Un lujo porteño que no tiene nombre

Es cierto. Si pudiera vérselo con una mayor perspectiva se luciría mucho más. De todas maneras, aunque las calles en las que está no tengan la amplitud que merecería la obra, el edificio igual resulta impactante. Son cinco pisos y la mayor parte tiene su frente sobre Riobamba, con una prolongación en Arenales que se integra con una ochava curva. Algunos lo conocen como “el edificio Cameru”, por la misteriosa inscripción que está sobre la puerta de entrada, en Riobamba 1157. Otros, simplemente por la firma del arquitecto que lo pensó y que está grabada sobre la pared del frente: “P. Pater”.

Para los menos informados, ese nombre tal vez no diga mucho. Pero los especialistas saben quien fue Paul Eugéne Pater, un arquitecto nacido en Dijon, Francia, en 1879 y que murió en Buenos Aires en 1966. Para reconocer su talento, alcanza con nombrar sólo dos de sus obras más brillantes y que aún se lucen entre nosotros: el Palacio Ortiz Basualdo (actual embajada de Francia), en Cerrito 1399, y el Tigre Club, un símbolo de esa zona del norte del GBA.  Por eso es que no asombra que el edificio de Riobamba y Arenales también tenga esa impronta tan llamativa de la arquitectura Beaux Arts, característica de las primeras décadas del siglo XX. Bastará con detenerse en el preciosismo ornamental que fue utilizado en muchas de las obras de Pater inscriptas en esa línea: diversidad de todas las aberturas, con grandes puertas de madera; rejas de hierro muy trabajadas y con imágenes que deleitan los ojos; un balcón encubierto sobre la ochava del primer piso y, como remate de toda la construcción, tres cúpulas simétricas (en la de la ochava sólo queda el esqueleto) que le dan a ese rincón porteño un toque artístico. Pero los valores de esos buenos tiempos no sólo están en el exterior del edificio. Por cada piso, hay dos grandes departamentos. El más chico, ocupa una superficie de 255 m2 y tiene cinco habitaciones, dos baños, toilette y un baño de servicio. Todos los techos lucen molduras y están a una altura de 4,5 metros y los pisos de muchas dependencias son de roble de Eslavonia. En toda la construcción, hay dos ascensores: el principal y el de servicio, también trabajados en forma artesanal. Para todos los propietarios (sólo uno tiene un inquilino) rige una ley de oro: se pueden hacer cambios solamente dentro de los departamentos; el exterior es intocable. La planta baja también tiene lo suyo, porque allí hay varios locales comerciales que quedaron en la memoria de muchos. Uno es el que ocupa la ochava y que durante años fue la sede de “El cervatillo”, un restaurante apreciado, donde la especialidad de la casa era un plato con salmón preparado con vino blanco, champignones, camarones y alcaparras. Hoy, en el lugar hay otro restaurante donde dicen que impera la cocina casera. El otro local destacado está sobre Riobamba y, por ahora, aparece cerrado. Los vecinos con mayor antigüedad en el edificio recuerdan que allí funcionó “Pink Gin”, un lugar de tragos con fama bien ganada. El nombre del local tenía que ver con un cóctel creado en el siglo XIX por miembros de la Royal Navy británica. Se preparaba con ginebra, sin hielo y con un toque de un bitter hecho con extracto de genciana. Pero cuentan que ésa no era la especialidad del lugar, porque el más recordado era el “Tom Collins” que llevaba ginebra, jugo de limón, almíbar o azúcar, soda y unos cubos de hielo. Y dicen que la mano maestra para prepararlo era la de Raúl Suárez, un bartender que brilló en la época dorada de la coctelería en el país que abarcó entre 1940 y 1970. Suárez, al que conocían afectuosamente como “el Negro”, fue el primer barman argentino que participó en un torneo internacional realizado en París en 1953. Pero esa es otra historia. por Eduardo Parise Fuente: 

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Diario Clarín 20/5/2013

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