Un siglo de ‘genocidio silencioso’

Monasterios y aldeas cercados por miles de soldados. Refugiados que sufren la amputación de extremidades congeladas tras huir de la represión a través de montañas nevadas. Un centenar de monjes inmolados desde 2009 en un intento de llamar la atención de la comunidad internacional. «Vivimos una tragedia», asegura el primer ministro tibetano en el exilio, Lobsang Sangay, que días atrás suspendió los festejos del Año Nuevo lunar. «No tenemos nada que celebrar».

Tíbet cumple el 100º aniversario de la proclamación de su independencia, el 13 de febrero de 1913, en medio de una encrucijada existencial. El Dalai Lama considera que la destrucción de su civilización milenaria podría ser irreversible ante el empuje de lo que describe como «genocidio cultural». La masiva migración de pobladores chinos, la represión y la imposición de la educación china están marginando a los tibetanos, sus tradiciones y creencias. En lugares como Lhasa, han pasado a ser minoría. Las decenas de suicidios en las prefecturas autónomas de Aba y Ganzhi se han convertido en el último y más radical movimiento de oposición contra el dominio chino. Pekín ha respondido poniendo los 1.800 monasterios tibetanos bajo la gestión de comisiones mixtas formadas por religiosos considerados menos beligerantes y funcionarios comunistas. Las autoridades han condenado en los últimos días a decenas de supuestos colaboradores o promotores de las inmolaciones. Nada de ello ha logrado frenar la revuelta de los bonzos. Las acciones de los monjes forman parte de un endurecimiento de la postura tibetana, cuya población empieza a cuestionar abiertamente la estrategia de resistencia pacífica y renuncia a la independencia impuesta por el Dalai Lama, favorable a aceptar una autonomía dentro de China. Los más jóvenes, organizados desde el exilio, lideran las conmemoraciones del 100º aniversario, convertidas en símbolo de aspiraciones nacionalistas más ambiciosas. «Los tibetanos izaron su bandera nacional en 1913», asegura Dorjee Tseten, director de Estudiantes por un Tíbet Libre. «Es hora de hacerlo de nuevo». El Dalai Lama. | Á. L. SotoLa declaración de independencia fue decretada por el XIII Dalai Lama tras su regreso al Tíbet después de la caída de la dinastía manchú en China. «Somos una nación pequeña, religiosa e independiente», dijo entonces Thubten Gyatso, restituido en su puesto. El sueño no tardó en desvanecerse. La llegada del comunismo a China en 1949 fue seguida de una nueva subyugación del Tíbet que vino acompañada de la destrucción de miles de templos -a menudo utilizados como práctica de tiro-, el encarcelamiento de los opositores y el exilio del XIV Dalai Lama. Las autoridades chinas aseguran que su dominio de una región que consideran suya ha traído desarrollo económico, hospitales, infraestructuras y escuelas, mejorando la vida de la población y borrando el pasado feudal y teocrático que regía bajo los lamas. La propaganda china ha nombrado Lhasa, la capital tibetana, «la ciudad más feliz» del país cuatro de los últimos cinco años. «Su cielo es el más azul, sus nubes las más blancas, el agua la más limpia y su gente la más feliz», decía recientemente Che Dalha, secretario del Partido Comunista en la capital tibetana. «Las relaciones étnicas son armoniosas». El Gobierno chino no permite que periodistas, ONG u organismos internacionales comprueben por sí mismos la supuesta satisfacción de los tibetanos. Los accesos a las prefecturas autónomas de Aba y Ganzhi llevan meses bloqueados. ELMUNDO.es tiene vetada la entrada en el país desde que en marzo del año pasado se saltó esos controles para informar de la rebelión de los monjes. La comunidad internacional guarda silencio ante el cerco impuesto en Tíbet, hoy más que nunca víctima de los cambios geopolíticos que han convertido a China en una potencia económica y política. La prioridad estos días es el comercio con Pekín, no los derechos humanos de los cinco millones de tibetanos. Un número creciente de ellos ha llegado a la conclusión de que la única salida son acciones como la de Kalsang Kyab, el joven de 24 años que en noviembre se roció con queroseno antes de prenderse fuego ante la sede del gobierno local en Kyangtsa, en la prefectura de Aba. «Es mi deseo que el sol de la felicidad resplandezca sobre Tíbet», había dejado escrito. Los nuevos héroes de la causa Los bonzos, que incluyen menores de edad, son vistos por la población local como los nuevos héroes de la causa, homenajeados como mártires a pesar de la escasa efectividad de su protesta o que líderes religiosos la consideren contraria a las prácticas budistas. El Gobierno tibetano en el exilio dice que tampoco está a favor de las inmolaciones, pero sus condenas han sido hasta ahora tímidas y han ido acompañadas del justificante de que se tratan de actos desesperados de un pueblo reprimido. China endureció su política tras las revueltas que sufrió Tíbet en 2008, cuando una minoría rompió décadas de resistencia pacífica para atacar comercios y comunidades chinas en las calles de Lhasa. La respuesta de Pekín fue aumentar los controles, sentenciar a penas de muerte a los supuestos culpables y limitar el tiempo dedicado a las oraciones, extendiendo los programas de reeducación destinados a fomentar «el amor por la patria». Las fotografías del Dalai Lama, antes toleradas ocasionalmente, son ahora sistemáticamente confiscadas. Todo, desde los programas de radio al tono musical de los teléfonos móviles, permanece censurado. Y, sin embargo, los tibetanos comparten la sensación de que su mayor enemigo no son las detenciones o el cerco a sus monasterios, sino el tiempo. «Se está acabando para Tíbet», según el Dalai Lama. por David Jiménez Fuente: 

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Diario El Mundo 13/2/2013

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