Viento del pueblo

En la poesía universal se han dado ejemplos de singular precocidad: el más conocido es el de Arthur Rimbaud, quien revolucionó la lírica moderna, si bien escribió solamente hasta los veintidós años y luego pasó a dedicarse con igual entusiasmo a la trata de esclavos en Africa, olvidando para siempre la literatura y el mundo. O más cercano todavía, el del peruano Javier Heraud, asesinado en el río Madre de Dios por sus actividades revolucionarias, con balas de las que se usan para matar fieras, cuando tenía alrededor de veinte. Poco se señala, en cambio, el caso de Miguel Hernández, aunque reviendo su itinerario vital y literario parece absolutamente increíble que haya muerto cuando sólo iba a tener 32 años.

Por los tiempos en que, saltando las altas barreras de la censura franquista, él llegó a nosotros, comenzaron mis felices contactos con la mejor poesía de la lengua, con mucho de lo mejor escrito en español. Fantástico tesoro que he transportado hasta aquí por décadas. Circulaba en la Argentina, casi como novedad editorial en el idioma (puesto que en España estaban absolutamente silenciados), lo que se fue plasmando como una tríada, una no pactada complicidad, un no pensado triángulo: don Antonio Machado, el sabio, el artesano, el orfebre, el purista, el trabajador, el perfecto, el tiernamente filosófico de “Meditaciones de un día” y de Juan de Mairena, ido a morir al exilio francés en Colliure, tras la derrota; Federico García Lorca, el grácil, el audaz, el algo loco, el genio, el musical y gitano, el desmedido, el muy surrealista y muy épico del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejía”, brutalmente asesinado a poco del levantamiento franquista; y Miguel, el labriego, el pastor, el hombre de la tierra, el natural y el cósmico, el del fusil amado y armado, el amador, el combatiente, el de “Vientos del pueblo me llevan,/vientos del pueblo me arrastran,/me esparcen el corazón/y me aventan la garganta…”, muerto en las mazmorras del régimen el 28 de marzo de 1942.

Acaso por la política y por el amor (que en aquella época iban siempre juntos), llegamos a sus grandes sonetos: al erótico “Por tu pie, la blancura más bailable,/donde cesa en diez partes tu hermosura…”, al melancólico “Yo te agradezco la intención, hermana,/la buena voluntad con que me asiste/tu alegría ejemplar; pero, desiste/por Dios: hoy no me abras la ventana”, y también al provocativo “Te me mueres de casta y de sencilla”, y al insinuante “Me tiraste un limón, y tan amargo,…”, a su “Rosario, dinamitera”, y también al fraternal “Me llamo barro aunque Miguel me llame…”, y también, y también…

Leímos a los tres grandes poetas hasta construir pequeñas autobiografías machadianas, canciones lorquianas, sonetos hernandianos; hasta la admiración, la imitación, la adoración; nos los pasábamos entre algunos iniciados como consigna política, cultural, estética, y hasta de seducción ante beldades juveniles que no resistirían la potencia bélica, amorosa, y el encanto de esas voces inéditas.

Tampoco es que nos hayan llegado solos: muchas veces venían presentados, precedidos, recomendados, introducidos por algún hermano mayor: nuestro Raúl González Tuñón fue el adalid de todos. Muy joven todavía, pasó el año 1935 en Madrid, se trató con Federico García Lorca, con Rafael Alberti, con Miguel Hernández, con Pedro Salinas, con Gerardo Diego… Leyó en el Ateneo, en un acto organizado por León Felipe, los poemas inspirados por la insurrección minera de Asturias y la represión del año ’34. También publicó Raúl González Tuñón en Caballo verde, la revista del cónsul de Chile en Madrid, Pablo Neruda. Había discutido con algunos de aquellos amigos sobre la función social de la poesía y hasta había ayudado a convencerlos. Tanto, como para que, al volver en 1937 como corresponsal de guerra enviado por La Nueva España, periódico republicano editado en Buenos Aires, encontrase a Miguel Hernández, otrora poeta del grupo católico “El gallo crisis”, convertido en jefe de una brigada republicana, redactando y leyendo algunos de los poemas de Viento del pueblo…

Había nacido Miguel Hernández un 30 de octubre de 1910 en Orihuela, un pueblo de Alicante. Hijo de campesinos pobres, estudió escolarmente sólo dos años y luego fue para siempre autodidacta, porque desde muy niño se dedicó a apacentar el rebaño de cabras familiar. Se educó en y con la naturaleza, en el canto de las aves de su tierra, en el silencio de los soles y las lluvias finas, y en una religiosidad que marca sus primeros años y, también y especialmente, en la lectura precoz de Lope de Vega, Calderón, Góngora y Quevedo.

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Empezó, pronto, a llamar la atención de sus vecinos, intelectuales y escritores de la región. Gracias a su amistad con Ramón Sijé, éste le publica poemas en su revista El gallo crisis y prologa su primer libro Perito en lunas. Pero enseguida lo deja solo por la muerte (tiene Sijé 22 años apenas) y da motivo a la famosa y cálida “Elegía” de Miguel: “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”. Se enamora, por entonces, de quien será la gran pasión de su vida: Josefina Manresa. Y escribe algunos de los más poderosos y bellos poemas de amor que se hayan escrito, en todos los tiempos, en la lengua española. Son los sonetos de El rayo que no cesa (1936) que iba a llamarse primero El silbo vulnerado.

Va por primera vez a Madrid; José Bergamín le publica en su revista Cruz y raya el auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve; aparecen entrevistas en otras publicaciones. Tienen lugar allí las reuniones de jóvenes escritores entusiasmados por el fervor revolucionario que recorre España. Así lo describe, por la época, otro enorme poeta español, Vicente Aleixandre (quien será, con toda justicia, Premio Nobel de Literatura en 1977): “Calzaba entonces alpargatas, no sólo por su limpia pobreza, sino porque era el calzado natural a que su pie se acostumbró de chiquillo y que él recuperaba en cuanto la estación madrileña se lo consentía. Llegaba en mangas de camisa, sin corbata ni cuello… Unos ojos azules, como dos piedras lindas, sobre las cuales el agua hubiese pasado durante años, brillaban en la faz térrea, arcilla pura, donde la dentadura blanca, blanquísima, contrastaba con violencia, como efectivamente una irrupción de espuma sobre una tierra ocre”.

Pero estalla la sublevación militar en julio de 1936 y toda esa intelectualidad se pone al servicio de la República. Miguel se alista en el Quinto Regimiento y va inmediatamente a parar el fuego en Guadalajara y en Extremadura. Y en 1937 sale su libro, editado por el Socorro Rojo Internacional, Viento del Pueblo.

Hacia abril de 1939, perdida ya la guerra y comenzada la dispersión española, busca refugio en Sevilla y luego en Huelva. De la prisión en la que caerá, entregado por el gobierno dictatorial de António de Oliveira Salazar cuando intentaba entrar en Portugal, lo sacarán poco después amigos solidarios que andan en esa hora por París, y la gestión de Pablo Neruda con el cardenal de la ciudad (a quien conmueve la lectura de aquel auto sacramental de Miguel y sus primeras piezas poéticas religiosas). Aunque otra vez en Orihuela, adonde vuelve desoyendo todo consejo, es definitivamente prendido y pasado de prisión en prisión (fichado como “escritor y poeta de la revolución”), hasta el agravamiento de su tuberculosis y la temprana muerte.

Dejó muchísimas piezas inéditas, algunas conocidas en la recopilación Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941) (publicadas, si no me engaño, por primera vez en el idioma, aquí en Buenos Aires, por Editorial Lautaro, en 1958) y poemas que irán apareciendo póstumamente, como el magnífico “Hijo de la luz y de la sombra”. Unió a una vida harto difícil y combativa, a una lucha ejemplar, el trabajo de muchísimos poemas que cuentan entre los más bellos de la lengua, cuya lectura sigue aún estremeciendo a multitud de jóvenes y no tan jóvenes.

por Mario Goloboff. Escritor. Docente universitario.
 

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La voz de Miguel Hernández, recitando un tramo de «Canción del esposo soldado»

Fuente: 

Diario Página/12 27/10/2010

Informacion Adicional: 

Quién es Miguel Hernández:

En Orihuela, un pequeño pueblo del Levante español, rodeada del oasis exuberante de la huerta del Segura, nació Miguel Hernández el 30 de octubre de 1910. Hijo de un contratante de ganado, su niñez y adolescencia transcurren por la aireada y luminosa sierra oriolana tras un pequeño hato de cabras. En medio de la naturaleza contempla maravillado sus misterios: la luna y las estrellas, la lluvia, las propiedades de diversas hierbas, los ritos de la fecundación de los animales. Por las tardes ordeña las cabras y se dedica a repartir la leche por el vecindario. Sólo el breve paréntesis de unos años interrumpe esta vidad para asistir a la Escuela del Ave María, anexa al Colegio de Santo Domingo, donde estudia gramática, aritmética, geografía y religión, descollando por su extraordinario talento. En 1925, a los quince años de edad, tiene que abandonar el colegio para volver a conducir cabras por las cercanías de Orihuela. Pero sabe embellecer esta vida monótona con la lectura de numerosos libros de Gabriel y Galán, Miró, Zorrilla, Rubén Dario, que caen en sus manos y depositan en su espíritu ávido el germen de la poesía. A veces se pone escribir sencillos versos a la sombra de un árbol realizando sus primeros experimentos poéticos. Al atardecer merodea por el vecindario conociendo a Ramón y Gabriel Sijé y a los hermanos Fenoll, cuya panadería se convierte en tertulia del pequeño grupo de aficionados a las letras. Ramón Sijé, joven estudiante de derecho en la universidad de Murcia, le orienta en sus lectura, le guía hacia los clásicos y la poesía religiosa, le corrige y le alienta a proseguir su actividad creadora. El mundo de sus lecturas se amplía. El joven pastor va llevando a cabo un maravilloso esfuerzo de autoeducación con libros que consigue en la biblioteca del Círculo de Bellas Artes. Don Luis Almarcha, canónigo entonces de la catedral, le orienta en sus lecturas y le presta también libros. Poco a poco irá leyendo a los grandes autores del Siglo de Oro: Cervantes, Lope, Calderón, Góngora y Garcilaso, junto con algunos autores modernos como Juan Ramón y Antonio Machado. En el horno de Efén Fenoll, que está muy cerca de su casa, pasa largas horas en agradable tertulia discutiendo de poesía, recitando versos y recibiendo preciosas sugerencias del culto Ramón Sijé que acude allí a visitar a su novia Josefina Fenoll. Desde 1930 Miguel Hernández comienza a publicar poemas en el semanario El Pueblo de Orihuela y el diario El Día de Alicante. Su nombre comienza a sonar en revistas y diarios levantinos.

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Primer viaje a Madrid y Perito en lunas

Poseído por la fiebre de la fama, en diciembre de 1931 se lanza a la conquista de Madrid con un puñado de poemas y unas recomendaciones que al fin de nada le sirven. Aunque un par de revistas literarias, La Gaceta Literaria y Estampa, acusan su presencia en la capital y piden un empleo o apoyo oficial para el «cabrero-poeta», las semanas pasan y, a pesar de la abnegada ayuda de un puñado de amigos oriolanos, tiene que volverse fracasado a Orihuela. Pero al menos ha podido tomarle el pulso a los gustos literarios de la capital que le inspiran su libro neogongorino Perito en lunas (1933), extraordinario ejercicio de lucha tenaz con la palabra y la sintaxis, muestra de una invencible voluntad de estilo. Tras este esfuerzo el poeta ya está forjado y ha logrado hacer de la lengua un instrumento maleable. En Orihuela continúa sus intensas lecturas y sigue escribiendo poesía. También sus amigos le preparan alguna actuación en público. En el Casino de Orihuela recita y explica su «Elegía media del toro». Otra vez, en abril de 1933, es en Alicante donde interpreta la misma elegía después de una docta charla de Ramón Sijé sobre Perito en lunas. La prensa local se hace eco del acontecimiento literario alimentando en el joven poeta el ansia y sed de celebridad.

Segundo viaje a Madrid

Un día, al salir de su trabajo, en una notaría de Orihuela, conoce a Josefina Manresa y se enamora de ella. Sus vivencias van hallando formulación lírica en una serie de sonetos que desembocarán en El rayo que no cesa (1936). Las lecturas de Calderón le inspiran su auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras, que, publicado por Cruz y raya, le abrirá las puertas de Madrid a su segunda llegada en la primavera de 1934. Allí se mantiene con un empleo que le ofrece José María de Cossío para recoger datos y redactar historias de toreros. En Madrid su correspondencia amorosa no se interrumpe y la frecuente soledad inevitable en la gran ciudad le hace sentir nostalgia por la paz e intimidad de su Orihuela. Las cartas abundan en quejas sobre la pensión, rencillas de escritores, intrigas, el ruido y el tráfico. Así es que en cuanto le es posible vuelve a su pueblo para charlar con los amigos, comer fruta a satisfacción y bañarse en el río. Aunque lentamente, va creándose en Madrid su círculo de amigos: Altolaguirre, Alberti, Cernuda, Delia del Carril, María Zambrano, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda. Entre ellos trata de vender algunos números de la revista El Gallo Crisis, recién fundada por Ramón Sijé, pero tienen que constatar que ésta no gusta a muchos de sus nuevos amigos. Neruda se lo confiesa abiertamente: «Querido Miguel, siento decirte que no me gusta El Gallo Crisis. Le hallo demasiado olor a iglesia, ahogado en incienso». Ramón Sijé teme perder a su gran amigo para sus ideales neocatólicos, pero pronto tienen que constatar que el ambiente de Madrid puede más que los ecos de la lejana Orihuela. Pablo Neruda insiste en sus ingeniosos sarcasmos anticlericales: «Celebro que no te hayas peleado con El Gallo Crisis pero esto te sobrevendrá a la larga. Tú eres demasiado sano para soportar ese tufo sotánico-satánico». Si Ramón Sijé y los amigos de Orihuela le llevaron a su orientación clasicista, a la poesía religiosa y al teatro sacro, Neruda y Aleixandre lo iniciaron en el surrealismo y le sugirieron, de palabra o con el ejemplo, las formas poéticas revolucionarias y la poesía comprometida, influyendo, sobre todo Neruda y Alberti, en la ideología social y política del joven poeta provinciano. Superada esta crisi, Miguel Hernández es ya un poeta hecho y comienza a crear lo más logrado y genial de su obra.

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La Guerra Civil

El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 le obliga a tomar una decisión. Miguel Hernández, sin dar lugar a dudas, la toma con entereza y entusiasmo por la República. No solamente entrega toda su persona, sino que también su creación lírica se trueca en arma de denuncia, testimonio, instrumento de lucha ya entusiasta, ya silenciosa y desesperada. Como voluntario se incorpora al 5є Regimiento, después de un viaje a Orihuela a despedirse de los suyos. Se le envía a hacer fortificaciones en Cubas, cerca de Madrid. Emilio Prados logra que se le traslade a la 1Є Compañía del Cuartel General de Caballería como Comisario de Cultura del Batallón de El Campesino. Va pasando por diversos frentes: Boadilla del Monte, Pozuelo, Alcalá. En plena guerra logra escapar brevemente a Orihuela para casarse el 9 de marzo de 1937 con Josefina Manresa. A los pocos días tiene que marchar al frente de Jaén. Es una vida agitadísima de continuos viajes y actividad literaria. Todo esto y la tensión de la guerra le ocasionan una anemia cerebral aguda que le obliga por prescripción médica a retirarse a Cox para reponerse. Varias obritas de Teatro en la guerra y dos libros de poemas que han quedado como testimonio vigoroso de este momento bélico: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939).

El poeta en la cárcel

En la primavera de 1939, ante la desbandada general del frente republicano, Miguel Hernández intenta cruzar la frontera portuguesa y es devuelto a las autoridades españolas. Así comienza su larga peregrinación por cárceles: Sevilla, Madrid. Difícil imaginarnos la vida en las prisiones en los meses posteriores a la guerra. Inesperadamente, a mediados de septiembre de 1939, es puesto en libertad. Fatídicamente, arrastrado por el amor a los suyos, se dirige a Orihuela, donde es encarcelado de nuevo en el seminario de San Miguel, convertido en prisión. El poeta -como dice lleno de amargura- sigue «haciendo turismo» por las cárceles de Madrid, Ocaña, Alicante, hasta que en su indefenso organismo se declara una «tuberculosis pulmonar aguda» que se extiende a ambos pulmones, alcanzando proporciones tan alarmantes que hasta el intento de trasladarlo al Sanatorio Penitenciario de Porta Coeli resulta imposible. Entre dolores acerbos, hemorragias agudas, golpes de tos, Miguel Hernández se va consumiendo inexorablemente. El 28 de marzo de 1942 expira a los treinta y un años de edad.

Fuente: www.mhernandez.narod.ru

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