Una chapucería disparatada

 Fue el anticipo de lo que iba a llegar. Hace cuarenta años, la más gigantesca fiesta imaginada alguna vez por el peronismo, terminó en tragedia. Y los amplios y violentos círculos concéntricos que se abrieron con la matanza de Ezeiza, ensangrentaron los años siguientes y acaso extienden hasta hoy su sombra ominosa. 

Ezeiza fue también el triunfo de la derecha peronista, del poderoso aparato sindical, de los servicios de inteligencia y de las bandas fascistas conocidas entonces como CdeO (Comando de Organización) y CNU (Concentración Nacional Universitaria) sobre las ansias de protagonismo popular de las huestes más progresistas que militaban entonces en el movimiento peronista, y sobre la guerrilla Montoneros, a quienes Perón había elogiado en los últimos años de la dictadura militar que encabezaba Alejandro Lanusse.  El tiempo demostraría que lo que fue presentado como un enfrentamiento entre esos dos bandos armados, no fue tal, sino una chapucería disparatada de tipos que se balearon entre sí pensando que atacaban al bando rival; que sobre la cifra de más de trescientos muertos que abonó la mitología trágica de esa tarde, sólo se pudo establecer la de trece víctimas fatales del tiroteo, al menos con nombre y apellido; que hubo, eso sí, trescientos treinta y cinco heridos y que los responsables de la movilización peronista de ese día fueron José Rucci, secretario general de la CGT, Lorenzo Miguel, líder de la UOM y de las 62 Organizaciones, Juan Manuel Abal Medina, secretario general del PJ que estaba en silla de ruedas porque habían intentado matarlo días antes tirándole un auto encima, Norma Kennedy y el coronel Jorge Osinde un militar ligado a la ultraderecha, a los organismos de represión y tortura de las dictaduras, a los servicios de inteligencia del Estado y al poderoso José López Rega, un sirviente de Perón, astrólogo y barítono fracasado, que asomaba como hombre fuerte en el entorno del general.  Ese 20 de junio de 1973, Juan Perón regresaba para siempre al país. Para siempre quería decir entonces, hasta el día de su muerte: le quedaban apenas un año y once días de vida. Todos sabían de su muerte inminente, incluido Perón: todos menos los miles y miles de personas que se lanzaron a Ezeiza para recibirlo, vivarlo y hacerlo depositario de una fe que se había mantenido inconmovible durante los largos diecisiete años de exilio del general.  El gobierno de Héctor Cámpora, su delegado y vicario caído en desgracia apenas al mes de haber asumido, acusado en silencio por Perón de poner su gobierno al servicio de la izquierda y de Montoneros, había pensado una gigantesca manifestación popular en el Puente El Trébol, en el cruce de la Autopista Ricchieri con la ruta 205, a tres kilómetros del aeropuerto al que iba a llegar Perón.  El escenario había sido elegido por Osinde y la pelea fue por ocupar la primera fila, copar el palco, sus alrededores y demostrarle a Perón quién era quién. A las dos y media de la tarde, una enorme columna identificada con Montoneros y FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias, que ya se habían unido aunque no lo habían hecho público) intentó acercarse al palco levantado en El Trébol por la ruta 205. Los manifestantes no eran todos guerrilleros: engrosaban la columna la Juventud Peronista de las Regionales, la Juventud Trabajadora Peronista, la Juventud Universitaria peronista, el Movimiento Villero Peronista, grupos del Peronismo de base y sindicatos y agrupaciones gremiales “combativas”, como se las llamaba entonces para diferenciarlas del sindicalismo “burócrata”.  Esa multitud fue baleada mansalva y desde el palco, donde la Orquesta Sinfónica Nacional intentaba cubrirse de los proyectiles detrás de contrabajos y cellos, por las huestes de Osinde, de Kennedy, De Alberto Brilo Lima (CdeO, de Alejandro Giovenco (CNU), apoyados todos por dos decenas de ambulancias del ministerio de Bienestar Social, cargadas de armas.  Los atacados se dispersaron rápidamente y se inició una cacería humana que hace sospechar como exigua la cifra de trece muertos, salvo milagro, que a veces ocurren. El enfrentamiento, en cambio, siguió desde el palco y desde la altura de los árboles vecinos, donde había francotiradores con fusiles con mira telescópica, contra el fuego que llegaba también bastante intenso desde el Hogar Escuela Santa Teresa, quinientos metros al sur. Allí había grupos del CdeO que pensaron que el palco había sido copado por Montoneros, mientras que los que tiraban desde el palco pensaron que eran baleados por sus enemigos. Eran todos del mismo bando y siguieron disparando por espacio de una hora. Hubo una breve tregua. Pero después de un diálogo de sordos entre los dos sectores, de mensajes mal interpretados y de confusiones varias, volvió la batalla destinada, tal vez, a que Perón no bajara en Ezeiza.  Una multitud jamás calculada con exactitud y que, al estilo argentino, oscila entre uno y dos millones de personas, se quedó sin ver a su líder que aterrizó en Morón. Esa noche Perón habló por la cadena nacional desde la Quinta de Olivos. Al día siguiente, desde su residencia de Gaspar Campos, lanzó un mensaje decisivo que o no fue escuchado, o no fue entendido o fue ignorado, pero que selló el destino de las juventudes a las que había encomiado años antes. Sin decirlo, Perón se puso el país al hombro y también selló la suerte del Gobierno.  Cámpora renunció veinticinco días después. En septiembre, Perón fue electo presidente y Rucci asesinado presuntamente por los hechos de Ezeiza. Perón asumió el 12 de octubre de 1973 y las leyes represivas de la última dictadura, descartadas durante la “primavera camporista”, volvieron a dictarse y a cumplirse con mayor vigor para enfrentar la violencia desbocada de aquel año terrible y desolador.La fiesta había terminado. Ezeiza había cumplido su doloroso destino seminal de engendrar la tragedia.  por Alberto Amato Fuente: 

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Diario Clarín 20/6/2013

Una chapucería disparatada
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