“Veo que le tira a un cuerpo en la vereda”

Miguel Angel Lauletta, ex militante de Montoneros, declaró sobre su detención ilegal en el centro clandestino de la Armada. Reconstruyó el intento de secuestro de Walsh, que terminó con su asesinato, y dijo que el escritor no pudo defenderse.

Miguel Angel Lauletta se sentó el viernes pasado en los Tribunales de Comodoro Py a declarar por primera vez de forma oral sobre su secuestro en la ESMA. Reconstruyó entre otras cosas parte del intento de secuestro que terminó con el asesinato de Rodolfo Walsh, y reveló que ese día estuvo presente. Poco después de empezar, dijo que para salvar a su mujer y su hijo dio los datos de una cita en la que cayeron cinco de sus compañeros. En ese momento, lloró. Cuatro de esos cinco compañeros, dijo, están desaparecidos.

“Yo siento que la tortura es nada más cuando te atan a una picana, pero para todos los que pasamos por el centro clandestino de detención todo el tiempo era una tortura. A mí me sacaban de ahí (del sótano de la ESMA), me ponían en un banquito al lado de la puerta, entraban. Se sentían los gritos y yo después volvía a entrar con el olor del cuerpo de una persona que es sometida a la tortura, pelos en la pared con sangre, eso también es tortura. La tortura no es solamente los golpes que uno recibe: tortura es esa sensación que teníamos los días que había traslados y decían los números. Pese a que yo era ateo militante, rezaba para que no dijeran el mío.”

Lauletta militaba en Montoneros y estaba a cargo, según contó, del Servicio de Documentación del área federal. Veinte días antes de su secuestro, la organización levantó la estructura por el rapto de un compañero. “Mi señora, mi hijo de tres meses y yo empezamos a circular por algunas casas operativas hasta que el 13 de octubre conseguimos un alojamiento más definitivo en la casa de una compañera que no militaba, pero nos ofreció refugio.” El 14 de octubre a la mañana, salieron al departamento de otro compañero para pasarse información sobre cómo iba a funcionar el servicio. “Una vez que llegué, le dije a mi compañero que hiciéramos un ‘control de teléfonos’ para ver si estaba todo bien, él se fue y me quedé leyendo en la casa. Era un departamento de un ambiente. Yo leía y siento que se abre la puerta: cuando levanté la vista tenía cuatro personas que me estaban apuntando con sus armas.”

Lo ataron por la espalda, lo tiraron a la cama, lo golpearon, le preguntaron quién era y qué hacía. “Yo recuerdo que dije que era de la Juventud Radical, que no tenía nada que ver con nada, pero rebotaba por los culatazos que me pegaban.” A esa altura, mientras daban con las bolsas con pasaportes y DNI en blanco, entró Francis Whamond, un oficial retirado de la Armada. “No le peguen más”, les ordenó, y lo identificó como Caín. Caín era su nombre de guerra, un personaje del Corto Maltés, de Hugo Prats: “Yo, para no ponerme Corto, decidí llamarme Caín, y la verdad es que eso me descolocó: no esperaba que tan pronto supieran quién era”.

Del departamento se llevaron su agenda, donde aparecía una cita a las 20.30 con su mujer para entrar en la nueva casa asignada. En la ESMA, después del sótano, el rótulo y las picanas, lo reunieron con un grupo de detenidos, le preguntaron si quería ver al Beto Ahumada, alguien que él daba por muerto. Poco después, habló de las citas. “En mi debilidad no encontré otra forma de ganar tiempo para que no encontraran a mi mujer que darle la cita donde secuestraron a cinco compañeros míos. De los cinco hay cuatro compañeros desaparecidos.” Nombró a María Laura Taca de Ahumada, que fue liberada, a María Elena Miretti, su esposo Adolfo Anselmo Eier; a Gustavo Delfor García Capani y una chica de nombre Anahí. En la ESMA, los sentaron frente a él. “Cuando me sacan la capucha, veo que eran mis compañeros, y Anahí me escupe en la cara: eso me dio mucha vergüenza como ahora ante ustedes, pero eso fue como un rescate.”

Un día le anunciaron que tenía una cita en la zona sur. Lo llevaron en un coche el Halcón (Néstor Omar Savio) y Gato (Alberto González Menotti), al que identificó en una ronda de personas en el juzgado de Sergio Torres. “Me quedo ahí –dijo–, veo que alguien se acerca vestido con traje, en el bolsillo lleva una contraseña de la orga.” Una chica iba a su encuentro. Halcón y el Gato se bajaron con una escopeta, uno gritó: ¡Alto, policía! Y la chica cayó en la calle. El chico corrió, Gato le tiró con un arma de puño, el coche lo siguió y el chico cayó una cuadra y media después. Los dos represores metieron al chico en el baúl, dijo Lauletta, y subieron una libreta ensangrentada que tiraron en el piso del coche. “Siento patear adentro del baúl hasta que en un momento no pateó mas: el día de las citas nacionales cayeron muchos compañeros en la ESMA”.

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“El día de las citas nacionales” fue un momento de caídas masivas. Según Lauletta, los marinos habían encontrado el modo de convertir las citas en trampas. Si alguien estaba secuestrado y también lo estaba la persona que debía dar la alerta, el tercer enlace de la cadena iría a la cita convencido de que no había problemas. Ese día, dijo, cayeron Lisandro Raúl Cubas, Marta Bazán, Anita Dvatman. “Veo compañeros muertos en camillas y eso les permitió hacer muchas caídas.”

En diciembre del ’76 tomaron la decisión de falsificar documentos. Hasta ese momento, usaban los documentos del Servicio de Inteligencia Naval (SIN), pero eran de mala calidad, dijo Lauletta, convencido de que además desde la ESMA buscaban independizarse. El primer laboratorio fotográfico se monta en una estructura de aglomerado frente de las piecitas de material del sótano, en una pieza que usaba el civil que iba a arreglar la picana. Ahí falsificaron pasaportes argentinos, DNI, pasaportes diplomáticos, uruguayos, registros de conducir, la credencial del SIN. También cédulas de automotor, títulos de propiedad de automotor, registros de conducir internacional y facturas de empresas francesas radicadas en Francia, dijo, para justificar los gastos de lo que fue el Centro Piloto en París. Como no tenían la impresora, algunas impresiones las hicieron en el Edificio Libertad.

“Ya estamos en marzo –dijo–, se produce la caída de parte de la logística: o sea que entre octubre y mitad de marzo habían caído cerca de 400 compañeros.” El 25 de marzo de 1977 le avisaron que había una cita a la que iba a ir Walsh. “No lo conocía –dijo–, no lo había visto antes.” A Lauletta lo subieron a una Renoleta que manejaba el “Gordo” Juan Carlos, lo sentaron adelante. Atrás iban otros compañeros, dijo. Con ellos, salieron otros coches, entre ellos un Peugeot, un Ford y un camión militar. La Renoleta agarró Avenida San Juan, que era de doble mano desde Entre Ríos. “Ibamos circulando y sentimos por la radio: ‘Emergencia, emergencia’; la Renoleta dio vuelta en U por Entre Ríos, retoma San Juan y cuando pasamos a la altura de Combate de los Pozos, en el medio de la calle estaba Yon”, por Enrique Yon, “Cobra”, fallecido. A una distancia de unos tres metros, “veo que tira con un arma de puño a un cuerpo que está tirado en la vereda de enfrente y gritaba ‘¡Pepa! ¡Pepa!’, que era como le decíamos nosotros a la granada”.

Al día siguiente, en la ESMA, Weber (Ernesto Frimón) se quejó por la actuación de uno de los guardias del Peugeot. “Weber venía por atrás, de espaldas a Walsh, dijo que él iba a agarrarlo, y según él, lo que cuenta, es que a menos de un metro siente que gritan los policías. Walsh se empieza a dar vuelta, ven que tiene un sobre de plástico en un portafolio, es como que quiere sacar algo y ahí es donde le tiran.”

Ese relato, que sitúa a alguien por primera vez como testigo del secuestro de Walsh, echa por tierra por si todavía hiciera falta la hipótesis del enfrentamiento. Lauletta explicó además que al día siguiente llegaron ficheros que estaban en la casa de Walsh, en las carpetas había escritos sobre el bombardeo a la Plaza de Mayo, recortes de una revista con detalles de los aviones que participaron. “El operativo duró una media hora”, dijo. “No veo que cargan el cuerpo, ni el cuerpo en la ESMA”, dijo sobre el cadáver del militante, escritor y periodista que efectivamente entró en el centro clandestino.

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por Alejandra Dandan

Multimedia: 

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La voz de Rodolfo Walsh

Fuente: 

Diario Página/12  8/11/2010

Informacion Adicional: 

Quién fue Rodolfo Walsh:

En los años de entreguerra, en la infamia argentina, el compañero Rodolfo Walsh nació en 1927 en la provincia de Río Negro, en la localidad de Choele Choel. Diez años más tarde fue alumno internado en un colegio irlandés para pobres de Capilla del Señor.

En pleno proceso de reconstrucción nacional, en 1944 comenzó a trabajar como corrector, traductor y antólogo de la editorial Hachette, y ya en 1951 ingresó en el oficio que revolucionaría con su pluma: el periodismo. Comenzó en las revistas Leoplán y Vea y Lea. En esa década, el diario La Nación lo buscó para incorporarlo a sus filas de redactores, pero Walsh se negó por bien considerarlo un órgano de prensa de la oligarquía nacional.

Ya en la Cuba revolucionaria de 1959 sería uno de los fundadores de Prensa Latina y trabajando allí interceptó el cable de inteligencia yanqui que anunciaba la invasión imperialista conocida como Bahía de Cochinos por ellos, para nosotros Playa Girón, el 17 de abril de 1961

En 1977, Gabriel García Márquez, que también era miembro de Prensa Latina, dijo: «En realidad fue Rodolfo Walsh quien descubrió, desde muchos meses antes, que los Estados nidos estaban entrenando exiliados cubanos en Guatemala para invadir Cuba por Playa Girón».

García Márquez recordaba: «Jorge Masetti, había instalado en la agencia una sala especial de teletipos para captar y luego analizar en junta de redacción el material informativo de las agencias rivales. Una noche, por un accidente mecánico, Masetti se encontró en su oficina con un rollo de teletipo que no tenía noticias sino un mensaje muy largo en clave intrincada. Era en realidad un despacho de tráfico comercial de la «Tropical Cable» de Guatemala. Rodolfo Walsh, que por cierto repudiaba en secreto sus antiguos cuentos policiales, se empeñó en descifrar el mensaje con ayuda de unos manuales de criptografía recreativa que compró en una librería de lance de La habana. Lo consiguió al cabo de muchas horas insomnes, sin haberlo hecho nunca y sin ningún entrenamiento en la materia, y lo que encontró dentro no solo fue una noticia sensacional para un periodista militante, sino una información providencial para el gobierno revolucionario de Cuba. El cable estaba dirigido a Washington por el jefe de la CIA en Guatemala, adscripto al personal de la embajada de Estados Unidos en ese país, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco en Cuba por cuenta del gobierno norteamericano. Se revelaba, inclusive, el lugar donde empezaban a prepararse los reclutas: la hacienda Retalhuleu, un antiguo cafetal al norte de Guatemala».

De regreso a la Argentina siguió trabajando en Primera Plana, Panorama y el semanario de la CGT entre 1968 y 1970, saliendo al público de forma clandestina luego de la detención de Raimundo Ongaro y el allanamiento en 1969 a la CGT de los Argentinos. En 1972 escribiría por un año en el Semanario Villero y en el diario Noticias hasta que fue clausurado en 1974. Allí se publicaba a diario la tira El Eternauta, de Héctor G. Oesterheld. También dirigió junto al hoy juez Eduardo Luis Duhalde, junto a Paco Urondo, Rodolfo Ortega Peña y Haroldo Conti, la revista Militancia, que salió en 1973 y al año siguiente fue clausurada por Isabel Perón.

Luego del ajusticiamiento por parte del Comando Juan José Lavalle de Pedro E. Aramburu, Walsh inició un acercamiento a Montoneros, especialmente cuando Walsh formó parte de un comando que terminó la vida del sindicalista Alonso, y se incorporó definitivamente en 1973 como oficial encargado de inteligencia. Tenía entonces su nombre de guerra «Esteban». Para esa tarea decía: «No se puede vencer a un enemigo sin antes comprenderlo».

Por aquel entonces, Walsh simpatizaba con Mario Eduardo Firmenich y desconfiaba de Perón. Luego del pase a la clandestinidad de Montoneros y de la muerte del Viejo, Walsh acató la decisión de operar ocultamente, pero en el ’75 analizó la situación y tuvo un choque con Firmenich y parte de la Conducción Nacional. Walsh decía que había una sensación optimista en la conducción de Montoneros, pero ya en ese año, previo al golpe de Estado, sentenció: «esta batalla está perdida», y consideraba que el camino a adoptar era un repliegue absoluto. Pedía que se admitiese la derrota en ese momento, para evitar el exterminio de los militantes, y preservar a los líderes e históricos en el exterior. El único punto que le aceptó Firmenich fue el autoexilio de la Conducción.

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A consideración de Walsh, era imposible enfrentar con fusiles a todas las FFAA, y comenzó a actuar para despabilar a la sociedad haciendo correr noticias por todas partes. En un escrito interno, «Observaciones sobre el documento del Consejo», Walsh dijo: «Si corregimos nuestros errores volveremos a convertirnos en una alternativa de poder… tenemos todo el tiempo necesario, si lo sabemos usar». Ya enfrentado dialécticamente con Firmenich en cuanto a las metodologías, Walsh diría: «La personalización de la política nos parece peligrosa. Primero porque creemos que para el pueblo existen los muchachos, los Montoneros, antes que Firmenich».

Con la salida de la Conducción Nacional de Montoneros del país, Rodolfo Walsh apuntó luego de que comenzara a crearse el Movimiento Montonero como fuerza política, que «nuestra teoría ha galopado kilómetros adelante de la realidad, cuando eso ocurre, la vanguardia corre el riesgo de convertirse en patrulla perdida». Y agregó: «Entiendo que Montoneros debe seguir la dirección de retirada marcada por el pueblo, que es hacia el peronismo, y que la única propuesta aglutinante que podemos formular a las masas es la resistencia popular, cuya vanguardia en la clase trabajadora debe ser nuevamente la resistencia peronista». Lo que planteaba Walsh era transformar la derrota militar en una futura victoria política.

Cuando la luz se apagó en nuestra patria el 24 de marzo de 1976, Walsh organizó ANCLA (Agencia de Noticias Clandestina), nombre que causó desconcierto en el seno de las FFAA que pensaban que se trataba de un grupo interno de la Marina. Desde allí, y en la más extrema clandestinidad, trabajó para romper el cerco informativo impuesto por la dictadura con la complicidad de los directores de los medios. A diario despachaba cables de noticias hacia cada redacción dando cuenta cual era la realidad del país pisoteado por las botas, por lo que hoy ningún trabajador de prensa de aquellos años puede decir que «no sabía» lo que pasaba.

La prensa oligárquica quiere desmitificar al verdadero Walsh, dejándolo sólo en un papel de «gran periodista» y quitándole sus otras extremidades del cuerpo. Su compromiso no se cerró sólo detrás de una máquina de escribir. Rodolfo Walsh era un auténtico revolucionario que acompañó todo el proceso de resistencia y de liberación nacional, militando en las FAP identificándose con la izquierda peronista de los ’60, ingresando a Montoneros ya en los ’70. cuando se cumplió un año de la más feroz represión y sabiéndose cercado, Walsh escribió la Carta Abierta a la Junta Militar.

El 25 de marzo de 1977, un día después de la Carta Abierta, Rodolfo Walsh era buscado para ser secuestrado vivo a fines de sacarle toda la información posible «quebrándolo». Estaba en la zona de Congreso donde dejó unas cartas en un buzón, y se alejó por Entre Ríos hacia la avenida San Juan. Al mismo tiempo, otro grupo de tareas reventaba su casa en San Vicente, donde se llevaron muchos de sus escritos, entre ellos «Ese Hombre», que estaba en manos de Massera y fue robado por una militante liberada. Mientras caminaba, Walsh comenzó a sentir el olor de la muerte: vio a muchos siguiendo sus movimientos y se dio cuenta que la cita estaba envenenada. Se lanzó en carrera y un oficial de la Marina intentó hacerlo caer en la carrera. Walsh sacó la pistola y respondió el fuego, mientras una ráfaga de ametralladora lo cortaba al medio. Ante la Justicia, Martín Grass dice haber visto al cuerpo de Walsh en la ESMA, muerto antes de llegar. Tenía 50 años. Su cuerpo fue desaparecido.

De chico quiso ser aviador, hoy es un héroe que extrañamos.

Hoy todos extrañamos al periodista y maestro Walsh, al revolucionario Walsh, y al compañero montonero Rodolfo Walsh.
 
Fuente: www.rodolfowalsh.org 
 
 
 
 

“Veo que le tira a un cuerpo en la vereda”
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