». Son parte del archivo fotográfico donado por la familia de Ezcurra a la biblioteca y que, en pocos meses, estará disponible para la consulta de los lectores. Las escenas reflejan la tensión vivida entre los soldados estadounidenses al acecho del enemigo en medio de un bosque destrozado por los bombardeos y en la aparente tranquilidad de los vendedores ambulantes o los niños en las calles de Saigón.

A los 28 años, cuando Ezcurra ya estaba casado con Inés Lynch y tenía dos hijos y una larga historia de viajes en moto y «a dedo» por América latina y Estados Unidos, quiso estar en Vietnam. Sus fotos registran, según el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, «cuadro por cuadro, la marcha hacia su propia muerte en aquella ciudad de la que hablaban todos los diarios del mundo». El director de cultura de la Biblioteca, Ezequiel Grimson, dijo que para la muestra se eligieron las fotos de Vietnam porque son «imágenes muy contundentes y aterradoras por lo que implica una guerra y el final de la vida de un hombre». Grimson destacó que el gesto de la familia Ezcurra se inscribe en la tradición de donaciones de archivos privados que enriqueció el patrimonio original de la Biblioteca Nacional.

«Mi madre, que enviudó cuando tenía 23 años, administró el archivo de mi padre abriéndolo a la consulta de quien lo solicitara», contó a La Nacion Encarnación Ezcurra, hija del periodista. «Cuando mi mamá se enfermó, le resultaba muy difícil hacerse cargo de los pedidos de copias de imágenes, que no rechazaba nunca», agregó Encarnación, quien también contó que Lynch rechazó la oferta de varios bancos de imágenes de comprar el archivo de su esposo cuando supo que no serían de acceso gratuito para el público.

Los trámites para la donación comenzaron en 2008 y fueron interrumpidos por el fallecimiento de la señora Lynch, en febrero de 2009. Finalmente, se concretó el año pasado. Las fotos estarían disponibles a la consulta de los lectores antes de fin de año. Además de las imágenes de Vietnam, la muestra, que estará abierta hasta fin de mes, incluye una treintena de fotos en tamaño pequeño en el tercer piso de la Biblioteca.

por Silvina Premat

Fuente: 

Diario La Nación 10/7/2011

Informacion Adicional: 

En Vietnam, siguiendo los pasos de Ignacio Ezcurra
Tras 29 años, La Nación volvió al lugar de su desaparición
23 de marzo de 1997

Este libro contiene una selección que Sara Gallardo realizó en 1970 de textos de Ignacio Ezcurra.
Edición El Elefante Blanco – Buenos Aires, 1998
«Siento mucho la muerte de los colegas que fueron asesinados días atrás por el Vietcong. Estaban desarmados y tuvieron tiempo de decir que eran periodistas. Fue una crueldad inútil eliminarlos. Por otra parte, entiendo que el periodismo ha sido sumamente imparcial con el Vietcong. También entiendo que todos los que estamos aquí  sentimos que estamos corriendo ese riesgo.  Y ése es un precio que tenemos que pagar por estar cubriendo la historia más grande y tal vez más triste de este momento» (Ignacio Ezcurra, 7/5/1968 desde Saigón, por televisión, en La Voz de América)

 

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HO CHI MINH CITY.- Después de 29 años, un periodista de La Nación volvió a transitar por las calles de Saigón, que ahora se llama Ho Chi Minh, en homenaje al héroe nacional vietnamita. El primero en llegar, para cubrir las alternativas de la guerra vietnamina que le infligió la derrota bélica más grande de su historia institucional a los Estados Unidos, en la década del 60, fue Ignacio Ezcurra, quien murió en el frente de batalla.El segundo en llegar a la tierra de Saigón, hoy conocida y nombrada como Ho Chi Mihn City, es quien escribe estas líneas y quien, hace más de 29 años compartió noches de cierres y titulares codo a codo, en el mismo escritorio con Ignacio Ezcurra.

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El regreso, impensado, debido a la visita oficial del presidente Carlos Menem, quien estuvo en Hanoi, la actual capital vietnamita, movió la necesidad de unir los 2000 kilómetros con la ex Saigón, quizá sólo para alcanzar un viejo sueño: encontrar, en tiempos de paz, la sonrisa casi adolescente de Ignacio que se perdió en tiempos de guerra. Pasaron 29 años y en Ho Chi Minh City se sienten profundamente. Aunque no pudimos hablarlo en aquellos días, Ignacio no se encontró con el mismo atardecer en que yo pisé por primera vez esta ciudad.

Ya no zumban las balas, ni estallan las granadas, ni los chicos ni las mujeres corren a guarecerse de los ataques bélicos.Ya nadie busca con ojos extraviados un cuenco con arroz para saciar el hambre que la guerra les obligó a sentir en carne propia. Hoy, Ho Chi Minh City es una ciudad en la que se respira progreso y en la que la guerra, aunque haya sido la mayor victoria vietnamita del siglo, es un apesadumbrado recuerdo para sus sobrevivientes.

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En la quimérica recorrida para tratar, aunque más no sea, de caminar los mismos senderos que transitó Ignacio, dejé mi equipaje en un hotel. Y, sin siquiera mudar mi ropa, pregunté cómo llegar al barrio chino de Cholón, donde Ignacio encontró la muerte, cuando recién empezaba a despuntar en la vida. Con sus ojos inquietos y su espíritu de aventura, Ignacio llegó a Saigón el 24 de abril de 1968 para una visita de un mes, con el fin de narrarle a los lectores de La Nación cómo era vivir o tratar de sobrevivir en el medio de una guerra.

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Quienes hoy viven en Cholón, en su mayoría son de origen chino y conviven con los vietnamitas. Sin demasiadas precisiones, sin ninguna dirección específica, sin más que una profunda tristeza por lo que no iba a encontrar, a Ignacio, y por lo que además estaba sintiendo, un calor sofocante que nacía del asfalto y me apesadumbraba, empecé a recorrer el barrio.

Al atardecer de un domingo, sin demasiado tiempo por tener la visa vencida y con temor de ser detenido por algún escuálido policía vietnamita que no entendería mi quimera, llegué al hotel donde se había alojado, El Eden Roc, en la calle Tu Do, que en castellano significa, calle de la Libertad. Ya dejó de ser la zona de las barricadas, los bares de mala muerte y de la sangre derramada en cualquier esquina. Ahora, a casi 30 años del fin de la guerra, se convirtió en el corazón de los establecimientos hoteleros de jerarquía, como el Majestic, Continental, Saigon Prince, Royal y Omni Saigon.

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Ignacio Ezcurra murió en Cholón, el 8 de mayo de 1968, en un día húmedo y otoñal como sólo suelen serlo en Vietnam. Yo me encontré, en una jornada nublada, casi con la misma humedad con la que Ignacio se topó con la muerte, pero en una zona que vibra de vida y de futuro. En Cholón creció el centro comercial y bancario del down town. Lo Chog Hoa y Hong That Ty (dos avenidas) dividen a Cholón del sector bancario. Es un lugar exclusivo, y está bordeado, asimismo, por un barrio residencial. Abundan los principales traders vietnamitas que operan desde sus bunkers con plazas financieras tan importantes como Hong Kong, Bangkok, Tokio o Taipei.

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Mientras miro el cielo empecinadamente gris plomizo, me pregunto cuáles habrán sido las impresiones de Ignacio, cuáles habrán sido sus calles preferidas. Cuál el bar dónde habrá apurado más de un café para salir a buscar información sobre la guerra: que era lo mismo que contar cuántos muertos vietnamitas o norteamericanos habían dejado de padecer la contienda. Quiero convencerme, quizá para sentirlo más cerca, que Ignacio también gastó los zapatos por la Dihu Pahn o la Duong Binh-Tien, dos de las principales calles del barrio chino.

El contraste entre los viejos y los nuevos edificios, es la mejor demostración del progreso en este país. Pero, sólo yo puedo darme cuenta de esas diferencias. Hoy, no se ven barricadas de arena, ni alambrados de púa y, gracias a Dios, no se escucha el aterrador ruido de las ametralladoras. Ni cazas a reacción ni helicópteros. No hay aroma de guerra por las calles de Cholón. Todo huele a paz.

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El 1º de mayo de 1968 fue la última vez que se lo vio a Ignacio Ezcurra con vida. Y, siete días después, se lo dio triste y oficialmente por muerto. Tres periodistas norteamericanos (dos de la agencia Associated Press y otro de Newsweek) se habían reunido a las 10 de la mañana en las oficinas de AP. Iniciaban una recorrida. En un momento dado, Ignacio pidió a sus colegas con los que viajaba en un jeep que lo dejaran en la intersección de Mihn Phung y Luc Tinh, una esquina del barrio de Cholón para entrevistar a la gente.

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«Quería echar una ojeada», comentó por entonces un periodista norteamericano. Ese cruce está a unas cinco cuadras del puente que conduce a la carretera número 4, que va al delta del legendario río Mekong. En el vehículo dejó su casco que tenía estampada la ecuménica palabra Press (prensa, o tácitamente, un salvoconducto). Ese fue el último gesto que los colegas periodistas le vieron a Ignacio, con la sonrisa confiada de siempre. Esa fue la última noticia que tuvieron en Saigón, hoy Ho Chi Minh City, y la primera información inquietante que tuvimos en Buenos Aires, hoy tan Buenos Aires como siempre. En esa zona de Cholón, donde Ignacio comenzó a abandonarnos sin saberlo, solían registrarse combates callejeros. Ese barrio chino era, tal vez, el más peligroso de toda Saigon. Me detuve en la esquina de Minh Phung y Luc Tinh, donde hoy está construido un edificio para oficinas comerciales. Aguanté la respiración, al sentir debajo de mis pies que el pasado se me venía encima y que, para peor, no había ningún vietnamita que pudiera entender mis sentimientos. Yo tenía 27 años y estaba en la redacción del diario el día que nos confirmaron que Ignacio estaba muerto. Era el 8 de mayo de 1968.

Hoy, con 55 años encima estoy en el mismo barrio chino, pero no logro alcanzar el sueño deseado: ningún rostro me devuelve la sonrisa de Ignacio, que apenas hace 29 años tenía dos años más que yo…Para quienes no conocieron detalles, sólo me queda aliento para contarles que su cuerpo apareció en una de las calles del barrio chino de Cholón. Pasaron casi treinta años y no hay elementos ciertos para reconstruir sus úlimos pasos. Ignacio fue un brillante redactor, que se restregaba las manos cuando concluía una historia que le encantaba.

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Un retrato suyo, con uniforme de corresponsal de guerra en Vietnam incluido el casco con la inscripción Press, nos acompaña en la sala de Redacción de La Nación. Los que lo vimos partir hacia esta ciudad, sabíamos que venía a Saigón porque a través de sus ojos, conoceríamos la verdad de los hechos. Pero antes de partir, ante otro periodista de este diario, César A. Corbellini Rosende, nos había confesado algo mientras se paseaba por los escritorios de la redacción: «Es el precio que tenemos que pagar para poder informar», dijo al pasar, como si sospechara cuál era el valor de su vida, la moneda de la muerte. Fue la última vez que habríamos de estar juntos, por lo menos en esta vida.

Jorge Monti

 

 

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