Una víctima de la Zwi Migdal

El director señala que a través de la historia de Malka, una joven judía que cayó en la red de proxenetas en la Argentina de comienzos del siglo XX, buscó focalizar en el tema de la trata de personas, “que lamentablemnte sigue estando hoy en la sociedad”.

La Zwi Migdal fue una organización internacional de trata de personas que surgió a comienzos del siglo XX, tenía sede en Buenos Aires y era operada por proxenetas judíos europeos que traían mujeres de esa religión amenazadas por los pogroms del Viejo Continente para esclavizarlas sexualmente. Entre las jóvenes que llegaron clandestinamente a la Argentina, estaba Malka Abraham, de quien se supone que logró escaparse de esta red perversa, aunque no se conoce con precisión cómo. Malka se instaló en Tucumán, pero no todos los que estudiaron el tema coinciden en sus actividades en la provincia más chica del país. Están quienes sospechan que montó un burdel en Tucumán, pero también hay algunos indicios de que sólo prestaba su casa para mujeres que ejercían la prostitución. Algo aún más misterioso es que Malka logró amasar una fortuna que pretendió donar a la comunidad judía –que no la aceptaba– a cambio de poder ser enterrada en el cementerio de la colectividad en Tucumán. Y algo para llenar más de misterio a su historia es que fue asesinada en circunstancias que nunca se dilucidaron. El documental Malka, del argentino Walter Tejblum, recupera esta historia que no puede aclararse del todo en una sola película, porque prácticamente no hay documentación ni fotos del personaje abordado. Pero con un gran acierto, Tejblum encara una suerte de policial dentro del documental y como si fuera un sabueso tras la pesquisa va tratando de anudar cabos sueltos. El film se estrena mañana en los cines Gaumont, Arte Cinema y en Bama Cine Arte. Nacido hace cuarenta años, Tejblum tiene una destacada trayectoria como productor y para su debut como realizador llegó a esta historia a través de una persona que le contó que su abuela había formado parte de la Zwi Migdal. A partir de entonces, Tejblum decidió investigar el tema y lo logra con profundidad, a pesar del misterio que encierra. Pero la película no se centra exclusivamente en la vida de Malka sino que, a partir de su caso, Tejblum buscó focalizarse en el entorno de la trata de personas. “Al comenzar a investigar, encontré algunas historias, y de todo un menú que había decidí focalizar en la de una persona en particular para reflejar un colectivo”, comenta Tejblum en diálogo con Página/12. “A partir de la historia que más me interesó, decidí contar una atmósfera. Obviamente en tono documental es muy difícil, porque no hay documentos de esta persona en particular. Lo único que hay es una foto que está puesta en su lápida en Tucumán. Y obviamente la historia de Malka me llevó a Tucumán”, agrega el cineasta. –Que el film indague en esa organización siniestra que fue la Zwi Migdal, ¿tiene como objetivo establecer una crítica dentro de la comunidad judía? –Primero, para establecer una crítica, el tema debe conocerse. Y yo me di cuenta de que muchas personas de la comunidad judía no conocen el tema. Y hay personas que no son judías que tampoco lo conocen. Yo busqué que se conociera porque la película está planteada como un viaje que le propongo al espectador. Es un tema muy escabroso. Es más: una persona que me ayudó mucho a saber de la Zwi Migdal, al principio se había mostrado reticente porque decía que yo, con esto, favorecía el antisemitismo. Es decir, que poner a la luz un tema de judíos explotando a judíos era fomentar el antisemitismo. En cuanto a la crítica que pregunta usted, el hecho de que una persona como yo, integrante de la comunidad judía, encare este tema, es algo curioso. Ya es como una crítica meterse en un tema que no es muy amigable. El planteo político de la película, con un afiche que diga algo de la Zwi Migdal, y hecha por una persona de apellido judío, es complicado por definición. Y el resto se ve a través del film. –¿Llegó a dilucidar aspectos de ese sistema de trata de personas que vinculaba a delincuentes judíos y argentinos pero que no llegaron a quedar en el documental? –No, porque eso podría haber sido Malka 2ª parte, y mi persecución no es policíaca. Yo trato de ahondar en la doble moral del ser humano. Por un lado, había tipos judíos que traían mujeres judías para esclavizarlas sexualmente. Y después, esta mujer, de alguna manera, llegó a Tucumán, donde existe una de las comunidades judías más antiguas de América. Ella quería, en algún punto, pertenecer. Pero la gente con la que pude establecer contacto me dijo que la comunidad la dejaba de lado, pero después, cuando encontré el testamento, todas las personas firmantes del mismo eran integrantes de la colectividad judía. Ahí hay algo muy raro. Y otra cosa que podría haber investigado y no lo hice fue lo vinculado con todo lo que ella donó, entre joyas y dinero, que quedó en manos de alguno que se lo robó, por ejemplo. Pero en cuanto a las propiedades, que son bienes registrables, podría haber ahondado en cómo fue el remate, quién las adquirió, cómo fue la cadena desde la propiedad de ella hasta hoy en día. Pero no me metí en eso tampoco porque la película tiene que ver con lo otro, con la trata de personas. Está reflejado que la trata de personas es un tema que lamentablemente sigue estando en la sociedad y hubo mujeres que fueron víctimas en aquella época y hay mujeres que lo son hoy en día. Entonces, se van perfeccionando los medios, pero el denominador común es el mismo. –¿Por qué planteó el film como una suerte de documental policial? –Salió como policial pero, en realidad, lo que yo quiero lograr es que el espectador se siente y que haga un viaje conmigo. En vez de estar él ahí, estoy yo. Y yo soy él. Entonces, veo personas o situaciones y no vuelvo atrás. Trato de ser lo más franco posible en el montaje desde la espontaneidad de los hechos. De manera lineal, la película empieza con algunas hipótesis y termina develando algunas cosas. –¿La puesta en escena con usted como si fuera un detective que va tras la pista fue una manera de aportarle un tono ficcional al documental, pero sin perder de lado la verdad que busca revelar? –Se podría decir así pero, en rigor, fue la única forma que yo encontré de que el entrevistado o las personas que me crucé tuvieran la empatía conmigo, para que vieran que yo también me expongo con ellos a cámara. Obviamente, no quería hacer un documental con una voz en off de relator. Quería hacer un producto audiovisual para que el tipo que esté sentado por lo menos disfrute de ver la película. Después, si le gusta o no es otra cosa, pero que le sea llevadera, ágil. Creo que los entrevistados se sentían más a gusto sintiendo que yo también estaba con ellos. Algo no tan claro de ver en la película es que yo planteaba la cámara según la empatía que tenía con el personaje: me ponía cerca de él o me ponía enfrente. Era una forma de estar con él, pero de diferenciarme entre los “buenos” y los “malos”. por Oscar Ranzani Fuente: 

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Diario Página/12 17/9/2014

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