Un libro con las dietas de los dictadores

En Las Cenas de los dictadores se repasan las excentricidades culinarias de Benito Mussolini, Adolf Hitler, Joseph Stalin y Tito, entre otros personajes.

Un libro de reciente publicación aborda un curioso y atractivo tema: las comidas preferidas, los gustos y manías de los peores dictadores del siglo XX, que parecían no perder el apetito aún cometiendo las peores atrocidades. El libro Las cenas de los dictadores: una guía del mal gusto para entretener tiranos, escrito por las británicas Victoria Clark y Melissa Scott, analiza las preferencias y excentricidades culinarias de 25 líderes del siglo XX, como Adolf Hitler y Benito Mussollini, pasando por Mhuamar Kadafi y el norcoreano Kim Jung-il. La publicación comenta que Hitler, por ejemplo, en varias ocasiones hizo alardes de haber comido paloma rellena con nueces, lengua, hígado y pistachos y, al menos una vez, según los informes, comentó que no había «nada mejor que una bola de masa de hígado». También se dijo que se convirtió al vegetarianismo en un intento por curar su flatulencia crónica. Creía que una dieta libre de carne frenaría su flatulencia y estreñimiento crónicos. Como Hitler, se ha dicho que el libio Mhuamar Kadafi sufría también de una flatulencia incontrolable y le gustaba beber leche de camello. En una visita a su tienda de campaña en 2004, el entonces primer ministro británico Tony Blair no le aceptó un vaso de leche de camello, para no ser afectado de manera similar. A pesar de desterrar italianos de Libia, al principio de su «reinado», según el diario británico The Telegraph, que publicó una reseña del libro recién presentado, Kadafi era un amigo cercano de Silvio Berlusconi y tenía afición por la comida italiana –que incluye pastas– en particular, los macarrones.  The Telegraph también reseñó las preferencias de otros dictadores como Benito Mussolini, quien solía decir que uno de sus platos favoritos era una sencilla ensalada de ajo crudo picado, aliñada con aceite y limón. Saddam Hussein, explica el libro, estaba obsesionado con la limpieza y el origen de su comida. Las aceitunas por ejemplo, debían provenir de los Altos del Golán. Mao Tse Tung, un apasionado carnívoro, presumía en una carta a sus camaradas de su capacidad excretora: «Como mucho, defeco mucho», decía. Las comidas de Stalin podían durar hasta cinco o seis horas y durante ese tiempo, además de comer, los invitados participaban en animados juegos de beber, bailar y cantar. El exceso en las bebidas consta también en las historias del ruso Nikita Kruschev y el mariscal Tito, de quien el libro cuenta que vomitaba en las mangas de su chaqueta para poder seguir el ritmo. Cuentan que uno de sus platos preferidos era un trozo de grasa de cerdo caliente. El norcoreano Kim Il Sung ponía a sus ayudantes a seleccionar uno por uno los granos de arroz que comía, y llegó a crear un instituto con el único objetivo de prolongar su vida. La manía del rumano Ceausescu consistía en llevar su propia comida a todos los países que visitaba, aunque no les cayera muy bien a sus anfitriones. Y finalmente Idi Amin, el dictador militar africano, comía hasta 40 naranjas diariamente, pensando que contenían elementos afrodisíacos y aunque nada tiene ver con sus gustos culinarios, las autoras descubrieron también que estaba obsesionado con la Reina Isabel II, hoy de 88 años.   Antonio Salazar – Las añoranzas de un tirano El dictador portugués Antonio Salazar, principal figura del llamado Estado Novo, disfrutaba comiendo sardinas porque, según él mismo contaba, le recordaban a su infancia, cuando tenía que compartir uno de esos pescados con su hermano. Fuente: 

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Diario Tiempo Argentino 12/12/2014

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