Tras los pasos de San Martín en Londres

Fue el hastío, más que la tuberculosis, la causa de su renuncia. «Lo único que se puede hacer en América es emigrar», decretó con turbadora certeza. Quiso huir a Europa, pero le salió al paso la muerte y, antes de rendirse, aquel hombre confesó: «He arado en el mar». Ese hombre se llamaba Simón Bolívar.

Me sacudí al leer el relato de ese epílogo ruinoso. Yo estaba exilado en Caracas. Me consternó el escepticismo del Libertador septentrional. Quise revisar entonces el final de otro prócer caraqueño, Francisco de Miranda: entregado por el propio Bolívar, fue a morir en una celda gaditana. Tiempo después me intrigaron las aventuras de Andrés Bello, nacido venezolano y muerto chileno. Su biografía me llevó a pensar en el héroe de Chile, Bernardo O’Higgins, echado de su país de una vez y para siempre. No pude sino pensar en José de San Martín, cuyo ostracismo duró un definitivo cuarto de siglo. Cerca del Canal de la Mancha, una tarde le pronosticó a su hija: «C’est l’orage qui mène au port» (Es la tormenta que conduce al puerto). Y se tomó unos días para morir. Su vida tormentosa acabó en el impensado puerto de Boulogne-sur-Mer. Me propuse escribir un libro sobre el exilio crónico de grandes y pequeños sudamericanos, pero escogí un título prematuro que lo circunscribía a los grandes: El destierro de los héroes. No podía redactar la historia sin nadar primero en la vida oculta de cada personaje. Londres era el sitio ideal para iniciar la tarea. Los cuatro héroes (y también Bello) habían vivido, meses o años, en la ciudad de las conspiraciones: el lugar donde se examinó primero el modo de arrebatar a los Borbones sus colonias americanas y, años más tarde, la forma de evitar que se las quedara Napoleón. Ya en Inglaterra, empecé el «escrutinio San Martín». Él había vivido en Londres cuatro meses, en 1811, antes de venir al Río de la Plata, y también en 1824 en su regreso a Europa. Tomé este último período, confiado en que, si descubría qué había hecho en su regreso al Viejo Mundo, encontraría las claves para reinterpretar su pasado. José Pacífico Otero había escrito en su monumental biografía Historia del Libertador: «Es muy poco lo que se conoce de las actividades de San Martín en Inglaterra. Se sabe, ciertamente, que permaneció allí desde mayo hasta diciembre de 1824». Es cierto: se sabía muy poco; pero era mucho lo que podía saberse. Había incontables documentos inéditos esperando que se los desempolvara. Fue lo que hice, poco a poco, hasta tener los datos que al fin revelo en el Diario íntimo de San Martín. El azar me visitó un día, cuando yo hurgaba archivos de oficiales escoceses que pelearon por España contra Napoleón durante la Guerra de la Península. San Martín, envuelto en la misma guerra, debió conocer (pensé) a otros escoceses, no sólo a su protector, Macduff (más tarde Conde de Fife). No encontré ninguno; pero un día, hundido en los papeles de Arthur Steel-Maitland, tropecé con un documento de título prodigioso: «Plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego «emancipar» Perú y [Quito]». Lo que descubrí no era el plan de San Martín. Era uno del propio Maitland, presentado ante el gobierno de William Pitt el Joven, en 1800, tiempo de guerra entre británicos y españoles. El propósito del escocés era convertir las colonias de España en parte del Imperio británico. Cuando San Martín ejecutó un plan casi idéntico, dos décadas más tarde, el propósito era otro: hacer que estas tierras no fueran parte de imperio alguno. En los cuatro meses que pasó en Londres, antes de venir a iniciar su gesta, San Martín conoció (la investigación me ha convencido) el Plan Maitland. No sólo ése; también otros semejantes que -aun cuando no preveían la travesía de la Cordillera sino el cruce de navíos por el Estrecho de Magallanes- ilustraban sobre la geografía de la región, sus climas y sus habitantes. Temí que, de dar a conocer yo el Plan Maitland, provocaría incredulidad o indignación en la Argentina. Bartolomé Mitre había dicho que «la inmortalidad de San Martín» provenía de «esa idea, por él concebida y ejecutada». Otero, por su parte, escribió: «Sólo San Martín tuvo esa idea; idea madre, idea primogénita». Por fortuna, la investigación me deparó tantos elementos que la existencia y la fecha de aquel plan se hicieron indubitables. En el libro Maitland & San Martín (Sudamericana, agosto de 2012) está reproducido el texto, en su versión original inglesa y traducido al castellano, con 373 notas al pie de página. En ellas se informa sobre la fuente de cada dato y, en el caso de los documentos inéditos, el lugar donde se conservan. Indignación no hubo. Hoy se acepta que la trascendencia de San Martín no deriva de una improvisación genial sino de su visión política, de su capacidad estratégica y su proeza militar. La visión política le permitió advertir que, si no caía el Virreinato de Perú, la independencia del Río de la Plata sería transitoria. La estrategia fue trazada por él tras hacer acopio de tanta información como le fue posible y después de ponderar diferentes opciones y escrutar todos los antecedentes de los cuales pudo hacerse. La proeza militar consistió en hacer realidad un Plan Continental que, «primogénito» o no, demandaría esfuerzos titánicos. por Rodolfo Terragno Fuente: 

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 Diario La Nación 29/9/2012

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