Veinte años después

En 1994 moría el Colorado. Las distintas caras del hombre que varió tanto como lo hizo el mundo durante su vida de militancia. «Para comer carne en la Argentina , hay que faenar a la oligarquía.»  (Dicho en televisión, campaña del Frente de Izquierda Popular, durante febrero del 73, por Jorge Abelardo Ramos).

Hace dos décadas fallecía en Buenos Aires Jorge Abelardo Ramos (1921 – 1994). No siempre biología y política coinciden. El mundo en el que Ramos moría y el que lo vio nacer a la militancia no podían ser más dispares. El orden internacional gestado en la II Guerra Mundial, el mundo bipolar soviético norteamericano, ya era puro pasado. La implosión de la URSS, antecedida por la caída del Muro de Berlín en 1989, y la desaparición del Partido Comunista de la Unión Soviética, no sólo supuso la derrota del socialismo ruso, sino de todos los socialismos en actividad: desde el Fabiano hasta el cubano. Una contrarrevolución triunfante puso fin al horizonte que Octubre del 17 instalara, con Lenin y los bolcheviques a la cabeza, en la vieja Europa. Mussolini y Hitler, primero, y los herederos de Stalin, tras el XX Congreso del PCUS en 1956, siguiendo punto por punto la propuesta de su salvaje mentor, enterraron ese proyecto. No sólo fueron asesinados impiadosamente  todos los camaradas de Lenin en los Juicios de Moscú del ’36 al ’38, incluyendo el zapapico a Trotsky en su exilio mexicano, el PCUS garantizó asimismo la inanidad de toda la izquierda europea.  La victoria de Hitler fue facilitada, auspiciada, conseguida mediante la división de socialistas y comunistas alemanes; división ordenada por Moscú y acatada en todas partes. Y si alguna duda resta, el Pacto Molotov Ribbentrop –firmado por los cancilleres de Rusia y Alemania– y la repartición de Polonia entre Hitler y Stalin, cierra ese debate. Stalin inicia la guerra como aliado de Hitler, y la culmina como aliado de Roosevelt. Un escándalo que no escandaliza.  Una vez derrotado el fascismo por la coalición soviético-norteamericana, con una estela de 60 millones de muertos como parte de la estética de Auschwitz, la ola revolucionaria en Francia, Italia y Grecia fue contenida, primero, y sometida mas tarde. Nada se movía sin control de la KGB. Stalin no sólo modifica el programa del Partido Comunista inglés, expurga sin comentarios la dictadura del proletariado, al tiempo que reduce ese proyecto socialdemócrata europeo a liberalismo soso, a progresismo hueco, a revolución imposible. El eurocomunismo, continuación de la misma política con similares instrumentos, no fue otra cosa que la capitulación incondicional del movimiento obrero ante el welfare state. Y la Perestroika de Mijail Gorbachov, la rendición final.  Esa derrota histórica aún aguarda su balance, y no sería la generación de Ramos la que nos proporcionara el nuevo mapa de la lucha política. Por cierto, suena excesivo exigirle al fundador de la izquierda nacional que asuma personalmente los déficits del pensamiento socialista del siglo XX. En su juventud el «Colorado» había levantado el programa de la IV Internacional, programa que incluía entre sus banderas la defensa incondicional de la URSS, junto a las tesis trotskistas de la revolución permanente. Ramos las leyó sociológicamente, por tanto la revolución nacional democrática no podía ser otra cosa que el punto de partida –la puesta en acto– de un proyecto en interrumpida marcha hacia el socialismo. De modo que la defensa de los movimientos nacionales, como el peronismo en la Argentina, o la Revolución Mexicana, formaba parte de esa farmacopea revolucionaria.  Una cosa era la defensa de los procesos nacionales con la Revolución Rusa viva, y otra bien distinta su caricatura posterior. En la década del ’90, con las revoluciones nacionales en estado de putrefacción, esa defensa constituía un anacronismo mayúsculo, suponía defender un Estado inexistente, la URSS, junto a un proyecto sin sujeto político. La relación entre programa socialista y lucha política –a resultas de tamaña derrota– debía ser pensado de nuevo. Ramos no lo hizo, y no es por cierto el único que faltó a la cita.  Es posible sostener que el trotskismo juvenil de Ramos hacía mucho que no jugaba ningún papel en su política práctica. Durante los ’70 había explicado a quienes quisieron oírlo que León Trotsky era un obstáculo para la articulación de un campo de fuerzas capaces de hacer triunfar la revolución nacional, primera estación del socialismo latinoamericano. Amigo personal del griego Michel Pablo (célebre dirigente de la Tendencia Marxista Revolucionaria, como así también de la IV Internacional hasta1965), reproducía en la revista Izquierda Nacional los trabajos de Pablo sobre la autogestión proletaria. Esto es, el método para el gobierno directo de las empresas bajo control obrero, método que debía evitar la cristalización de la temida casta burocrática; impedir que terminara usurpando políticamente al proletariado, garantizando con ese instrumento la inexistente democracia obrera; en la URSS, en la China de Mao, en la Yugoslavia de Tito, en todas las revoluciones que triunfaron bajo las banderas del socialismo, la misma casta tenía la misma mala costumbre: «traicionar». Algo andaba mal en la lógica del poder obrero. La revolución estallaba, el socialismo también.  En todo caso las banderas de la revolución proletaria, incluso en su forma nacional, y las del gobierno de Carlos Saúl Menem parecieran de conjugación imposible. El «Colorado», tras ser un crítico implacable del stalinismo criollo, tras apostrofar la claudicación del PCA ante la Unión Democrática del 45, terminaría siendo embajador del gobierno más cipayo de la historia nacional; un dato curioso: tanto la revolución productiva, como el salariazo menemista fueron defendidos por Ramos en compañía del PC, que por fin había descubierto las mieles del nacionalismo revolucionario de Menem. El «Colorado» fue aun más lejos:  justificar las propuestas privatistas del contador Domingo Cavallo. ¿El motivo? La administración oligárquica de las empresas públicas había destruido su aptitud redentora. Era imposible recuperarlas, por tanto, liquidarlas a precio vil resultaba apenas un mal menor.  En rigor de verdad, el socialismo de Ramos, incluso en su modulación criolla, había muerto el 1 de julio de 1974, junto a las tres banderas del General Perón. Para el jefe de la Izquierda Nacional el peronismo del ’45 era idéntico al del ’73, y la presencia de una corriente revolucionaria socialista, inicialmente auspiciada por el propio Perón, no cambiaba nada. El peronismo era siempre invariablemente igual a sí mismo. Por tanto, en el ’73 se negó a confluir con sus segmentos dinámicos, y cuando el General «olvida» el «socialismo nacional» y recurre a la Triple A para dirimir «diferencias internas», Ramos acusa a Montoneros de actuar como provocadores «objetivamente pro imperialistas».  A tal punto, que el 25 de mayo del ’74, cuando la JP enfrenta  la dirección del General y abandona la histórica Plaza, Ramos discurre amablemente en el palco junto al presidente de la República. La brújula de Ramos estaba definitivamente rota.  No sólo formó parte del frente único antiguerrillero del ’76, junto a todos los partidos del arco parlamentario, no sólo jamás denunció las sistemáticas violaciones de los Derechos Humanos, sino que durante la Guerra de Malvinas apoyó públicamente al general majestuoso. El Ejercito Argentino era desde su perspectiva uno de los protagonistas de la revolución nacional, y Malvinas una «gesta heroica» que las fuerzas nacionales libraban contra el imperialismo inglés. Esa perspectiva, compartida por casi todos, fue prudentemente abandonada. Sólo Ramos insiste llevando el dislate a un punto sin retorno.  El hombre que supo el 17 de octubre de 1945 que los trabajadores cambiaban de rumbo, el brillante panfletista que defendió el derecho de Perón a ser candidato en1973, como parte de los derechos democráticos del proletariado, terminó siendo un arribista vulgar. Merecía otro destino. La política, actividad antropofágica por excelencia, lo arrinconó y él no supo eludir la trampa de una tragedia sin brillo.   por Alejandro Horowicz Fuente: 

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Diario Tiempo Argentino 29/9/2014

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