Testigos del horror cuentan la perversidad de la represión

Sobrevivientes de la dictadura hacen relatos inéditos en los juicios contra represores. Aquí, las historias de un captor que regalaba pan dulce, un vuelo terrorífico y un general que salvó a un actor.

Viven para contarlo. Sus recuerdos pasaron años arremolinados, escondidos, negados. Pero un día rompieron el cerco del miedo y buscaron la luz. Decenas de testigos declaran hoy en los juicios abiertos en todo el país por violaciones a los derechos humanos durante una dictadura que, entre 1976 y 1983, apuntó a la cabeza de los ciudadanos. Y lo hacen de una manera impensada: en la cara de los torturadores, para reafirmar el horror ya puesto al desnudo en el juicio a las juntas, pero además para aportar escenas nunca contadas, como si hubieran mantenido la memoria en suspenso y, ahora, la liberaran.

Clarín fue a presenciar distintas audiencias que se realizan en el subsuelo de los tribunales de Retiro, entre el público, sin acreditación de prensa, sólo para escuchar y contar lo que allí se vivía.

Y lo que allí sucede, como dijo Jorge Luis Borges cuando asistió a una jornada con Videla y Massera en el banquillo de los acusados, debería ser presenciado por todos los ciudadanos “al menos una vez”, para construir un relato propio de aquel tiempo de sangre y dolor.

Hay historias nuevas, o no tanto, pero contadas con información desconocida hasta hoy. Una reescritura permanente de la Historia es lo que ofrecen estos testigos, luego del trauma que provocó en la sociedad la desaparición, bajo la administración Kirchner, de Julio López, un sobreviviente que se había animado a denunciar al represor Miguel Etchecolatz.

Tras demoras, especulaciones políticas y dilaciones, los juicios avanzan. Hay 656 sujetos procesados, 1.464 acusados y 114 condenados, según los últimos informes de la Procuración General de la Nación y el Centro de Estudios Legales y Sociales, que difunde las novedades de los juicios en su página web. Los procesos pueden durar hasta 2012 o 2030, de acuerdo a quién lo pronostique.

Pero los testigos no quieren olvidar. Hay actores, periodistas, obreros, hay notables y hay ignotos. Vale la pena escucharlos.

por Pablo Calvo

Andrés Castillo: “Se hacían los simpáticos, te daban pizza y después, paliza”

Conserva un tablero de ajedrez de cuando estuvo detenido, entre el 19 de marzo de 1977 y marzo de 1979. Andrés Castillo comenzó a militar en Montoneros en 1972, harto, decía, de las proscripciones al peronismo.

Cuando lo metieron de prepo en una ambulancia en la calle Vernet, le preguntaron:

-¿En qué lugar no te gustaría estar?

-En la ESMA- respondió. Y allí se lo llevaron.

En la Escuela de Mecánica de la Armada lo golpearon, lo interrogaron y le pusieron una sombra: Juan Carlos Rolón, un marino que “se hacía el simpático”, lo llevaba a la cancha, le daba revistas, lo dejaba usar el teléfono y hasta le regaló un pan dulce casero una Navidad. “Era un juego perverso, buscaban quebrarte, que delataras a tus compañeros. El

Tigre Acosta me decía: ‘Yo hablo con Jesusito y, si él me dice, te damos Pentonaval y te vas para arriba’. Después venía otro y te convidaba pizza. Y al rato te fajaban, te daban una paliza. Era para meterte en la cabeza que ellos eran los amos de tu vida”, contó en el tribunal, con Rolón mirándolo a cuatro metros.

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Castillo, dirigente de la Asociación Bancaria, relató que Alfredo Astiz “vino un día a mostrarme una medalla que le dio Emilio Massera por participar de la represión. Estaba orgulloso, me dijo: ‘de la época del Almirante Brown que no daba una condecoración así’”. El sindicalista aseguró a Clarín haber visto también objetos personales de Rodolfo Walsh, entre ellos, una carta astral.

Adolfo Pérez Esquivel: “Me llevaron a un vuelo de la muerte, pero no me tiraron”

Hace 30 años, para estupor de los militares, Adolfo Pérez Esquivel ganó el Premio Nobel de la Paz. Había estado “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, entre abril de 1977 y junio de 1978. Y salió con vida de ese holocausto.

“Me detuvieron cuando iba a renovar el pasaporte, en el Departamento Central de Policía. De ahí me llevaron al ‘tubo’, un calabozo pequeño de la superintendencia de Seguridad Federal. Había una pared con una cruz esvástica pintada con los rodillos que se usan para tomar huellas digitales”, declaró en junio pasado en el juzgado penal 9 de La Plata.

El presidente del Servicio de Paz y Justicia contó que sus captores “me llevaron al aeródromo de San Justo, me esposaron y me ataron al asiento de un avión, que carreteó y voló hacia el Río de la Plata. Yo ya sabía que arrojaban prisioneros, por eso les pregunté: ¿qué va a pasar conmigo? Nadie me respondió. Hubo una contraorden y no me tiraron: fui llevado a la Base Aérea de El Palomar. Horas después me dicen que me iban a llevar a la unidad 9 de La Plata” y por eso estaba ahí, contando lo sucedido.

Consultado por Clarín sobre lo que sintió al declarar, Pérez Esquivel reconoció que “siempre es complicado revivir lo que pasó y más teniendo a esos tipos enfrente. Lo que me llamó la atención en el juicio fue verles las caras a esos señores de la vida y la muerte tan viejos e inexpresivos. Parecía un geriátrico de represores”.

Luis Brandoni: “Le debo la vida a un general”

El humorista español Miguel Gila mantuvo la calma. Le parecía increíble terminar la noche secuestrado en Buenos Aires, en ese invierno de 1976. Justo él, que había escapado de un pelotón de fusilamiento en Valsequilla, España, porque los franquistas que le dispararon estaban borrachos. Ahora, bajo otra dictadura, había caído en la emboscada tendida a sus amigos argentinos Marta Bianchi y Luis Brandoni.

El actor de “La tregua” y “La Patagonia rebelde” había pasado diez meses exiliado en México, entre setiembre de 1974 y julio de 1975, empujado por la Asociación Anticomunista Argentina, la organización que seguía los designios de José López Rega.

Pero Brandoni, dirigente de la Asociación Argentina de Actores, había decidido volver. Y los matones lo tomaron como un desafío: “Vos te cagaste en nosotros. Ahora nosotros nos vamos a cagar en vos”, le enrostraron ese día feriado, 9 de julio de 1976.

Gila fue subido a uno de los autos, pero fue dejado a unas cuadras. Bianchi, Brandoni y una amiga de ambos, con los ojos vendados, fueron llevados al centro clandestino de detención conocido como “Automotores Orletti”, en Floresta.

Empezaron a correr horas decisivas. Aníbal Gordon y los miembros de su patota celebraron la captura. Bianchi pudo ver fotos de Hitler, Juan Manuel de Rosas y del comisario Alberto Villar, uno de los fundadores de la Triple A. Ella se sintió mal, ellos lo notaron: “No te marees, porque esto recién empieza”.

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Gordón la encaró: “¿Por qué no bajás la vista? Vos sos la más zurda de todas”. Pero ella le sostuvo la mirada, quería defender su dignidad. “De la cintura para abajo me temblaba el cuerpo. Es una sensación muy difícil de describir”, le contó al tribunal que juzga los crímenes en Orletti. Uno de los captores la agarraba de la mano. Otro le gritaba para asustarla. El juego del bueno y del malo.

-¿Qué pasa?, ¿tenés miedo?- la sobró Gordon.

-Sí, mucho, el mismo que tendrías vos si estuvieras en mi lugar.

Habían pasado dos horas, pero el tiempo del reloj no era el de su terror.

Gila entró en acción. Buscó un teléfono y llamó al actor Emilio Alfaro, que marcó el número reservado sólo para momentos difíciles. Era el de un general del Ejército, pero Arturo Corbetta no era un general común: pedía actuar con la ley en la mano, no con la picana. Acababa de perder su puesto como jefe de la Policía Federal, pero le quedaban influencias. Habían pasado 4 horas de la redada.

De repente, el walkie talkie de Aníbal Gordon empezó a sonar. Hubo mensajes cruzados, primero con tono subido, pero enseguida con sumisión.
-Se van. Y vos Brandoni, festejá el 9 de julio como el verdadero día de tu cumpleaños, porque hoy volviste a nacer. Igual, no te hagas el vivo y ni se te ocurra describirnos a la Policía, porque vas a aparecer en una zanja.

El actor, su mujer de entonces y la amiga de la pareja se reencontraron. Los volvieron a vendar y los llevaron cerca de sus casas.
-Bájense-dijo uno-, y basta de amigos judíos y obras bolches.

Los testimonios de Bianchi y Brandoni fueron escuchados en el subsuelo de los tribunales de Comodoro Py. A los ciudadanos que fueron a presenciar la audiencia se les preguntó: “¿De qué lado quiere estar, con la defensa de los acusados o la querella?”.

Brandoni miraba todo el tiempo a un hombre calvo que estaba sentado en las primeras filas. Le pareció cara conocida, pero recién al terminar la declaración le dijeron quién era. Era Raúl Guglielminetti, ex agente de inteligencia y del plantel de “Orletti”.

Hoy, tomando un café con Clarín, Brandoni evoca su condición de desaparecido por cinco horas. “Fue un episodio doloroso de mi vida, pero no he hecho nunca un martirologio de esa situación. Fue la Triple A, que seguía activa y nos salvamos gracias a Gila, Alfaro y Corbetta. A este hombre yo lo había visto dos veces en mi vida, en reuniones sociales. Me dijeron que se murió de tristeza y yo me quedé con un sabor amargo, con una lágrima en el corazón, porque nunca le pude agradecer que me salvó la vida”.

 

UN MILITAR LEGALISTA, SOLO ENTRE HALCONES

El general Corbetta junto a Albano Harguindeguy, ministro del Interior

Pichuco transitaba la noche cuando cayó la policía.

-¡Documentos!, ¡Todos!.

-Yo no tengo documentos.

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-¿Cómo se llama? -Aníbal Troilo.

-¿Y a qué se dedica? -…a vender forros.

-Usted es un atrevido, va a tener que acompañarme a la comisaría.

Cuenta la leyenda que cuando Arturo Amador Corbetta se enteró del exceso policial, hizo un llamado y, en cinco minutos, logró liberar al rey del bandoneón.

Al general no le gustaban los desbordes. Como buen jinete, sabía mantener la espalda derecha, pese a los sobresaltos del camino. Soltero, de vida austera, nacido en Junín en 1928 y recibido de abogado en la Universidad de Buenos Aires, Corbetta construyó un perfil distinto al del resto de sus camaradas.

Llegaron los ‘70 y la diferenciación fue revelada: dijo por cadena nacional que la represión de la subversión debía ser “centralizada, oficial, pública y controlada”, con la ley en la mano. Acababan de matar al jefe de Policía, Cesáreo Cardozo y un atentado a dependencias de la Federal había dejado un saldo de 22 muertos y más de 60 heridos. Los mandos reclamaban venganza, Corbetta no cedió. Sus palabras, que dejaron boquiabiertos a los halcones del régimen, fueron: “Somos guardianes de la legalidad, en la que creemos y proclamamos como manifestación de una cultura y de una moral social y como único instrumento válido de la convivencia”.

“Ese es el ámbito de la guerra revolucionaria, esa tercera guerra mundial, como se ha llamado, en la cual el teatro de operaciones República Argentina -uno más entre muchos otros donde se da esa contienda- juega para la subversión internacional un rol principalísimo. La guerra exige una concentración de poder y de violencia muy altos, una legítima y alta concentración de violencia centralizada”.

Fue por esa posición -inclinada a juzgar legalmente a los sospechosos de subversión-, que su paso por la jefatura de la Policía Federal duró apenas 11 días, entre el 24 de junio y el 5 de julio de 1976. Horas antes, le tiraron un muerto en el Obelisco, fusilado. La dictadura afilaba la matanza.

Tras su desplazamiento, dispuesto por el ministro del Interior, Albano Harguindeguy, Corbetta recibió un pedido de ayuda desesperado: Luis Brandoni y Martha Bianchi habían caído en el infierno de Orletti. Hacía cuatro días que había dejado el cargo, pero, como aquella vez con Pichuco, pensó que algo podía hacer.

Reportes secretos que llegaron al Departamento de Estado y artículos del Buenos Aires Herald consignaron que Corbetta era un hombre distinto y valioso. Los militares no querían desprenderse de él y, tras el Mundial ‘78, lo mandaron a la Editorial Universitaria de la Universidad de Buenos Aires (EUDEBA) para preparar un plan que les ayudara a dar pelea en el terreno ideológico. ¿Trabajó para la represión cultural? En esa época, más de 90 mil libros terminaron en la hoguera de la censura.

Entre abril y junio de 1981, fue interventor de la DGI. Murió el 14 de agosto de 1983, sin respirar el aire de la democracia. Su única gloria había sido el olvido, hasta que Brandoni, delante de acusados por la represión, rescató su nombre.
 

 

Fuente: 

Diario Clarín 8/8/2010

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