Un hombre que confiaba en el poder transformador de la palabra

Un grupo de tareas lo secuestró en la escuela donde trabajaba el 1 de junio de 1977. Además de ser una de las voces más representativas de la generación poética del ’60, fue también periodista, editor y militante político.

A mi país se le han perdido muchos habitantes / y dice que algún cuerpo de ejército los tiene / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la policía / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la cámara del terror / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / los organismos parapoliciales / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene?” 

Con este poema, “El gran bonete” el poeta Roberto Santoro anticipaba su propio destino. Desapareció el 1 de junio de 1977, hace hoy 35 años. Se lo llevaron de la Escuela Nacional de Educación Técnica N° 25 Teniente Primero de Artillería Fray Luis Beltrán, donde trabajaba como preceptor.  Nacido el 27 de abril de 1939 en Buenos Aires, es considerado una de las voces más representativas de la generación poética del sesenta. Además, de poeta, también fue editor. Miembro fundador de la revista Barrilete, editó, además, a través del sello Papeles de Buenos Aires, la colección La pluma y las palabras, carpetas de poesía donde reunió a poetas tales como Raúl González Tuñón, Humberto Costantini, Antonio Requeni, Federico Moreyra, Antonio Aliberti, Néstor Groppa, Luis Franco, Álvaro Yunque, Elías Castelnuovo, Luis Luchi, César López Ocón y él mismo. Realizó esta actividad hasta el día mismo en que fue secuestrado. Su interés por la cultura popular lo llevó a publicar Literatura de la pelota (Papeles de Buenos Aires, 1971), donde compila poemas, cuentos, artículos periodísticos y hasta cantos de las hinchadas. Oficio desesperado, Nacimiento en la tierra, Pedradas con mi patria, Las cosas claras son algunos de sus múltiples libros de poesía.  Hasta aquí el perfil formal del poeta Roberto Santoro. Lo que queda fuera de él es lo intangible, aquello que fue y que sólo persiste en la memoria y en el corazón de quienes lo conocieron mucho y de quienes lo conocimos lo suficiente como para saber que era una persona entrañable, un albañil de la poesía que siempre le daba para adelante, aunque la muerte le anduviera pisando los talones.  La última vez que lo vi fue en un bar, ya no recuerdo cuál, donde me había citado para darme una de sus carpetas de poesía dedicada a mi padre.  Aquel encuentro cobró otro sentido después de su desaparición. Queda una especie de culpa por no haber sabido que ese café, que esa pausa en medio de aquellos días de opresión y miedo era también una despedida y que quedaría fijada para siempre, como una fotografía, en el álbum de los recuerdos que más duelen.  por Mónica López Ocón Fuente: 

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 Diario Tiempo Argentino 1/6/2012

Un hombre que confiaba en el poder transformador de la palabra
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