«Titanic», el inhundible

Si el del Costa Concordia es, hasta ahora, el accidente transatlántico más impactante de lo que va del siglo, el del Titanic fue el que surcó todo el siglo XX. Tanto, que a partir de él la palabra “crucero” cobró otro significado. El 15 de abril de 1912, con gran parte de la aristocracia europea y de los nuevos ricos estadounidenses a bordo, el magnífico barco desapareció tras chocar con un iceberg. Debajo del agua quedaron joyas, pieles, obras de arte y otros objetos, pero también vidas notables que el experto Hugh Brewster revela en este libro. Aquí, el hundimiento.

La cara blanquiazul de un acantilado surgió de repente de la oscuridad. El buque avanzaba imparable con la proa dirigida directamente hacia él. Fred Fleet se preparó para el choque. Luego, muy lentamente, el barco empezó a virar. ¿Lograrían esquivarlo? Fleet vio que la punta de la proa casi rozaba el hielo. Pero entonces se produjo una vibrante sacudida en la banda de estribor. Grandes pedazos de hielo cayeron sobre el pozo de cubierta. Fleet oyó un ruido chirriante que venía de muy abajo cuando el iceberg arañó el casco por la banda de estribor. No había pasado ni un minuto desde que vio por primera vez la montaña de hielo. En el rellano de la escalera, William Sloper notó que el barco daba un leve bandazo hacia estribor. Le recordó a un transbordador al chocar contra los tablones de un embarcadero. Dorothy Gibson subió corriendo por la escalera y juntos se desplazaron a toda prisa al paseo de la cubierta A. Inclinados sobre la borda, escudriñaron la oscuridad estrellada y distinguieron una gran forma blanca que desaparecía tras la proa. En la sala de fumadores, Hugh Woolner sintió un crujido sordo bajo sus pies. Vio que varios hombres se dirigían hacia la puerta del fondo y los siguió con rapidez. Al alcanzar la cubierta de popa, oyó voces agitadas en el aire de la noche. Una de ellas destacó en medio del clamor: “¡Acaba de pasar un iceberg por la proa!”. Al poco apareció Archie Butt con el resto de los hombres de su partida de cartas –William Carter, Harry Widener y Clarence Moore–, y justo en ese momento los motores se detuvieron. El desacostumbrado silencio enmudeció a todos. Algernon Barkworth, juez de paz de Yorkshire, vio a W.T. Stead, quien le dijo que “un iceberg se ha estampado contra la banda de estribor”. Pronto las palabras “iceberg” y “ningún motivo de preocupación” circularon de boca en boca. Los hombres asentían, se encogían de hombros y volvían a la sala de fumadores para seguir jugando a las cartas. William Carter, sin embargo, bajó a su camarote de la cubierta B para ver cómo se encontraban su esposa y los dos niños, que ya dormían. Hugh Woolner pensó en Helen Candee y decidió que debía ir a verla. Frank Millet ocupó el lugar de Carter en la mesa de Archie para continuar con la partida de whist. Los pasajeros que se encontraban en sus camarotes no notaron tanto la colisión. Muchos se habían acostado y no sintieron más que una ligera sacudida chirriante. Ella White estaba a punto de apagar la luz cuando le pareció como si el barco se abriera paso a través de mil piezas de mármol. A Lucy Duff Gordon la despertó un estruendo que sonó como si una mano de gigante jugara a los bolos debajo. Madeleine Astor creyó que había habido un accidente en la cocina. René Harris seguía jugando a las cartas con Harry y vio que los vestidos de su armario abierto se balanceaban. Sólo cuando los motores pararon, René, al igual que muchos otros pasajeros, se dio cuenta de que había sucedido algo grave. El capitán Smith lo supo de inmediato y salió a toda prisa de su camarote, situado detrás de la cabina del timonel. —¿Con qué hemos chocado? –inquirió al llegar al puente de mando. —Con un iceberg, señor –respondió Murdoch, el primer oficial. Explicó que había intentado maniobrar para esquivarlo, pero el iceberg estaba demasiado cerca. —¡Cierren las compuertas herméticas! –ordenó el capitán. —Las compuertas herméticas están cerradas, señor –respondió Murdoch.En la sala de calderas número 6, al fogonero Frederick Barrett le había salpicado un chorro de agua que entraba por el casco a menos de un metro de donde se encontraba. Cuando de repente la luz que pendía sobre la compuerta hermética de la sala empezó a parpadear, tuvo que correr junto con otro hombre para alcanzar la salida antes de que se cerrara, mientras un tercero trepaba por una escalerilla de emergencia. Después de subir un piso, Barrett bajó la mirada hacia la sala de calderas número 6 y vio que el agua ya había alcanzado ocho pies de altura. En un pequeño camarote de proa, una ruidosa vibración despertó al pasajero de tercera clase Daniel Buckley. Saltó de la litera y notó que había agua bajo sus pies descalzos. Sus tres compañeros de habitación, originarios del condado de Cork, roncaban en sus literas y protestaron cuando los despertó. Buckley se vistió y salió al pasillo, donde oyó a dos tripulantes gritar: “¡Todos a cubierta, si no queréis ahogaros!”. Mientras Buckley subía por las escaleras, los pasillos de tercera clase empezaron a llenarse de viajeros que llevaban sus pertenencias hacia la proa. En la cubierta D, Lawrence Beesley, que leía tumbado en su litera, notó que el movimiento danzarín de su colchón había cesado. Se puso un traje y unos zapatos y salió al pasillo para subir por la escalera que llevaba a la cubierta superior. Echó un vistazo al tranquilo mar negro y no le pareció que sucediera nada, así que fue a la sala de fumadores de segunda clase y preguntó a algunos jugadores de cartas si sabían qué había pasado. Le informaron que el barco había pasado junto a un iceberg que calculaban que debía de tener entre sesenta y cien pies de altura. Uno dijo: “Apostaría a que el iceberg ha arañado un poco la pintura del barco y el capitán no quiere seguir hasta que lo hayan repintado”. Otro señaló su vaso de whisky y comentó en broma: “Vamos a la cubierta para ver si ha caído algo de hielo. Me gustaría coger un poco para el whisky”. Hubo grandes risotadas y Beesley volvió a su camarote para reanudar su lectura, pero al oír voces en el pasillo se puso una chaqueta de abrigo y volvió a la cubierta superior, donde vio que el barco avanzaba con lentitud y distinguió una suave espuma blanca que rompía contra la proa. Muchos relatos del hundimiento del Titanic no mencionan que el barco reanudó la marcha después de chocar contra el iceberg, pero Lawrence Beesley no fue la única persona a bordo que lo comentó. El cabo Alfred Oliver testificaría que el capitán Smith ordenó poner los motores “a media marcha” poco después de la colisión. En aquel momento, el capitán ya había mandado a Boxhall, el cuarto oficial, a inspeccionar la parte inferior, lo que indica que probablemente pensó que el barco tendría que llegar a Nueva York o Halifax con sus propios motores y que podían navegar despacio. El buque avanzó como mínimo durante unos diez minutos y probablemente se detuvo cuando Wilde, el oficial jefe, comunicó a Smith que el pique de proa, un tanque con agua de lastre situado en la parte inferior de la proa, tenía una vía de agua. Bruce Ismay se despertó en su camarote de lujo de la cubierta B poco después de la colisión y se quedó en la cama preguntándose por qué el barco se había parado. Al principio pensó que habían perdido una pala de una hélice. Salió al vestíbulo en pijama y preguntó a un camarero: “¿Qué ha pasado?”. El camarero contestó que no lo sabía, así que Ismay se puso un abrigo y unas zapatillas y subió al puente. —Hemos topado con hielo –explicó Smith. —¿Cree que el barco ha sufrido daños irreparables? –preguntó Ismay. —Me temo que sí –respondió aquel.Ismay regresó a la escalinata, donde se encontró con Bell, el ingeniero jefe, y le preguntó si creía que los desperfectos eran muy graves. Bell respondió que eso parecía, pero que pensaba que las bombas mantendrían el barco a flote. Sin duda también Smith lo creía, ya que, de otro modo, no hubiera dado la orden de avanzar a media marcha. Al filo de la medianoche, Boxhall, el cuarto oficial, volvió al puente tras una breve inspección que lo llevó hasta la cubierta F y le dijo al capitán que no había visto nada anormal. Smith le ordenó que buscara al carpintero para que examinara la nave. Boxhall se encontraba en la escalera que llevaba a la cubierta A cuando se topó con el carpintero. “El barco hace agua”, le comunicó éste casi sin aliento. Boxhall le indicó que se lo dijera al capitán y continuó bajando la escalera hasta que se encontró con un encargado del correo que anunció: “La sala del correo se está llenando muy rápido”. Boxhall replicó: “Vaya a decírselo al capitán, yo bajaré a ver”. Cuando el cuarto oficial entró en la oficina de correos, en la cubierta G, los empleados estaban sacando apresuradamente montones de cartas de los estantes. Al mirar el almacén que había más abajo, vio sacas que flotaban en el agua. Cuando Boxhall informó de ello al puente, el capitán dio la orden de destapar los botes salvavidas, y bajó a ver los daños con sus propios ojos. El constructor del barco, Thomas Andrews, ya estaba inspeccionando las cubiertas inferiores. Fue a la oficina de correos y envió enseguida a un empleado a buscar al capitán. El empleado corrió por los pasillos y volvió con el capitán Smith y el sobrecargo McElroy. Cuando los tres hubieron visto los daños, alguien oyó cómo Andrews le decía a Smith: “Bueno, capitán, tres están rotos”. Andrews se refería sin duda a tres de las mamparas que dividían el barco en los compartimentos estancos a los que el Titanic debía su reputación de insumergible. Sin embargo, si sólo se habían inundado tres compartimentos, había una posibilidad de que las bombas funcionaran. El capitán regresó al puente y dio orden de que las mujeres y los niños subieran a cubierta con los salvavidas. Thomas Andrews, entretanto, continuaba su inspección. Sobre las 00.25 horas, William Sloper vio a Andrews subir corriendo por la escalera con semblante de profunda preocupación. El constructor del barco pasó junto a Dorothy Gibson, quien lo agarró del brazo y le preguntó qué había sucedido. Andrews se limitó a apartar a la muchacha más bonita del buque y siguió subiendo los escalones de tres en tres. Acababa de descubrir que en otros dos compartimentos estancos se habían abierto brechas. Andrews era consciente de la gravedad de la situación. La mampara situada entre los compartimentos quinto y sexto se alzaba sólo a la altura de la cubierta E. A medida que el buque se inclinara hacia la proa, el agua pasaría al siguiente compartimento, y luego al otro, hasta que el barco inevitablemente se hundiera. Mientras dibujaba los planos en Harland and Wolff, nunca había imaginado una eventualidad semejante. Andrews informó al capitán que al barco le quedaba una hora de vida, como mucho una hora y media. Smith pidió de inmediato al cuarto oficial, Boxhall, que calculara la posición del transatlántico y la comunicara a la sala Marconi para que enviaran la señal de socorro. También dio órdenes de reunir a los pasajeros y a la tripulación. Momentos después de que Andrews pasara a toda prisa por su lado, William Sloper oyó a un camarero anunciar: “El capitán dice que todos los pasajeros se abriguen bien, cojan sus salvavidas y suban a la cubierta superior”. Quedó en reunirse con Dorothy y la madre de ésta al cabo de pocos minutos y corrió a su camarote. Sacó el salvavidas del estante superior y al salir al pasillo oyó a alguien exclamar en un camarote cercano: “¿Qué ha pasado?”. Era Hugo Ross, el enfermo de los solteros canadienses a quienes Sloper apodara Los Tres Mosqueteros en el Franconia. Entró en la habitación de Ross y trató de tranquilizarlo diciendo que no creía que el barco tuviera ningún problema grave. El comandante Peuchen ya había hablado a Ross del iceberg cuando lo visitó poco después de la colisión. A las 23.40 horas, mientras se preparaba para meterse en la cama, Peuchen había sentido temblar el barco por efecto de lo que le pareció una gran ola. Tras subir a la cubierta A y observar que había hielo sobre la borda, decidió informar a Hugo Ross, quien al parecer le dijo: “Hace falta algo más que un iceberg para que yo me levante de la cama”. El comandante llamó entonces con los nudillos a la puerta de Harry Molson, pero éste no estaba en su camarote. Al poco, Peuchen vio a otro conocido canadiense, Charles Hays, que caminaba con su yerno por la cubierta C, y le preguntó si había visto el hielo. Hays respondió que no, de modo que Peuchen llevó a los dos hombres a la cubierta de paseo A para enseñárselo. Allí, notó una diferencia respecto de su última visita. “Vaya, está escorado –le dijo a Hays–. No debería, el mar está en calma y el barco se ha parado.” El presidente de los ferrocarriles no le dio importancia. “Este barco no se puede hundir –replicó–. No importa con qué hayamos chocado, aguantará entre ocho y diez horas.” Archibald Gracie también se encontraba en la cubierta de paseo aproximadamente a esa hora, pero no notó que el barco escorara. Se había despertado después de la colisión y, al oír el ruido del vapor que atravesaba los conductos de aire, decidió investigar qué pasaba. Subió a la cubierta superior, que encontró desierta, y bajó después a la cubierta A, donde se asomó por la barandilla, sin ver nada anormal. Al regresar a la escalera, vio que Bruce Ismay subía corriendo en compañía de un tripulante. Ismay llevaba entonces un traje de calle y a Gracie le pareció preocupado, pero no alarmado. Gracie se topó luego con su amigo James Clinch Smith y varios pasajeros más en el rellano de la escalera de la cubierta B. Smith abrió la mano para mostrarle un trozo de hielo, plano y ligeramente redondeado, como un reloj de bolsillo, y le dijo con sorna que se lo llevara a casa de recuerdo. También le dijo que había oído hablar de la colisión y le explicó que alguien que había salido a toda prisa de la sala de fumadores para ver el iceberg afirmó que éste se elevaba por encima de la cubierta A. por Hugh Brewster Fuente: 

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 Diario Perfil 15/4/2012

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