Un desolado Bicentenario

Nélida Baigorria, diputada nacional (MC)  señala que hay poco que festejar, por la persistencia de nuestros males institucionales.

El Bicentenario de la Revolución de Mayo aguarda la rendición de cuentas de los argentinos, sus hijos, y nos pregunta qué podemos festejar las generaciones del siglo XX en el momento en que la Patria se viste de fiesta porque ansía celebrar sus 200 años. La pregunta que, indudablemente, nos hará habrá de ser si hemos sabido respetar el Credo de Mayo y velar por su fuego sagrado frente a las fuerzas poderosas que pugnaron por apagarlo en las jornadas oscurantistas que ocultaron su sol durante largas y dolorosas décadas.

¿ Qué respuesta podremos dar los argentinos luego de la iconoclasia de 1930, cuando, violada por primera vez la Constitución Nacional, fuimos destruyendo uno a uno los cimientos sobre los cuales los padres fundadores levantaron la “nueva y gloriosa nación” que exalta nuestro Himno? ¿Qué respuesta podremos dar los argentinos a esa conminación de la Historia? ¿Qué país podremos mostrar ante los ojos del mundo, sino el de nuestro fracaso y nuestras abjuraciones de los principios con los cuales nacimos a la vida libre y cuyo olvido nos llevó a la decadencia que asombra a quienes pensaron que a la Argentina le aguardaba un destino prodigioso en la constelación de países que integran el planeta?

Desde las tribunas políticas, ciertos candidatos para las elecciones del 28 de junio de 2009 insistieron en que lograremos la unidad nacional y la reconstrucción de la República sólo cuando decidamos, como pueblo, archivar nuestro ominoso pasado, orientar la brújula hacia una democracia auténtica y avanzar con optimismo y con fe hacia un futuro de libertad y justicia. Estos dos valores esenciales ya los proponía Pericles a los griegos en su homenaje a los caídos en las guerras del Peloponeso, hace 2400 años

El olvido y el silencio no son el camino. Dice bien el gran historiador británico Eric Hobsbawm que estamos “enraizados en el pasado”. Por lo tanto, el primer paso debe ser un encuentro con la verdad histórica que entrañe un acto de contrición y luego una profunda cirugía reparadora de nuestra conciencia cívica, envilecida por falsedades ideológicas vertidas desde el adoctrinamiento en las aulas o ejecutadas en los estrados del poder.

Marc Bloch, el eminente historiador francés asesinado por los nazis en un campo de concentración, sintetizó su pensamiento acerca del pasado manifestando que conocerlo nos permite interpretar el presente. Retrocedamos, entonces, hasta 1946. La Segunda Guerra Mundial había apagado su fuego devastador después de dejar a la luz su trágico saldo: Europa semidestruida; Japón pulverizado por el ataque artero a la población civil de Hiroshima y Nagasaki; 50 millones de muertos, entre ellos seis millones de judíos masacrados en el tenebroso Holocausto, y, además, una lacerante herida en el corazón de todos los sobrevivientes, que no podría cicatrizar jamás.

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No obstante, con férrea voluntad, tanto los vencedores como los derrotados comenzaron con la durísima empresa de la reconstrucción. Desmontaron, en primer término, las estructuras totalitarias y con las instituciones de la democracia muchos países conquistaron, en tiempo exiguo, lo que dio en llamarse el Estado de Bienestar.

¿Qué ocurrió, en cambio, en nuestro suelo, en ese momento histórico? Militares y civiles en los cuales había quedado larvada la colonia, fascinados con los regímenes totalitarios en boga, se lanzaron ávidos a la captura del poder. Se hizo carne en ellos la corrosiva sentencia de Leopoldo Lugones: ” Ha llegado la hora de la espada”. Los gobiernos fraudulentos surgidos de la sedición del 30 fueron desplazados de la escena nacional el 4 de junio de 1943 por otro alzamiento consumado por el GOU (Grupo de Oficiales Unidos), logia en la que un coronel llamado Juan Perón tuvo un rol protagónico.

Confeso admirador de Mussolini, poseedor de atributos excepcionales para seducir y organizar a las masas, cuando el gobierno de facto, que él integraba, decide institucionalizarse, llama a elecciones y en ellas Juan Perón, candidato del partido por él creado, triunfa en los comicios del 24 de febrero de 1946.

El populismo que introduce Perón en nuestro país tiene su correlato en casi toda América latina. Mientras que Europa y Japón se rehacen con la democracia, en nuestro subcontinente se da la paradoja de que las concepciones políticas derrotadas en la guerra arraigan en estas tierras bajo la égida de dictadores absolutistas y venales. Sirvan algunos ejemplos: Stroessner en Paraguay, Odría en Perú, Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Jiménez en Venezuela, Somoza en Nicaragua, Trujillo en República Dominicana, Batista en Cuba. Se quiebra, así, el sueño de los libertadores San Martín y Bolívar. Los Estados Unidos del Sur no existen. Son sólo repúblicas nominales huérfanas de los principios que alentaron la gesta de la emancipación de América.

En nuestro país, el gobierno de Perón tiene una génesis bien definida, puesto que nace con el proyecto antirrepublicano que pergeñó en el período previo a su mandato, desde su despacho de vicepresidente de la Nación y, a su vez, ministro de Trabajo y Previsión del gobierno de facto del cual fue su principal responsable. Su figura dominante no le demandó mayores esfuerzos para la conquista de la voluntad popular. El país siguió llamándose República Argentina. Fue también en este caso, como los demás de América del Sur y el Caribe, una denominación nominal, porque no hubo división de poderes, ni periodicidad de las funciones políticas, ni libertad de prensa, ni austeridad republicana en el ejercicio del poder, ni publicidad de los actos de gobierno, suplantados por una incesante propaganda de altísimo voltaje demagógico. Aquello del diálogo del líder con el pueblo como la máxima expresión de la soberanía popular prendió de tal manera en amplios sectores sociales y políticos que bastaba una convocatoria a una plaza para que un público hechizado y fervoroso aceptara todas sus propuestas, ratificadas luego por un Poder Legislativo y Judicial cuya lealtad al líder era clave para su permanencia.

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El partido peronista abriga en su ideario las mismas consignas, la avidez por el absolutismo político, su adscripción al pensamiento único y su oposición cerril a gobiernos de otro signo político. El rechazo se expresa con constantes manifestaciones de repudio y violencia. Por tal razón, el sistema corporativo creado por el primer peronismo sigue vigente y esteriliza todos los esfuerzos para rescatar el ejercicio de una democracia plena que nos encauce hacia la soñada meta de la reparación nacional con el retorno de las instituciones republicanas.

Este artículo no es el esbozo de un ensayo histórico, sino una apelación al pasado para que, como lo enseña la historiografía francesa, podamos interpretar nuestro presente y comprender la etiología de nuestra decadencia y la desolación a las que nos conduce un Bicentenario que no supimos honrar.

Si algo faltara para corroborar que hoy nos gobierna un sistema político que mantiene intactas las esencias de su ADN, bastaría con ver la fotografía del presidente del bloque del Frente para la Victoria publicada por LA NACION el 18 de marzo.

En efecto: cuando, el día anterior, la Cámara de Diputados logra el quórum y los opositores comienzan el debate sobre la nulidad absoluta del DNU, que cercena las reservas del Banco Central, en plena sesión se anuncia que un juez en lo contencioso administrativo, llamado Enrique Lavié Pico, ha producido en tiempo récord un fallo a favor del oficialismo, motivo por el cual se propone pasar a un cuarto intermedio hasta el día siguiente, en medio de los aplausos de los legisladores del Gobierno. El presidente del bloque queda plasmado en una fotografía: está sentado en su banca esbozando una expresión sonriente, entre triunfal y mordaz, mientras con sus manos extendidas y cerradas, dirige sus pulgares hacia abajo, como los césares romanos frente al gladiador vencido cuando laudaban por su muerte ante una turbamulta enardecida por el placer de la violencia y la sangre. Se trata, claro está, de una interpretación simbólica, que podría, sin embargo, metafóricamente coincidir con aquella consigna de su líder cuando ordenaba, en su lenguaje de guerra: “Al enemigo, ni justicia”.

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Este denigrante episodio no tuvo por escenario una cancha de fútbol o un ring de box, sino, para vergüenza de todos, el Congreso de la Nación Argentina. ¿Tiene sentido, con esta afrenta, hablar de diálogo y consenso? Y en torno de los acuerdos, ¿negociar qué?

Amado Nervo, el exquisito poeta mexicano, en un momento desgarrador de su vida, le dice a Dios: “¡Señor, yo te ofrezco mi dolor! Es todo lo que puedo ya ofrecerte”. El 25 de Mayo, cuando campanas y clarines saluden el día del Bicentenario, muchos argentinos que vivimos las angustias cívicas del siglo XX, cuando se abjuró del mandato de Mayo, iremos al altar de la Patria y le haremos la ofrenda de nuestro dolor, pero también la de nuestra esperanza en las nuevas generaciones, a las que el agudo escalpelo de los auténticos historiadores, no de los escribas mercenarios, les revelará las claves de nuestro fracaso y les enseñará que volveremos a ser república sólo cuando nuestro dogma político sea el Credo de Mayo, en la plenitud de aquellos valores helénicos inmutables que nos legó Occidente: la libertad y la justicia.

por Nélida Baigorria, diputada nacional (M.C.)

 

Fuente: 

Diario La Nación 6/4/2010

Informacion Adicional: 

Quién es Nélida Baigorria: 

Primera Diputada Nacional por la UCR en 1958. Se formó políticamente junto al Dr. Arturo Frondizi. En los primeros años de la democracia, el Dr. Raúl Alfonsín la convoca para la organización y puesta en marcha del PLAN NACIONAL DE ALFABETIZACIÓN, de cuya Comisión fue Presidenta. Actualmente, la Profesora Nélida Baigorria es una autoridad de consulta permanente.

 

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