Un almacén en La Pampa

El Hotel Argentino de la avenida Rivadavia y 25 de Mayo alojó a José Hernández en los primeros días de 1872. Encerrado en uno de los cuartos del Argentino, durante ocho días y sus ocho noches escribió un folletín titulado El gaucho Martín Fierro .

 Fue publicado en papel de almacén, con tapas grises, y distribuido en los poblados de La Pampa, pero en Buenos Aires pasó desapercibido. Siete años después de su aparición, había vendido cuarenta y seis mil ejemplares en el medio rural. Un almacenero mayorista, cliente del abogado y presidente Nicolás Avellaneda, le mostró al letrado sus libros contables con los pedidos habituales de las pulperías de campaña: “12 gruesas de fósforos; 1 barrica de cerveza; 12 ‘vueltas’ de Martín Fierro ; 100 cajas de sardinas.” El Martín Fierro era leído en voz alta, en las ruedas de mate de pulperías y estancias, por paisanos que habían aprendido el alfabeto. Los escuchaban gauchos iletrados que luego repetían sus versos en los poblados y caminos. Leopoldo Lugones relata que durante su juventud, en el pueblo santiagueño de Sumampa, conoció a un mozo llamado Serapio Suárez “que se ganaba la vida recitando el Martín Fierro en los ranchos y aldeas. Vivía feliz y no tenía otro oficio” (“El payador”). Ricardo Rojas también oyó en ranchos de la selva santiagueña, a la ribera del río Salado, algunas estrofas del poema de Hernández, conocidas por tradición, aunque se ignoraba el nombre del autor. Beatriz Sarlo encontró la eficacia estética del poema en la particular configuración de su ideología, tejida en una estructura de actitudes y sentimientos. Los versos destilan el ideal de una comunidad orgánica, en la que la intervención paternal del Estado repare las injusticias, la miseria y el despojo del medio rural (un pensamiento casi socialista que desplaza el modelo de sociedad movido por la competencia). Sarlo enlaza este arcaísmo de Hernández -este arcaísmo encantador- con las experiencias del mundo campero que cuentan sus versos. (“Razones de la aflicción y el desorden en Martín Fierro ”.) Pero también atribuye la perdurabilidad del libro en lo que llama con gracia “la vía de Hernández”. “La vía de Hernández” no tiene otro secreto que la misma vida del autor: el desquicio de su familia, los desplazamientos del hogar, una niñez repartida entre tías, abuelos, padres nómades, muertes prematuras; traslados y persecuciones. Hernández fue arrastrado de Buenos Aires a Paraná, de Corrientes a Montevideo, de Santa Ana do Livramento a Buenos Aires. Su destino de federal enfrentado a la ciudad-puerto, de político enemigo de Domingo Faustino Sarmiento, y por lo tanto, de soldado derrotado, lo persiguió durante toda su vida. Fue secretario del vicepresidente Juan Esteban Pedernera cuando la Confederación se derrumbaba, ministro de un gobierno correntino que fue volteado por una asonada mitrista, gaucho de una banda en retirada con el ejército de Ricardo López Jordán. Mi padre me contaba, desde que tengo memoria, que el 13 de noviembre de 1863, un día después del degüello del Chacho Peñaloza (y de la exhibición de su oreja en el baile oficial que celebró el crimen), Hernández escribió en el periódico El Argentino de la ciudad de Panamá un panfleto heroico. “El general Peñaloza ha sido degollado. El hombre ennoblecido por su inagotable patriotismo, fuerte por la santidad de su causa, el Viriato argentino, ante cuyo prestigio se estrellaban las huestes conquistadoras acaba de ser cosido a puñaladas en su propio lecho, degollado, y su cabeza ha sido conducida como prueba del buen desempeño de su asesino, al bárbaro Sarmiento”. Este texto podría explicar la frialdad -una frialdad política- con que fue recibida la aparición del Martín Fierro en Buenos Aires. El general Bartolomé Mitre censuró la “filosofía social” y “la amargura” del poema. Todo el desquicio político y personal de Hernández, dice Sarlo, se repitió con la tenacidad de un destino: “Y había arrancado casi antes de su nacimiento: sus padres se casan enfrentando la oposición familiar, su abuelo lo acepta como prenda de paz en una familia que no logrará, sin embargo, recomponerse.” Y esta herida, la amargura señalada por Mitre, puede encontrarse en la épica, en la belleza y en el horror de nuestro poema nacional. por Laura Ramos Fuente: 

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 Diario Clarín 25/3/2012

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