Un museo en Malvinas muestra la identidad kelper y cuenta la guerra

Abrió hace unos díasUn audiovisual cuenta cómo sintieron la guerra contra Argentina los chicos de las islas. Y hay objetos cotidianos.

El repicar de una campana frente a la bahía de la capital de las Malvinas, hace unos días, hizo saber que el Historic Dockyard Museum (Museo Histórico del Astillero) abría por primera vez sus puertas al público. La campana es la original, que a mediados del Siglo XIX marcaba el comienzo de la jornada. Puerto Stanley entonces era muy joven. Se levantó entre 1842 y 1845 cuando la Corona británica decidió trasladar allí la capital de la colonia, que franceses, españoles y argentinos habían erigido inicialmente en Puerto Louis.

De fácil acceso, a diferencia del viejo y pequeño museo conocido como Britannia House, el Museo Histórico del Astillero se encuentra en el corazón de esta ciudad. Como la población no supera las 2.800 personas, las historias y hasta los objetos de las familias que habitaron este suelo pueden resultar para los locales “pan comido”. Pero no para las decenas de miles de turistas del mundo entero que llegan hasta las islas durante la temporada de cruceros, entre noviembre y marzo. Cada detalle está preconcebido. La campana inaugural la hizo sonar Sir Neil Cossons, Oficial de la Orden del Imperio Británico. El fue quien hizo el diseño original de este desarrollo turístico, en 1986, cuatro años después de la guerra angloargentina. El museo se levanta en las instalaciones –ahora restauradas– de las que fueron las construcciones más antiguas de la capital: el Almacén Central, la herrería, entre otros edificios más pequeños. También será restaurada la primera prisión, para integrarse al complejo. Es curioso que hace sólo meses el gobierno argentino inaugurara su propio Museo de Malvinas en el predio de la ex ESMA. En el Dockyard de Malvinas, todo el recorrido tiene mensajes no explicitados en los que sobrevuela la Argentina, que desde 1833 le reclama la soberanía de este archipiélago al Reino Unido. Por empezar, se observa la fuerte y única identidad de los kelpers, más allá de lo inglés, más allá de lo argentino y más allá de todo. “Nuestra identidad como isleños de las Falklands no es abordada en sí misma, no creo que se necesite”, dice la directora del museo, Leona Roberts, consultada por este diario. “La historia de las Falklands es la historia de las familias que se asentaron en las islas y construyeron una comunidad aquí. Estas breves historias muestran que las modernas Falklands fueron creadas por familias que llegaron de todas partes del mundo de muchas y diferentes maneras”. Cuenta Roberts: “Muchos vinieron a las islas buscando una vida nueva. Eran colonos con el sentido más básico del mundo, el gaucho de Gibraltar que fundó una de las más viejas familias (se refiere a los Pitaluga); los soldados británicos fundaron otra (se refiere a los militares conocidos como los “pensionados de Chelsea” enviados por el Imperio como colonos). Otros se encontraron aquí por los naufragios, marineros de Europa que ‘saltaron el barco’, balleneros de Nueva Escocia que se casaron con chicas locales”. Nótese que, a pesar de la intensa presencia de gauchos argentinos y uruguayos que hubo en las islas, hoy se habla de ellos más como sudamericanos que por su nacionalidad. Hay en el museo una figura de un caballo tamaño natural y una decena de monturas, cuyos modelos dejaron los hombres del continente, además de palabras en español que se fueron fusionando en el “english way”. Pero también hay en este espacio miles de otros objetos, restos de barcos, instrumentos musicales, chucherías domésticas. Ambientes que emulan la vida del campo –algo central en las islas– y las de las familias de peones, además de las de los terratenientes que pasaban sus inviernos en el Reino Unido. Hay varias secciones: Historia social, Historia marítima, Historia natural y otra dedicada a los pioneros de la Antártida. Las islas son, por su flora y fauna, un banquete de científicos. Y por su cercanía a la Antártida, un punto estratégico de la geopolítica. –¿Cómo está tratada la guerra de 1982? –se le preguntó a Leona Roberts. –Mostramos algo como “En el camino a 1982”. Una serie de hechos que llevaron a la invasión, pero la exhibición en sí misma se llama “En nuestras Palabras”. Es muy diferente a otra muestra que hayamos tenido anteriormente porque es más audiovisual. Los testimonios son provistos por quienes fueron niños, jóvenes y adultos en 1982. La mayoría casi nunca habían hablando de sus experiencias anteriormente por lo que convierte a este material en una perspectiva muy fresca. No es sobre los combates o las batallas en sí mismos, sino sobre lo que sintieron los niños que la protagonizaron. Creemos que el resultado es mucho más poderoso y más emotivo y eso es algo que nadie va ha visto antes. por Natasha Niebieskikwiat  Fuente: 

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Diario Clarín 22/9/2014

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