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Villadiego es un pueblo español ubicado en la provincia de Burgos, o sea que forma parte de la comunidad castellana. A mediados del siglo XIII, el rey Fernando III transitaba por esos pagos y cierta noche de perros se le atascó en un fangal el carruaje que lo transportaba. No eran andurriales para que un fulano de alcurnia quedase varado, y seguramente la habría pasado requetepésimo si no hubiese recibido rápida ayuda de unos vecinos. Tales vecinos resultaron ser unos muchachos judíos, ya por entonces conminados a llevar vida errante.

Villadiego es un pueblo español ubicado en la provincia de Burgos, o sea que forma parte de la comunidad castellana. A mediados del siglo XIII, el rey Fernando III transitaba por esos pagos y cierta noche de perros se le atascó en un fangal el carruaje que lo transportaba. No eran andurriales para que un fulano de alcurnia quedase varado, y seguramente la habría pasado requetepésimo si no hubiese recibido rápida ayuda de unos vecinos. Tales vecinos resultaron ser unos muchachos judíos, ya por entonces conminados a llevar vida errante.

En agradecimiento por aquella gauchada, un real decretazo de necesidad y urgencia otorgó residencia estable a todos los villadieguenses de religión judía, no sólo a los que habían puesto el hombro para que Su Majestad se las tomara de allí lo antes posible. Tiene ese origen una popular frase («Tomar [tomarse] las de Villadiego»), que alude a todo escape apurado, con intención de gambetear una fea situación.

Sobre raudas huidas por la tangente tratan muchos otros dichos populares, casi todos urdidos en tiempos en que España padecía condición invertebrada. De principios del siglo XVI data un despiporre clerical ocurrido en Santiago de Compostela, al que Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, logró sofocar. De hecho, debió ir de una ciudad a otra e interponer sus modos diplomáticos para que ciertos monseñores amainaran sus berrinches. Pero ¡fíjense qué oprobio! Apenas vuelto a Sevilla, don Alonso descubrió que un chaval de su familia, su sobrinito, le había soplado el sitial del arzobispado. Un refrán brotado de tal episodio («Quien se fue de Sevilla perdió su silla») admite, piadosamente, el siguiente equívoco: uno ha escuchado decir, más de una vez, «quien se fue a Sevilla», como si diera lo mismo, como si tal cosa.

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Otra expresión que define la idea de emprender escape presuroso antes de que sea tarde es ésta: «Poner pies en Polvorosa». Dícese que Alfonso III ordenó sitiar una aldea así llamada, con intención de que los moros que moraban en ella, en el año 879, buscaran mejor destino. Con todo, no faltan los académicos convencidos de que la palabra «polvorosa» menciona, en dialecto calé, a toda calle suburbana, de arrabal, más o menos frecuentada por gente de poco confiar, habituada a salir corriendo.

¿Es válido preguntar aquí cuántos requiebros hacen falta para sugerir que en determinado momento hay que poner pies en Polvorosa, hay que emprender las de Villadiego, hay que viajar (es un decir) a Sevilla?? Si algún Peribáñez tiene la respuesta, más vale sospechar que es rigurosamente incierta.

por Norberto Firpo

Fuente: 

Diario La Nación 27/11/2010

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