Una vida en papeles

Una muestra en la Biblioteca Morgan neoyorquina permite descubrir las muchas facetas de celebrado escritor a través del rastro de innumerables documentos que dejó tras su muerte.

Ernest Hemingway no sólo fue una prominente figura de la literatura del siglo XX, sino también un verdadero cachivachero que guardaba sus pasaportes vencidos y las entradas a las corridas de toros a las que había asistido. ¿El resultado? Un legado de documentos más abundante que cualquier otro escritor. ¿Cómo puede ser entonces que la exhibición «Ernest Hemingway: Between Two Wars» («Ernest Hemingway: entre dos guerras»), en la Biblioteca y Museo Morgan de Manhattan, sea la primera muestra museística dedicada al escritor y su obra? Tal vez la respuesta es simple: a nadie se le había ocurrido antes. La mayor parte de los papeles de Hemingway se encuentran en la Biblioteca y Museo Presidencial John F. Kennedy, en Boston. Tras la muerte del escritor, en 1961, el presidente Kennedy, admirador de la obra de Hemingway, ayudó a su viuda, Mary, a ingresar a Cuba y recuperar muchas de las pertenencias del autor que estaban en la isla. En parte como muestra de su gratitud, Mary donó más tarde los archivos de su marido a la nueva biblioteca presidencial. Pero a diferencia de la Morgan, la Biblioteca Kennedy, donde podrá verse la muestra a partir de marzo de 2016, no acostumbra presentar exhibiciones del gusto de las multitudes. Incluso para la Biblioteca y Museo Morgan, Hemingway fue una segunda opción, y no la primera. Declan Kiely, director del departamento de manuscritos literarios e históricos de la Morgan y curador de la muestra, relató recientemente que junto con el director de comunicaciones del museo, Patrick Milliman, mencionaron a Hemingway como al pasar, en 2010, tras llegar a la conclusión de que una muestra sobre J. D. Salinger, que acababa de morir, era muy poco factible. La exhibición sobre Hemingway, montada sobre paredes pintadas de azul tropical para sugerir los años del escritor en Cayo Hueso y en Cuba, hace un seguimiento de su vida desde sus días en la escuela secundaria (donde sus compañeros de clase lo describían como «egotista, dogmático y bastante odioso»), hasta alrededor de 1950, cuando aparece como una caricatura de sí mismo en el célebre perfil que le dedica Lillian Ross en la revista The New Yorker. Pero la sección más grande e interesante de la muestra hace foco en la década de 1920, los años de Hemingway en París, y revela a un escritor que corría el riesgo de caer en el olvido: Hemingway antes de convertirse en Hemingway. De todos modos, la muestra también se ocupa de incluir fotos del macho barbudo, del avezado cazador y pescador. Puede vérselo posando junto a algún kudu que acaba de matar de un tiro en África y sobre la cubierta de su querido bote de pesca, el Pilar, junto a Carlos Gutiérrez, el pescador que fue su modelo para el protagonista de El viejo y el mar. Primeros años Pero lo primero que ve el público al ingresar es la enorme ampliación de una foto de Hemingway a los 19 años, un apuesto joven afeitado al ras y en cuclillas. La foto fue tomada en el verano boreal de 1918, cuando Hemingway se recuperaba de heridas de metralla en el hospital de la Cruz Roja de Milán e intentaba convertir sus experiencias de guerra en una obra de ficción. Por primera vez ensayaba su personaje Nick Adams. El manuscrito se encuentra en la Morgan garabateado a lápiz en papelería oficial de la Cruz Roja. Tal vez debido a la famosa foto de la sobrecubierta de Por quién doblan las campanas (también exhibida en la Morgan), que muestra a su autor inclinado sobre una máquina de escribir portátil Royal, o tal vez debido a la limpieza y austeridad de su prosa, tendemos a pensar que Hemingway usaba máquina de escribir. Pero la evidencia presente en esta exhibición sugiere que, al menos en los primeros tiempos, escribía a lápiz, mayormente en cuadernos baratos o en cualquier pedazo de papel que se le cruzara. El primer borrador de su cuento «El regreso de un soldado» está escrito en hojas que parecen sacadas de una oficina de telégrafos. La sensación que uno tiene es la de un joven escritor en un rapto de inspiración, que embiste sin una idea clara de hacia dónde quiere ir. Hemingway empezó el borrador original de su primera novela, Fiesta, que completó en apenas nueve semanas, durante el verano boreal de 1925. Ese borrador fue escrito en hojas sueltas y luego transcripto a cuadernos. Cuando el tercer cuaderno se le terminó, Hemingway siguió escribiendo en la contratapa del mismo (donde también anotó sus gastos de viaje y su conteo diario de palabras escritas, algo de lo cual el autor llevaba minuciosa cuenta). Algunas de las páginas exhibidas demuestran que mientras escribía eliminaba no solo palabras y oraciones sino muchas veces pasajes enteros. «Escribir primero a lápiz te da un tercio más de posibilidades de mejora», escribió Hemingway más tarde en un artículo aparecido en Esquire. Es famosa la anécdota que cuenta que F. Scott Fitzgerald (parte de cuya correspondencia con Hemingway también se puede observar en la muestra) lo instó a cortar los dos primeros capítulos de Fiesta, quejándose de la «elefantiásica jocosidad» del comienzo de la novela. Hemingway cumplió y se deshizo del pesado arranque del libro, que actualmente casi parece «metaliterario»: «Esta es la historia de una dama. Su nombre es lady Ashley y cuando empieza esta historia ella vive en París y es primavera. Ese sería un buen escenario para una historia romántica pero altamente moral.» En 1929, en una crítica de nueve páginas escrita a lápiz, Fitzgerald también le sugiere numerosas correcciones a Adiós a las armas. Hemingway siguió algunos de esos consejos, aunque le hicieron menos gracia, y muy poco después la amistad entre ambos escritores llegaría a su fin. Al pie de la carta de Fitzgerald, Hemingway escribió: «Andate a la mierda/ E.H.». En vitrina tras vitrina puede verse al escritor durante sus años en París, inventándose y reinventándose a sí mismo, descubriendo a cada paso qué tipo de escritor quería ser. En una emotiva carta de 1925 a sus padres, quienes se negaban a leer su segundo libro de cuentos, En nuestro tiempo, escribió: «Como ven, en todos mis relatos, estoy intentando captar la sensación de la vida real, y no solo de describir la vida o criticarla, sino de hacer que esté efectivamente viva. Para que cuando alguien lea algo escrito por mí, pueda experimentarlo realmente. Y eso no se logra si no se incluye lo malo y lo feo tanto como lo bello». Con el paso de los años, Hemingway va engordando, se deja el bigote (como puede verse en la fotografía de Man Ray) y por alguna insondable razón termina posando para un cuadro al óleo como «Kid Balzac», un retador dispuesto a noquear al gran novelista del siglo XIX. Para cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Hemingway ya se había solidificado, hasta fosilizado, en la icónica figura que hoy todos recordamos: Papá Hemingway. Hasta J. D. Salinger lo llama así en una carta que le escribe en 1946 desde un hospital psiquiátrico del ejército, donde afirma que lo único que rescata de los años de guerra es su encuentro con él en París, en 1944, «los únicos minutos provechosos de todo el asunto». Hemingway, ya entonces un bebedor pesimista, no lo sabía, pero lo mejor de su obra había quedado atrás. Aunque tal vez haya un atisbo de entusiasmo moderado en la carta que le escribió en julio de 1949 al guionista y novelista Peter Viertel y que concluye con estas palabras: «No conozco ningún lugar en Estados Unidos donde siga existiendo la naturaleza como a mí me gusta». Un Hemingway tempestuoso y huraño reaparece en 1949 cuando, a bordo del Pilar, agarra un viejo diario de pesca y comienza a garabatear una iracunda carta a Harold Ross, editor de The New Yorker (a quien se dirige como «Mr. Harold»), para quejarse de la crítica de Alfred Kazin a su novela Al otro lado del río y entre los árboles, que a decir verdad, no es un gran libro. Que Kazim o Kasim, se llame como se llame -le dice Hemingway a Ross- agarre su crítica y se la meta donde usted ya sabe, que yo le facilito la vaselina. Hemingway se enfurece tanto mientras escribe, que el lápiz se hunde en el papel hasta casi atravesarlo, y luego, tan imprevistamente como llegó, el ataque de furia se pasa. La carta nunca fue enviada. Una faceta más querible del escritor se nos revela en una serie de cartas de tiempos de guerra inusualmente tímidas dirigidas a Mary Welsh, la que sería su cuarta esposa. En una de esas cartas, el escritor lamenta que no le alcancen los adjetivos. En otra, en una suerte de visión de intimidad, fruto del fluir de la conciencia y aparentemente escrita a oscuras mientras está de viaje como corresponsal de guerra en la infantería, Hemingway escribe: «Me encantaría estar con vos ahí en la cama, ahora, acurrucados y susurrando como cuando uno ha tirado de la horquilla de una granada y la mano va soltando de a poco el percutor». por Charles McGrath (Traducción de Jaime Arrambide) Fuente: 

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lanacion.com.ar 15/10/2015

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