Un pasado con aires escoceses

La epopeya de los colonos, llegados a principios del siglo XIX, revive en un circuito por quintas y casas históricas.

El horizonte transmite una perturbadora sensación de vastedad. Surge llamativamente despejado –tan cerca de la ciudad de Buenos Aires–, para enmarcar los chalés y las quintas de Monte Grande . En realidad, ese semblante saludable es la imagen distintiva de todo el partido de Esteban Echeverría.

El medio natural ya había sido exaltado a principios del siglo XIX –bastante antes de la fundación del distrito, en 1913– por colonos escoceses, que se radicaron aquí deslumbrados por la pradera fértil, que todavía era un páramo. Entre otras marcas palpables, de ese incipiente asentamiento quedan en pie un puñado de reliquias centenarias y el simbólico retoño de un olmo, plantado en 1925 en el actual barrio Santa Catalina.

Otros pioneros iban a tomar la posta en 1911, impulsados por la nostalgia a miles de km. Enrique Santamarina y Luis Guillón se encontraron en Francia y se propusieron hacer lo necesario para dotar a Monte Grande de un futuro promisorio. No bien fue designado comisionado municipal, Santamarina se concentró en la diagramación de la ciudad, parcela por parcela, alrededor de la plaza Nueva Escocia.

Décadas después, el sugerente vergel atravesado por senderos y canteros sería rebautizado Bartolomé Mitre y, decorado con una decena de esculturas, adoptaría un perfil más elegante. La plaza principal guarda otra razón para concebir como punto de partida de un paseo que cuela pinceladas del pasado en el entramado urbano, cada vez más acorde con los diseños de vanguardia. Protegido por los plátanos, asoma un añejo gingko biloba. Según afirma una creencia popular, es el árbol que trae suerte a quien lo toca. Por las dudas, no cuesta nada darle una palmada y seguir viaje.

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Los modernos bares y restaurantes del centro conviven armónicamente con la primera sede municipal, en Ocantos y Nuestras Malvinas. La casa histórica fue levantada en 1908 y conserva una gruesa puerta de madera, fabricada en 1789 con herrajes de hierro forjado, postigos y tableros de estilo colonial. Una joya artesanal, que Juan Manuel de Rosas decidió donar desde su exilio al contador Desiderio Segrestán.

Una soberbia casona de ladrillos y chimenea de estilo normando jerarquiza la esquina de Dorrego y Dardo Rocha. Construida por el arquitecto Bustillo en 1934, devuelve al recorrido la impronta británica impregnada en estos pagos.

La historia de los campesinos escoceses de Monte Grande reconoce entre sus ilustres personalidades a Juan Tweedy –creador del primer parque artificial del país–, los hermanos John y William Parish Robertson y el granjero John Mac Clymont. Sus peripecias reviven en el Museo La Campana, otro mojón del pasado, en Deán Funes al 1200, en El Jagüel . El repaso cronológico por los orígenes de la Región de los Montes Grandes se remonta a la presencia de los originarios pobladores querandíes, que se movían a sus anchas sobre el territorio yermo compartido con ñandúes, perdices, comadrejas, martinetas y hasta un intimidante glosoterio cabeza partida, hoy extinguido.

Entre las casi 2 mil piezas donadas por los vecinos, demanda especial atención un libro que rescata la “Primera y única colonia escocesa formada en Argentina”, escrito en 1925 por Cecilia Grierson, la primera médica del país. Las paredes de ladrillos asentadas en barro también resguardan la cámara fotográfica utilizada por el biólogo Luciano Valette en su expedición a las islas Orcadas en 1904, un trozo del primer alambrado extendido en la Argentina, campanas que señalaban los lotes en venta, los muebles de la primera Intendencia y la imprenta linotípica de Thorsen, que permitió publicar el primer periódico en idioma danés de Latinoamérica.

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Otra escala insoslayable la impone el parque de la estancia La Sofía, el palacio de estilo francés de la familia Santamarina. La tupida arboleda se cierra de tal manera, que deja la finca a salvo de las miradas indiscretas que llegan desde la avenida Cervetti.

Monte Grande retoma su armoniosa combinación de elegantes mansiones con cuidados jardines en una casona asomada por sobre los muros de Rotta y Güemes, donde la Municipalidad de Esteban Echeverría recupera los brillos de la Quinta Barceló, para crear un Polo Judicial y un centro cultural. La finca de tres pisos es una desmesura, apuntalada por veinte habitaciones, una infinidad de pequeñas dependencias, baños, recovecos sin destino cierto, túneles, escaleras de mármol y casino, que el ex intendente de Avellaneda y caudillo bonaerense Alberto Barceló ordenó construir en 1920. A veces, la atmósfera de lujuria corría el riesgo de ser interrumpida sin previo aviso. Por las dudas, un sistema de espejos había sido concebido para alertar a los distinguidos invitados sobre la llegada de la policía.

Eran los tiempos de gloria de Gardel. La leyenda del lugar registra la frecuente presencia del Mudo, entrañable amigo del dueño de casa. Ahora, en la finca en refacciones se escucha ensayar al Coro Kennedy de Esteban Echeverría. Suena potente y afinado, probablemente apuntalado por la voz del célebre cantor, que todavía resuena entre las paredes blancas y los ventanales.

por Cristian Sirouyan

Fuente: 

Diario Clarín 10/7/2011

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