Un té en plena vereda por la Confitería del Molino

Un grupo de vecinos busca reactivar los proyectos para expropiar el edificio de la histórica confitería, ubicada en la esquina de Callao y Rivadavia.

Foto Diario Clarín

En el interior de la Confitería del Molino se esconden vitrales italianos, ornamentos de bronce cincelados artesanalmente, columnas estucadas, arañas impactantes y una escalera de mármol monumental, entre muchos otros detalles de un lujo del siglo pasado, pergeñado por el arquitecto Francesco Gianotti. Se esconden sin poder ser disfrutados por vecinos, ni turistas. Y en el exterior las cosas no están mejor; el edificio, con su bellísima torre aguja, se oscurece y se marchita desde hace más de trece años, cuando la mítica confitería de Callao y Rivadavia cerró sus puertas.

Ayer, frente a esta joya del estilo art noveau -Monumento Histórico Nacional desde 1997-, los vecinos de la Basta de demoler reclamaron su reapertura bajo la consigna «Queremos volver a tomar el té en El Molino». Temen que el abandono del edificio termine finalmente con su demolición y consideran que es un ejemplo de cómo un monumento puede ser abandonado hasta su destrucción. Vestidos de mozos y sirviendo té al paso, buscaron concientizar a la gente y sumarla al reclamo.

Pero desde hace años diferentes proyectos en la Legislatura porteña y la Cámara de Diputados han abordado el deterioro de la confitería. Ahora desde la Unión Cívica Radical proponen crear un centro cultural que llevaría el nombre de Raúl Alfonsín. Para lograrlo proponen declararlo «de utilidad pública y sujeto a expropiación por su valor histórico y cultural». Y desde la Coalición Cívica también impulsan un proyecto para expropiar el subsuelo, las dos primeras plantas del edificio y también el nombre.

Como el edificio de las tiendas Harrods -en Florida y Córdoba, que aún permanece cerrado y también con un visible deterioro en su fachada-, la Confitería del Molino estuvo rodeada durante años de un halo de misterio respecto a sus verdaderos propietarios. Pero también del valor del edificio. La última estimación había ubicado su cotización en US$ 7 millones. Y solamente la reconstrucción de la fachada costaría un millón de dólares más.
 

por Silvia Gómez

Fuente: 

Diario Clarín 12/5/2010

Informacion Adicional: 

HISTORIA DE LA CONFITERIA DEL MOLINO

 La historia del Molino comienza en 1850, cuando dos reposteros italianos, Constantino Rossi y Cayetano Brenna compraron la entonces Confitería del Centro, en la esquina de Federación y Garantías (hoy, Rodríguez Peña y Rivadavia). Luego la rebautizaron Antigua Confitería del Molino, porque en un ángulo de la plaza Congreso trituraba granos el primer molino harinero de Buenos Aires, llamado molino a vapor de Lorea.

  El lugar fue adoptado por la alta burguesía. Se reunían allí para saborear sus exquisiteces: el merengue, el marrón glacé, el panettone de castañas y el imperial ruso, curiosamente conocido en Europa como “postre argentino”, ya que fue creado por Cayetano Brenna en 1917.  En 1904, Brenna adquirió la esquina de Callao y Rivadavia. Siete años mas tarde compró la casa de Callao 32 y en 1913 la de Rivadavia 1915. Mientras en Europa azotaba, el fantasma de la Primera Guerra Mundial, don Cayetano Brenna decide construir en esos lotes uno de los edificios mas altos de la ciudad. Mandó traer para ello todos los materiales de Italia: puertas, ventanas, mármoles, manijones de bronce, cerámicas, cristalería y más de 150 metros cuadrados de vitraux.  En 1917 se efectuó la gran inauguración. Los legisladores abrían allí sus cuentas corrientes y Brenna los atendía con levita. El Molino se había convertido en un verdadero foro para el debate, la conversación y las citas amorosas. La historia del arte y la política ocupó un lugar definitivo dentro de este recinto. Por las mesas del Molino pasaron Alfredo Palacios, Carlos Gardel, Lisandro de la Torre, Leopoldo Lugones, el tenor Tito Schipa, la soprano Lili Pons, Niní Marshall, Libertad Lamarque y Eva Perón.  “Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino”, escribió Oliverio Girondo, quien fuera otro de sus asiduos concurrentes. En el Molino, Roberto Arlt daba cuerpo a sus Aguafuertes Porteñas, y en una de ellas, el mordaz narrador se burló del francotirador que se había amotinado en la confitería, durante la revolución de 1930. La muerte de Brenna en 1938 marcó el fin de la belle époque; y una nueva etapa se abrió para El Molino, ahora regenteado por Renato Varesse hasta 1950 y el pastelero Antonio Armentano, hasta 1978. Este último vendió el fondo de comercio y la marca a un grupo de personas que un año después presentaron quiebra. En ese momento, los nietos de Cayetano Brenna salieron al rescate del patrimonio histórico y lograron volverlo a la vida. Con la vorágine cotidiana y las nuevas costumbres, se fueron introduciendo en la confitería muchos cambios. Se incorporó un salón bar y un mostrador para comidas rápidas, aunque siempre mantuvo su tradicional estilo.

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Es un ejemplo relevante de la arquitectura antiacademicista del estilo “art nouveau”, edificio de vanguardia de la belle époque. Consta de salones para fiestas y tres subsuelos en los que se instaló una planta de elaboración integral, con fábrica de hielo, bodegas, depósitos y taller mecánico, modelo de la época. El resto es un edificio de rentas, conformado por departamentos para viviendas u oficinas.

  La Confitería del Molino, con su magnífica torre aguja, sobre la ochava, sus vitraux y sus ornamentaciones, cerró sus puertas el 23 de febrero de 1997, después de acoger durante 137 años a los porteños. Esta confitería fue incluida en una lista considerada por la UNESCO para ser declarada patrimonio art nouveau internacional.

Hacia 1850 en la esquina de Rivadavia y Rodríguez Peña funcionaba la Confitería del Centro, que cambió su denominación por Antigua Confitería del Molino tras la instalación del primer molino harinero instalado en Buenos Aires Tras la construcción de la Plaza del Congreso, la confitería se trasladó a la ubicación actual. Incorporando posteriormente al lote original,otros aledaños. Los propietarios eran Contastino Rossi y Gaetano Brenna,quien era un reconocido maestro confitero que había ganado fama por la calidad de sus productos,en especial el pan dulce. En 1914 solicitaron al arq. Gianotti un proyecto que fusionara las distintos propiedades,en un solo conjunto,pero que a su vez las obras no interrumpieran la atención a los clientes. El encargo,para destinarlo a edificio de renta incluía: la remodelación del situado en la Av. Callao 32,adquirido en 1909, y que poseía planta baja y cinco pisos, y la construcción de otro sobre Rivadavia 1815 que Brenna había comprado en 1911. Con estas obras quería presentar una nueva imagen de la empresa pastelera y a la vez adecuarse a la estética de la zona. Su ubicación estratégica congregó personalidades de la vida social, artística, intelectual y política de nivel nacional e internacional. La confitería cerrada desde hace unos años,aún continúa perteneciendo a los descendientes de Cayetano Brenna. Ha sido declarada Monumento Histórico Nacional por constituir un hito en la memoria colectiva porteña y por sus notables cualidades arquitectónicas.

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Dentro de los cánones antiacadémicos, el Molino constituye un ejemplo Art Nouveau por autonomasia. Fundamentalmente por la impronta que le dió su autor al diseño,por la suntuoosidad de los materiales empleados y la riqueza y profusión de revestimientos y obras de arte traídos de Italia.
La planta baja, el primer piso y los tres subsuelos están ocupados por la confitería,con su salón de fiestas,cocina con planta de alaboración de productos, bodegas,fábrica de hielo,depósito y taller mecánico. Los pisos superiores fueron destinados a viviendas y oficinas,disponiendo los ambientes principales sobre Callao y Rivadavia,y concentrando los servicios en torno a los patios, Tanto en su torre ,que posee aspas de Molino con el nombre de la confitería como en la ochava del quinto piso,estableció las oficinas administrativas de la confitería.
Confitería del Molino: nuevo intento para reabrirla
de Clarín.com
Inaugurada en 1917, la Confitería del Molino, joya del estilo art noveau, paisaje emblemático de Buenos Aires y refugio de poetas y políticos, languidece desde hace más 12 años, en la esquina de Callao y Rivadavia. Mientras su imponente fachada se deteriora año a año, se puso en marcha un nuevo intento para rescatarla: la Legislatura de la Ciudad estudia un proyecto de ley para declararla de utilidad pública “por su valor histórico y cultural”, expropiarla y cederla a un concesionario privado que la restaure y la explote comercialmente.
La iniciativa establece que el Estado compraría únicamente la confitería, que es el 45% del total de la propiedad, y no los departamentos que se ubican encima del local, que forman parte de la misma propiedad. Si la ley es aprobada, el Banco Ciudad tendría que tasar la confitería, cuyo valor rondaría los 7 millones de dólares. En cuanto a la restauración, solamente la fachada costaría un millón de dólares. Otra inversión importante habría que hacerla en el interior, que mantiene en buenas condiciones sus vitrales italianos, los mármoles y las arañas pero tiene sus cielorrasos deteriorados.A pedido del Poder Ejecutivo de la Ciudad, en el proyecto se contempla que sea el privado que se haga cargo de la concesión el que lleve a cabo la restauración y que lo invertido sea deducido del canon.En estos años hubo varios intentos para recuperar la confitería, pero todos fracasaron. Ahora, la diputada Teresa de Anchorena (Coalición Cívica) presentó este proyecto que tiene consenso en la oposición. Consideran que al ser está iniciativa más acotada tiene buenas chances de prosperar.

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El edificio, con su característica torre aguja, fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1997, pero ello no impidió su deterioro. En 2005, incluso hubo que utilizar una grúa de Bomberos para retirar trozos de mampostería y de vitrales de la cúpula, ante el riesgo concreto de que cayeran a la calle.

Desde el lado del PRO, el vicepresidente de la comisión de Cultura, Avelino Tamargo, puso sin embargo reparos. “La propiedad de la Confitería del Molino se está discutiendo judicialmente desde hace años. Por eso considero que hay que dejar que se aclare quién es el dueño antes de expropiarla. Mientras tanto, tenemos que trabajar en la conservación de su exterior y de su interior. Y evitar que se haga allí un emprendimiento comercial que no respete su historia”.

“La propiedad de la confitería es un misterio”, dijo en la misma línea Florencia Barcina, asesora de la subsecretaría de Cultura. “Mientras no se apruebe la ley y pase a propiedad del Estado no podemos hacer nada”, agregó.

Anchorena, de todas maneras, contó que se comunicó con ella un representante de la familia Rocatagliatta, descendiente de Cayetano Brenna, un maestro pastelero italiano que inauguró el edificio: “Me dijo que habían conseguido capitales para restaurar la confitería. Si es así y obtienen la aprobación de la comisión de Monumentos Históricos puede prosperar. Lo importante es que Buenos Aires recupere la Confitería del Molino”.

Fuente: www.arcondelrecuerdo.com.ar

 

 

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