Un homenaje a los combatientes

Sé que este día 2 de abril de 1982 marca un jalón trascendente para la historia argentina del siglo que vivimos.” Así comenzaba su discurso el general Galtieri, anunciando a los argentinos que se habían recuperado las islas Malvinas. En pocas semanas, sus palabras se verían confirmadas por los hechos, pero no en la forma en que él lo hubiera deseado. Las islas no se recuperaron, todos los avances diplomáticos de acercamiento a los isleños se perdieron y cientos de compatriotas pagaron con su vida la aventura del dictador.

Desde 1833, cuando las tropas británicas expulsaron al gobernador Luis Vernet del territorio insular, la cuestión Malvinas se volvió uno de los grandes conflictos en política exterior. Por momentos hubo reclamos muy tibios, dado que Gran Bretaña era nuestro principal socio comercial, mientras que con otros gobiernos más nacionalistas se tomó el tema con profundo interés. Especialmente desde la década del 60, se había encarado una sólida negociación diplomática que llevó a un contacto directo con los isleños. Vuelos regulares, becas de estudio y hasta la presencia de médicos y maestros argentinos. Los gobiernos, fueran democráticos o de facto, optaban por el acercamiento como vía de recuperación de las islas. El desembarco del 2 de abril no guardó ninguna relación con el proceso de negociación que se estaba llevando a cabo. Con poca planificación, bajo supuestos errados -el apoyo estadounidense y la inacción británica- y sin un plan coordinado entre las distintas armas, la Argentina se embarcó en un conflicto armado que desató un masivo y genuino apoyo popular. Aquella frase tantas veces entonada en la escuela se hacía realidad: “Las Malvinas son argentinas.” Pero las batallas no se ganan sólo con buenas intenciones. Gran Bretaña decidió contraatacar y, con una fuerza superior a la argentina, recuperó el control de las islas en pocas semanas. No alcanzaron los valerosos vuelos rasantes de los pilotos de la Fuerza Aérea ni el coraje de los soldados peleando cuerpo a cuerpo. Rápidamente, el exitismo del “estamos ganando” se ahogó en un baño de realidad. La guerra siempre es dolorosa, y mucho más si se pierde. La derrota fue también la partida de defunción del gobierno militar que, forzado por su propio error, se vio obligado a permitir el retorno de la democracia, sin negociaciones posibles, como hicieron otros gobiernos de facto latinoamericanos. Los vencidos no ponen condiciones y el Proceso de Reorganización Nacional había sido vencido en muchos más campos que el estrictamente militar. A 35 años del desembarco en las Malvinas, la guerra sigue siendo una herida abierta en nuestra historia nacional. Cada 2 de abril recordamos y homenajeamos a los veteranos y a los caídos en la Guerra de Malvinas. A aquellos que en cumplimiento del deber sirvieron a la patria. Ellos, por todos nosotros. El dolor de Malvinas los convirtió en “los chicos de la guerra”, en víctimas dignas de lástima. Pero no es así como debemos recordarlos y honrarlos. Entregar la vida por la patria no es digno de lástima, sino de orgullo. Aun cuando la guerra en sí haya sido una equivocación, ellos no deben ser ensuciados por la soberbia o incompetencia de unos pocos, que ni siquiera tuvieron el valor de combatir. Como escribió Jorge Luis Borges: “Su muerte fue una secreta victoria”. Mi homenaje es a ellos, que entregaron lo más valioso: la vida misma. por Cecilia Borscak, historiadora de la Facultad de Comunicación en la Universidad Austral Fuente: 

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Diario La Nación 30/3/2017

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