Un médico reconoció los dientes de su sonrisa eterna

A 77 años de su muerte, Clarín accedió al informe de los profesionales que identificaron los cuerpos del accidente de Medellín. Uno de ellos había ido a verlo cantar, en primera fila, dos días antes. Ocurrió hace 77 años, en junio de 1935. El relato, técnico pero cruelmente doloroso, menciona al “cadáver número 11” , el de Carlos Gardel. Después del terrible accidente en el aeropuerto de Medellín (en el que, además del cantor, murieron otras 16 personas) muy pocas veces hubo precisiones sobre cómo fue el trabajo de los médicos que tuvieron a su cargo aquella ingrata misión de reconocer los cuerpos con una autopsia. Ese relato es el que aparece ahora, casi ocho décadas después, para agregar más datos y conocer cómo fue el triste final de ese hombre, para entonces figura mundial, y cómo aquello hizo que dejara atrás su categoría de artista para ascender a la de mito.

Aquel informe lleva un título: “Acta de levantamiento de los cadáveres del siniestro de aviación del 24 de junio de 1935” . Y su principal protagonista fue el doctor Luis Carlos Montoya Rodríguez, por entonces jefe de la Oficina Médico Legal de Medellín. Por eso le tocó estar al frente del trabajo. Y quedó registrado en el Boletín N° 1 del volumen 2 del Comité de la Historia de la Medicina, un organismo que es parte de la facultad de Medicina de la Universidad de Antioquía.  El avión del último periplo. Su fotogénico perfil, dentro de la aeronave que lo llevaba por ciudades de Colombia, donde era tan querido como en la Argentina./Fotos archivo general de la nacion A Medellín, capital del departamento colombiano de Antioquía, se la conoce como “la ciudad de la eterna primavera”. Pero desde aquel trágico día quedó asociada para siempre a la figura de Carlos Gardel. Y fue en el mismo aeropuerto donde, dos horas y media después del choque de los dos aviones (había ocurrido a las tres de la tarde de ese lunes), un equipo integrado por los médicos Antonio José Ospina, Luciano Restrepo Isaza, Julio Ortiz Velásquez y Luis Carlos Velázquez hizo el levantamiento de los cuerpos. Eran del grupo que encabezaba Montoya Rodríguez, quien después, con los datos del informe ya redactado, lo firmaría. Los cuerpos fueron llevados a una morgue en la misma ciudad. “Los suscritos médicos legistas, bajo la gravedad del juramento que tienen prestado, exponen: en esta fecha (Junio 24 de 1935) reconocimos quince cadáveres de hombres (nota de la redacción: otros dos morirían después) fallecidos en el accidente de aviación ocurrido en el día de hoy en el Aeródromo ‘Olaya Herrera’, que ofrecen la actitud propia de los muertos por incineración y cuyos detalles, describiéndolos aisladamente, los expresamos a continuación”. Así comienza el texto que relata uno por uno los daños sufridos por cada una de las víctimas. El de Gardel es el identificado con el número 11. Un par de días antes de ese momento doloroso, Luis Carlos Montoya Rodríguez había estado en un teatro de Bogotá. Su pasión por el tango y su fanatismo por Gardel habían hecho que para aquella actuación comprara una ubicación en la primera fila de la platea. Y allí no se cansara de aplaudirlo. “Siempre contaba que esa noche quedó impactado, además de por su forma de cantar, por lo blanco y parejo de la dentadura de Carlos Gardel quien, con su sonrisa mágica, atrapaba desde el escenario”, recordó ahora Luz María Montoya Hoyos, una hija del médico quien trabaja como periodista, ante la consulta de Clarín . Y agregó: “Tanto él como mi mamá eran grandes admiradores de aquel cantor”. El doctor Montoya Rodríguez (nació en Medellín el 14 de mayo de 1906) se había recibido en la Universidad de Antioquía en 1930, cuando apenas tenía 24 años. Y desde ese año hasta 1940 trabajó como médico legista en la Oficina Médico Legal de Medellín. Después dejó esa actividad y estudió Tisiología, una especialización que cursó en la Universidad de Buenos Aires (la cátedra estaba a cargo del profesor Raúl F. Vaccareza) y también en Montevideo, Uruguay. Con esa especialidad trabajó en el Instituto del Tórax de su ciudad natal y en el Hospital La María (atendía sólo a pacientes con tuberculosis) hasta 1968, cuando se retiró con el cargo de director. Dos años antes había sido condecorado por el Ministerio de Salud Pública en Bogotá, cuando recibió la “Medalla Cívica del Mérito Asistencial Jorge Bejarano”. Murió en Medellín el 16 de agosto de 1986, con poco más de 80 años. Luis Carlos Montoya Rodríguez jamás imaginó que aquella impactante imagen de un Gardel sonriente, la que dos días antes del desastre había visto sobre el escenario, iba a resultar fundamental para identificarlo entre esos cuerpos calcinados. “Mi padre recordó toda la vida la dentadura impecable de su ídolo y mucho más después del accidente; dijo que ella fue clave para identificarlo porque estaba impecable, en muy buen estado”, contó Jorge Montoya Hoyos, otro de los siete hijos de aquel médico cirujano, a Clarín . Y también recordó otros dos detalles que su papá siempre tenía presentes: “Decía que en ese cuerpo de Carlos también había encontrado una ‘daguita’ (sic) y, en un bolsillo, un papel chamuscado con la letra de una canción titulada algo así como ‘La patojita’ (según recuerda una hermana) o ‘La cieguita’ ; después también imitaba en su ademán la forma en que el cantor se agachaba cuando tocaba la guitarra”. “N° 11. Carlos Gardel. Hallado en decúbito ventral (nota de la redacción: significa boca abajo) bajo las válvulas de un motor. De cuarenta y ocho años de edad. Uruguayo, de la ciudad de Tucuarelo (sic), Provincia de Montevideo (nacionalizado en la Argentina). Identificado por el buen estado de la dentadura, una cadena al parecer de oro, sin reloj en la muñeca izquierda, un chaleco aboyonado (nota de la redacción: significa relleno) con plumas, y por una cadena fina pendiente de la ropa con unas llaves y una chapetica con esta leyenda: ‘Carlos Gardel – Juan Juares (sic) 735 – Buenos Aires”. El texto es la primera parte de aquel informe que firmó el doctor Montoya Rodríguez. Ese texto es el que algunos usan como uno de los elementos para sustentar aquello de que Gardel no había nacido en Toulouse, Francia. Después seguían dos párrafos más, tremendos, conmovedores. “Presenta quemaduras de cuarto, quinto y sexto grado generalizadas y sangre en la región temporal, el pómulo y el ojo derechos”, decía el primero. El otro era mucho más duro: “Por causa de la quemadura, están descubiertas las costillas en la cara externa del hemitórax derecho, el tercio inferior del fémur de este lado, el tercio inferior del fémur izquierdo y la tibia del mismo lado, debido a carbonización de los tejidos blandos que los cubrían; igualmente, por causa de la incineración faltan ambos pies”. Aquel devastador relato se repite con cada una de las quince personas que murieron en el momento del accidente. Alfonso Azzaf y Angel Riverol murieron un par de días después, llevando el número a 17 personas. En el texto también se menciona que tres cuerpos, identificados con los números 8, 9 y 10, pertenecían a Alfredo Le Pera, Guillermo Desiderio Barbieri y José Corpa Moreno, pero aclara “sin que se pueda precisar cuál de estos nombres corresponde a cada cadáver”. En el avión en el que iba Gardel (era de la compañía SACO y cubría la ruta Bogotá-Medellín-Cali) estaban Ernesto Samper Mendoza (piloto y pionero de la aviación colombiana); Wlliam Foster (copiloto); Grant Yetman Flynn (jefe de tráfico); Alfredo Le Pera; Guillermo Barbieri; Angel Riverol; José María Aguilar (fue uno de los sobrevivientes); José Corpas Moreno; José Plaja (otro sobreviviente); Alfonso Azzaff; Henry Swartz y Celedonio Palacios. Contando al cantor, trece personas. En la otra máquina (era de la compañía SCADTA) viajaban Hans U. Thom (piloto); Hartmann Furst (copiloto, quien fue el tercer sobreviviente); Juan Castillo (un chico de 14 años que trabajaba como asistente de los pasajeros); Estanislao Zuleta Ferrer; Guillermo Escobar Vélez, Jorge Moreno Olano y Lester Wallack Alleck Strauss. Siete en total. Los que creen en cábalas y el significado de los números siempre aluden a lo mismo: “el 17 (la cantidad de muertos es la desgracia; el 13, ‘la yeta’ o la mala suerte, que es lo mismo”. Aquel informe quedó en la historia, como el doctor Luis Carlos Montoya Rodríguez, el hombre que tuvo la dicha de ver a Carlos Gardel en su esplendor y en la dolorosa imagen de su triste final. Sin embargo, unos años después, su fanatismo por el cantor no había mermado. Sus familiares recuerdan que él y su esposa vivieron durante seis meses en la Argentina, cuando hacía su especialización en Tisiología. Estaban alojados en el hotel Savoy y en sus ratos libres fueron a buscar las huellas del ídolo en Buenos Aires. Obviamente pasaron por Jean Jaurés 735 (hoy casa-museo), aquella dirección que estaba grabada en “una chapetica” y también fueron hasta el cementerio del barrio de Chacarita para detenerse frente a “ese bronce que sonríe”. No fue todo: además les tocaría vivir otro acontecimiento importante para los argentinos. Era julio de 1952, justo el momento en el que moría Eva Perón. Ellos vieron aquello y cuentan que también se conmovieron. Pero esa es otra historia. por Eduardo Parise   Fuente: 

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 Diario Clarín 1/7/2012

Informacion Adicional: 

Monedas de oro y faja de gaucho

Tras el accidente, se hallaron estas pertenencias de Gardel: -Ocho espuelas de gaucho para teatro, con 12 monedas de oro de distintos países. -Una chapeta de la faja que usaba en la cintura, con una moneda de oro de 20 dólares en el centro y a sus alrededores seis monedas de oro de distintos valores; y 11 más de la Argentina, de cinco pesos oro cada una. Tiene también 11 estrellas y 12 argollas de oro. -Cuatro chapetas de metal blanco, para cinturones de lujo. -73 chapetas de plata con incrustaciones de oro en el centro, con las cuales estaba adornada la faja de Gardel. -46 monedas bolivianas, de 20 centavos, que servían para adorno de los vestidos de teatro. -Un saldo de polvos y pomadas que servían para el maquillaje. -Un lote de papeles de música. -Dos cortauñas. -Una pulsera de oro. -Una cadena fina con tres llaves. -Dos chapetas de oro con las iniciales C. G.. -Un puñal con estuche de plata, con incrustaciones de oro. -Cuatro tijeras pequeñas. -Un par de guantes de cuero. -Cuatro calzadores de metal. – Una chequera en blanco. -Un pasaporte expedido en Francia y cartas de amigos.  El último viaje desde Medellín a Buenos Aires Hasta llegar al Panteón de Artistas del cementerio de Chacarita, en donde estuvieron hasta el 7 de noviembre de 1937, los restos de Carlos Gardel hicieron un largo recorrido. Primero fue dentro de Colombia. El 25 de junio de 1935, tras una misa de cuerpo presente en la iglesia de La Candelaria, una caravana multitudinaria (la encabezaban actores llevando el ataúd sobre los hombros), lo acompañó hasta el cementerio de San Pedro. Recién saldría con rumbo a Buenos Aires en diciembre. Colocado en una caja de madera forrada en zinc (hubo tramos que se hicieron a lomo de mula por la difícil geografía colombiana) llegó de Cali al puerto de Buenaventura, sobre el Pacífico, en tren. Lo embarcaron hacia Panamá y luego con rumbo a Nueva York. Allí, durante una semana, se hizo otro velatorio. El 17 de enero de 1936 empezó el viaje hacia el Sur en un barco llamado Pan América. Con varias escalas (incluyó a Río de Janeiro y Montevideo) el 5 de febrero de 1936 llegaron al puerto de Buenos Aires. Lo velaron en el Luna Park y al día siguiente, en medio de cientos de miles de admiradores que acompañaron su paso, se lo llevó hasta aquel panteón. Veintidós meses más tarde, se hizo el cambio dentro del cementerio, otra vez frente a miles de personas. Los restos de Carlos Gardel quedaron en el mausoleo que tiene su estatua, ésa donde cada día alguien coloca un cigarrillo encendido en su mano.  La carta que llegó un día después Al día siguiente de la muerte de El Zorzal, su amigo Armando Defino recibió esta carta de Gardel: “Bogotá, 20 de junio de 1935. Querido Armando: Tuve el gusto de encontrar en el Consulado cuatro cartas tuyas y te imaginarás con qué ansiedad me mandé tus relatos. Desde luego, me afectó extraordinariamente la noticia de la muerte del pobre Alfredo Deferrari, a quien yo le hubiera dado cien años de vida por excelente condición. Ya mandé el pésame a la familia […]. Las noticias que enviaste sobre el “El día que me quieras” me produjeron mucho placer. Yo ví la película aquí en Bogotá, en privado, y Paramount está loca con el film. ¡Con decirte que van a lanzarlo en 5 teatros al mismo tiempo, en una ciudad donde hay apenas 15 cines!… A mí la película me volvió a causar una impresión inmejorable y sigo creyendo que es mi mejor trabajo cinematográfico y que hemos matado el punto con las canciones. Me alegra la noticia de que se estrena en julio y espero que llegaré con los laureles fresquitos a Buenos Aires. Acerca de “Tango Bar”, a pesar de la carnicería, resultó un formidable éxito en una privada en New York. Como se acerca el momento en que se estrenará “El día que me quieras” estate atento sobre la música. Yo creo que esas canciones pegarán el gran golpe y que “Cuesta abajo” pasará al olvido. Lo mismo te digo acerca de los discos. Teneme al tanto de esas cosas… Ahora la vamos viajando en avión y ya te imaginarás el fierrito de los guitarristas… elogian la comodidad y la rapidez del avión pero no ven la hora de largar. Hay que ver las risas de conejo de todo el personal cuando se meten en los trimotores… Antes de salir de Panamá te escribo. Espero noticias tuyas en Cuba. Un gran abrazo, CARLOS.”

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