Una historia silenciada y curiosa

No hay en las librerías ni siquiera un libro que cuente la curiosa, rica y por momentos absurda historia de nuestra Bandera. La Bandera cumple 200 años, pero no tiene, de un tiempo a esta parte, al menos, quién le escriba: no hay libros en el mercado que cuenten y analicen la historia de su creación y sus posteriores avatares.

 Hay, sí, textos que aspiran a ser la biografía de su creador, Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, como Palabra de Belgrano (Ross, 2010), de Hugo Bertucci, o Vida, época y obra de Manuel Belgrano (Ciudad Argentina, 1999), de Ovidio Giménez; o que recopilan sus escritos, como Autobiografía y escritos económicos (Emecé, 2009), una compilación hecha y presentada por Felipe Pigna; o una obra de teatro para niños – Belgrano hace bandera y le sale de primera (Alfaguara, 2005), de Adela Basch– que, más allá del título, gira alrededor de varios segmentos destacados de su vida. Pero no más que eso, así que no es fácil conocer los pormenores de aquella trascendente decisión que celebramos especialmente esta semana.Es curioso, pero todo parece indicar que el propio Belgrano omitió escribir sobre el tema. Mi vida (Del Nuevo Extremo, 2009) reúne varios escritos autobiográficos en los que da cuenta de su vida pública, la expedición al Paraguay y la batalla de Tucumán.Se trata de páginas que fueron conservadas en el archivo de Bartolomé Mitre y que en algún caso hasta tienen controvertidas anotaciones al pie de José María Paz; de hecho, el volumen se abre con el texto que José Celedonio Balbín –un comerciante proveedor del ejército que se convirtió en amigo y confidente de Belgrano– le escribió a Mitre para refutar a Paz. Allí, Belgrano explica que escribe sobre los sucesos que ha protagonizado “con el objeto de ser útil a mis paisanos”. Se remonta a la época de la Colonia, por ejemplo, cuando fue funcionario del Consulado, y critica la mentalidad española porque no consiguió la aprobación de la Corte para instalar una escuela de matemáticas; a propósito, lleva el razonamiento al extremo e interpreta la negativa como un desconocimiento de “la justicia y utilidad de estos establecimientos” para “conservar las colonias”. Lamenta haberse integrado al ejército, durante las Invasiones Inglesas, sin conocimientos del arte militar, por lo que confiesa que contrató a un instructor. Alrededor de la conformación de la Primera Junta y el proceso de independencia que vino luego, explica que los patriotas “queríamos el amo viejo o ninguno”.Y cuenta con lujo de detalles cómo mueve las tropas en sus batallas, con qué pertrechos cuenta en cada ocasión, y hasta explica el problema de la deserción o las complicaciones que acarrea el reclutamiento de paisanos. Pero de la confección de la Bandera, ni una palabra.Entre máscaras y peleas. En Belgrano (Planeta, 2008), una historieta sobre su vida ilustrada por Miguel Scenna y con guión de Felipe Pigna, Esteban D’Aranno y Julio Leiva, el héroe es presentado como “el más católico de todos nuestros próceres” y “nuestro primer economista”, un liberal preocupado por fomentar la agricultura y la industria para transformar las materias primas en manufacturas. La creación de la Bandera ocupa, en este caso, un lugar importante. Mientras defiende las costas del Paraná de los ataques españoles, el 12 de febrero recibe por correo “la Escarapela Nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, confeccionada en dos colores: azul celeste y blanco”. En función de ello, Belgrano le encarga a una mujer llamada María Echeverría que haga una bandera. “De inmediato, mi General, ¿con qué colores?”, pregunta ella. “Celeste y blanco”, responde Belgrano. “¡Ah! Los mismos colores que la Escarapela”, comenta la mujer. “Sí, y los mismos que la casa de los Borbón, para que se crean que apoyamos al rey”, le explica él. Esto quiere decir que la historieta asume la discutida teoría de “la máscara de Fernando”: algunos historiadores sostienen que los patriotas ocultaron sus verdaderas intenciones independentistas detrás del discurso que promovía el retorno al trono del borbón Fernando VII, destituido por Napoleón Bonaparte.Los colores de la Bandera serían el resultado de esa estrategia de enmascaramiento: porque queremos ser una nación independiente, nos damos una bandera; pero la hacemos con los colores de Fernando para que muchos se sumen a la causa pensando que luchamos para que él siga siendo nuestro rey. Desde esta concepción, el objetivo de la independencia estaba fijado desde un principio, no es algo que surge tiempo después; y las idas y las venidas, las marchas y contramarchas de esos primeros años se explican por “el enmascaramiento”, supuestamente, la mejor manera de enfrentar las dificultades iniciales.El 27 de febrero es el día elegido para presentar la Bandera a la tropa. Según la ilustración, no es idéntica a la que conocemos; no es de tres franjas horizontales (celeste, blanca, celeste), sino de dos campos verticales: mitad celeste (contra el mástil), mitad blanca. La historieta se detiene en la sanción que el Triunvirato le aplica por ello, dándole el rol protagónico en la toma de esa decisión a Bernardino Rivadavia: “Si se entera Lord Strangford, se pondrá furioso (Lord Strangford era el embajador británico en Río de Janeiro). Ya nos dijo él que Inglaterra ahora es aliada de España, y no está dispuesta a apoyar ningún intento de independencia”. Un interlocutor no identificado le pregunta qué propone. Es claro para el lector que lo que dice Rivadavia es lo que se hace finalmente: “Le enviaremos una bandera española y le ordenaremos que haga desaparecer la celeste y blanca”. Debe entenderse, por lo tanto, que Rivadavia no forma parte de los “patriotas enmascarados” entre los que, como vimos, se encontraría Belgrano, sino del grupo de criollos que hacen lo que le conviene a Inglaterra, para el caso, frenar la independencia y desautorizar a sus máximos impulsores.De la escena se desprende, además, que las fuerzas contrarias a la independencia nacional, en aquel entonces o desde aquella época, según se vea, son las que han tenido de verdad la sartén por el mango. Azul un ala. La falta de textos que cuenten la creación y aceptación como símbolo patrio de la Bandera, así como sus diferentes diseños y colores –en la época de Juan Manuel de Rosas fue azul y no celeste– no es la única curiosidad que registra su historia.Hay una que tiene que ver con la escuela y la ritual y diaria ceremonia de su izamiento. Hasta no hace muchos años, la canción que acompañaba ese momento en todas las escuelas del país era Aurora. Para analizarla, entrevistamos al escritor Jorge Castelli (Buenos Aires, 1956; Premio La Nación 2000), autor de El purpurado cuello –novela que saldrá por Mondadori en abril o mayo, y cuyo título remite a un famoso verso de aquella canción–, que aborda la cuestión desde sus costados artísticos, políticos y, al mismo tiempo, absurdos. En la novela, explica primero: “Hay una mujer que encuentra a quien fuera su torturador 25 años después de los hechos; y hay también un hombre que viaja a la Argentina para enterrar parte de su pasado, que incluye a su padre, un criminal de guerra nazi. Ambas historias se cruzan, relatadas por sus protagonistas, en un avión en vuelo hacia Madrid, durante una tormenta furiosa. En cada relato hay líneas lanzadas hacia la argentinidad y sus eventuales significados, líneas en las que no podía faltar el análisis de Aurora y su curiosa letra. ¿Qué cantamos cuando le cantamos a la Bandera? Más lejos aún: ¿qué es exactamente una bandera, si es que algo es?”. – Antes de hablar de la letra, habría que recordar su origen. – Aurora es una ópera argentina, estrenada en el Teatro Colón en 1908. Sus autores son Héctor Panizza y Héctor Quesada, aunque el libreto pertenece al italiano Luigi Illiaca. Las acciones transcurren en la ciudad de Córdoba, durante los revolucionarios meses de 1810: Mariano es un joven patriota que se enamora de una bella mujer llamada Aurora, hija del jefe español de la ciudad, con lo cual el drama ya está planteado desde el inicio. De la ópera se extrajo el aria “Canción a la Bandera”, cuya música todos conocemos. Ahora, como la pieza estaba escrita en italiano, en 1945 se la traduce al español para una mejor comprensión de los hechos que allí se relatan. A cargo de la traducción estuvo Josué Quesada, hijo del autor de la letra original, dato que no es menor. – ¿Por eso los versos resultan estrambóticos? –Sí, es una traducción que tiene poco que envidiarle a la psicodelia de Lucy en el cielo con diamantes (famosa canción de los Beatles).“Así en el alta aurora irradial”, dice, por ejemplo. Pero si estamos hablando de aurora, estamos hablando de amanecer; y los amaneceres se producen, justamente, en la línea del horizonte y sus adyacencias. ¿Cómo puede ser alta una aurora, entonces? La palabra “irradial”, por otro lado, no existe en lengua castellana. “Punta de flecha el áureo rostro imita” es una frase para enloquecer al más pintado. Porque una cosa es emplear metáforas o alegorías y otra muy distinta es escribir de cualquier manera. Con todo, podrían ensayarse con ese verso algunas explicaciones algo traídas de los pelos. Pero creo que nadie está en condiciones psicológicas de interpretar sanamente lo que significa “Y forma estela al purpurado cuello”, simplemente porque no hay modo racional de hacerlo. Ya fue dicho que se habla allí del cuello del águila o que se trata del amanecer, entre tantas interpretaciones que se han intentado. – El problema es que esto llegó a la escuela, y de manera oficial… –El problema a plantear aquí es quién nos devolverá tantos años de cantar una canción que no sólo no comprendíamos sino que, en algunos tramos, no significa absolutamente nada. ¿Y quién sería el responsable? ¿En qué fecha comenzamos a cantarla en la escuela? –Desconozco la fecha exacta. Pero el reestreno de la ópera en el Colón es el 9 de julio de 1945, con la presencia del presidente Edelmiro Farrell y del vicepresidente Juan Perón. Intuyo que casi inmediatamente Aurora se oficializa en actos escolares y militares.Casualmente, Farrell es el presidente que firmó el decreto que estableció hasta el más mínimo detalle (por ejemplo, cuántos rayos debe tener el sol) cómo sería de allí en adelante la Bandera Nacional, parecida y diferente a aquella que Belgrano nos legó, como dice otra famosa canción, que asume que, en la tristeza, la patria esclavizada halló el valor necesario para romper el vínculo, palabra o segmento con el que tantos chistes y relatos se han construido.  por Rogelio Demarchi Fuente: 

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 Diario La Voz del Interior 26/2/2012

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