Una recorrida por las estancias coloniales

En su nuevo libro, Yuyú Guzmán retrató estancias como venturosos lugares de historia, arte y misterio.

Si su guitarra algún mozo, en el crucero del pozo deja de intento colgada.», dice uno de los poemas más misteriosos de la literatura argentina. Una tarde, Rafael Obligado escuchó la leyenda de Santos Vega de boca de un anciano que, además, dio como cierto aquello de la guitarra; esa misma noche, Rafael dejó el instrumento en el aljibe esperando las notas prometidas. Parece que no sonó cuerda alguna, pero sí resonó algo dentro del poeta con suficiente fuerza como para escribir la obra.

Es una anécdota que relata Yuyú Guzmán en su libro La estancia colonial rioplatense. La autora, que ama la historia y el arte, al momento de reseñar estancias incluyó naturalmente las de la Vuelta de Obligado, lugar de barrancas y río que desde hace más de doscientos años inspira a sus habitantes.

«Suerte de estancias»

El libro es una crónica del nacimiento de las estancias en la cuenca del Río de la Plata, las que se formaron con el sistema de reparto llamado «suerte de estancias». La suerte era una medida de superficie de una legua y media de largo por media de ancho. El destino posterior de estas «suertes» fue inimaginable en esos momentos. Así, Maciel fue uno de los que recibieron un predio de Juan de Garay y le dio nombre al lugar, el que hoy se conoce como isla Maciel.

Por su parte, el propio Garay se adjudicó la suerte de lo que hoy en extenso se llama Recoleta. Garay nunca la pobló y en parte de ella se afincaron los monjes recoletos, la iglesia del Pilar, el cementerio y todo lo que vino. En lo que fue «Los tapiales», rumbo a Ezeiza, está el Mercado Central. Y la suerte de Olivos es la residencia actual de los presidentes argentinos. La que quedó más parecida a lo que fue es la chacra Pueyrredón, en San Isidro, en este tiempo museo del mismo nombre, que todavía conserva su planta primigenia. En el libro, publicado por Editorial Claridad, se incluye una treintena de fotos de estancias.

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La autora sigue con tesón de detective el paso del patrimonio arquitectónico a través del tiempo, así como explica qué fue de un predio y cuándo y por qué cambió su destino. Y no falta un repaso de la historia del caballo en América, desde que fueron traídos los primeros ejemplares.

Guzmán recorrió esas estancias como venturosos lugares de historia, arte y misterio entre añosos algarrobos, viejos talas y perfumados jazmines; con miradores, galerías, aljibes, con el color sangre de toro en las paredes. Junto a esas estancias da cuenta también de algunas que las sucesiones y el paso del tiempo trajeron la dejadez y la vuelta al desierto y de las que apenas queda el recuerdo.

por Carmen Verlichak

Fuente: 

Diario La Nación 24/9/2011

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