Su foto más famosa cumple 50 años

Es del fotógrafo cubano Alberto Díaz, conocido como Korda. La foto «no fue concebida, fue intuida», expresó su autor.

La secuencia de la foto que entonces tomó Korda

Hace 50 años, un día como ayer, Ernesto «Che» Guevara, decretado «cubano de nacimiento» por su compañero de armas Fidel Castro, asistía con otros líderes de la revolución recién nacida al funeral de casi cien víctimas del atentado que sufrió la víspera en el puerto de La Habana el vapor francés «La Coubre», cargado de armas.

La prensa cubana recordó ayer que era un día gris e invernal (en el Caribe significa que la temperatura no pasó de 20 grados) y que Korda no dimensionó al principio la importancia de la imagen captada con su cámara Leika, la cual, años después, recorrería el planeta en portadas de libros, carteles políticos, fachadas de edificios y camisetas de moda.

El fotógrafo Alberto Korda junto a su obra – Foto Word Press

El ahora ex presidente Fidel Castro lanzó aquel día por primera vez su no menos famoso «Patria o Muerte», encaramado en una tarima en la que dirigió un encendido discurso a miles de asistentes al funeral-manifestación, con el «Che» en segundo plano.

Cerca del argentino estaban los intelectuales franceses Jean Paul Sartre y Simone de Beauboir, a quienes perseguía Korda, fotógrafo del periódico Revolución, con el rollo de película a punto de acabarse y un lente de 90 milímetros.

Sello postal emitido en el 30° aniversario de la muerte Ernesto Che Guevara – Archivo Días de Historia

Según narró después Korda, Guevara tenía una mirada tan intensa que lo turbó por unos instantes, pero no tanto como para evitar que tomara enseguida dos instantáneas, vertical una, horizontal la otra, antes de que el «Che» desapareciera de nuevo tras los personajes de la primera fila.

La foto «no fue concebida, fue intuida», aseguró también Korda, citado ayer por la prensa habanera, y explicó que luego redondeó en el laboratorio el trabajo para resaltar la mirada, recortando del lado izquierdo de la toma horizontal el perfil de otra persona y del derecho la inevitable palmera tropical.

Resultó así el afamado retrato al que tiempo después Korda bautizó «Guerrillero heróico», que fue reproducido en mil variantes en honor del «Che», que combatió en varios países de América Latina y África antes de morir en un paraje casi deshabitado de los Andes de Bolivia, apenas siete años después.

La foto no fue apreciada inicialmente y ni siquiera acompañó al reportaje que publicó Revolución al día siguiente sobre el sabotaje de «La Coubre» y el funeral multitudinario.

Korda la amplió y colgó en su estudio, junto con un retrato del poeta chileno Pablo Neruda e imágenes familiares.

En su periódico la publicaron por primera vez cinco meses después, para ilustrar una noticia sobre la presencia de Guevara en un acto gubernamental, pero también pasó inadvertida.

Solo empezó a conocerse y difundirse exponencialmente después de la muerte del «Che» en las montañas bolivianas, cuando el propio Fidel Castro buscó una imagen suya para un cartel de un metro por 70 centímetros que se presentó en 1967 en Italia.

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Korda no cobró ni un céntimo por su más difundido retrato, aunque el empresario italiano que reprodujo aquel primer cartel vendió en pocos meses un millón de ejemplares, sin citar al fotógrafo pero sí el «copyright» de su editorial.

El colmo de la comercialización de la foto del «Che» llevó a su autor a demandar en 2000 a la productora de vodka Smirnoff, que la utilizó para una campaña publicitaria.

Korda, que tenía entonces 72 años y murió un año después, ganó el pleito a Smirnoff y 60.000 dólares.

 

Fuente: 

Infobae.com 6/3/2010

Informacion Adicional: 

Por Ignacio Paco Taibo II
Con ciertas fotos tengo una relación de amor muy particular. Me gusta narrarlas, contarlas. Hay media docena que describo en muchas ocasiones a lo largo de los años y, cada tanto, alguien descubre la foto que le conté y me mira con una mezcla de reproche y desconfianza.

Decir que hay fotos que valen más que mil palabras es una frase fácil, pero yo creo, más bien, que hay fotos que merecen mil buenas palabras. Algunas sobre todo, a fuerza de contarlas, quedaron en mi memoria en versiones distintas. Son fotografías que adoro, sin las cuales no podría amar el siglo XX como lo amo, sin las cuales la fe en los seres humanos que me sostiene día tras día se disolvería en los ácidos sulfúricos de la vida cotidiana.

Son una foto de Cartier Bresson en París, un par de fotos de Robert Capa en Barcelona, una foto de mi amigo Javier Bauluz en Ruanda 50 años más tarde y una foto en La Habana de 1959. Esta última muestra a un guajiro, campesino cubano, con un sombrero de paja deshilachado, con una bandera cubana como escarapela, trepado a un farol enorme, enorme, gigantesco. Debajo de él se agolpa una multitud, pero, aunque de lejos, el fotógrafo lo mira de frente. Creo recordar que el hombre tiene bigotes, la camisa abierta, que deja entrever la camiseta y está fumando. En la memoria, es un viejo. Y nadie podrá nunca explicarme racionalmente cómo se subió y se sentó en la punta de ese poste.

La foto tiene que ver con la revolución en plena efervescencia y el hombre que, tranquilamente, fumando en la punta del farol, la hace suya. Adentro y afuera.

Cuando la Alianza Francesa organizó en México una exposición fotográfica del cubano Alberto Díaz, Korda, desaparecido el viernes, me pidieron que lo presentara en público. Acepté, pensando que aquella foto que recordaba del hombre en el farol era suya. Aquella foto: la foto.

La historia mil veces contada

Quería además contribuir a disipar un malentendido. Porque Korda estaba mucho más allá de la foto del Che reproducida millones de veces en todo el mundo. Autor de la fotografía que probablemente haya sido reproducida más veces en la historia de la humanidad, Alberto Díaz, Korda (seudónimo adoptado en la juventud en honor a los cineastas húngaros), está ligado a ella de manera indisoluble para bien y para mal. Esta otra historia fue contada muchas veces y el propio Korda la repitió en numerosas entrevistas: 1960, 4 de marzo, mientras Ernesto Guevara se dirige hacia el Banco Nacional de Cuba, que justamente presidía, se produce la explosión del «La Coubre», un barco francés con una carga de 70 toneladas de armas belgas. Al oír la terrible detonación, el Che se desvía hacia el muelle del Arsenal. Es un desastre terrible, hay 75 muertos y alrededor de 200 heridos. Colabora en los trabajos de rescate. La duda los invade a todos: ¿accidente o sabotaje? El fotógrafo Gilberto Ante, de Verde Olivo, lo ve mientras salva a los heridos, pero el Che, furioso, le prohíbe tomar fotografías. Le parece impúdico ser objeto de curiosidad en un accidente.

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Al día siguiente, se realiza el funeral de las víctimas. A una cuadra del cementerio de Colón, en la calle 23, se levanta una tribuna cubierta con una bandera cubana con el listón de luto. Los ánimos están exaltados. Desde esa tribuna, Fidel pronunciará por primera vez la consigna «Patria o Muerte». El fotógrafo Alberto Korda, del diario Revolución, recorre con la lente de 90 milímetros de su Leica los personajes de la tribuna y al hacerlo una segunda vez se encuentra con el Che que avanza por uno de los costados. El gesto del argentino lo sorprende y dispara dos veces. «Encontrármelo en el encuadre de la máquina fotográfica, con esa expresión, casi me da un sobresalto. Intuitivamente, oprimo el obturador». Alberto Granado le diría a Korda, al poco tiempo, que aquel día el Che tenía una cara que si veía a un yankee se lo comía vivo; pero no es eso lo que se ve en la foto.

En el negativo aparece un hombre no identificado, sobre el lado derecho de la foto, y las hojas de una palmera a la izquierda; hábilmente, Korda suprime los elementos que distraen y se concentra en el rostro, una imagen muy particular, la cara tensa, la ceja izquierda ligeramente levantada, la boina con la estrella, la campera de cuero cerrada hasta el cuello, el viento que le agita el cabello. Korda sabe lo que es una buena foto. Curiosamente, el redactor fotográfico de Revolución no eligió esa foto sino otras y la fotografía del Che no saldrá publicada en los diarios. Años más tarde, el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli vio la foto colgada en una pared de la casa de Korda y le pidió una copia. Korda se la regaló. A la muerte del Che, Feltrinelli decide hacer un póster. Decenas de miles de copias y luego millones de ejemplares se difunden por todo el mundo. Es la imagen más conocida del Che, la simbólica, que inundará paredes, tapas de libros, revistas, carteles, remeras. La que enfrentará la foto distribuida por los militares bolivianos del Che muerto sobre la mesa del hospital de Malta en un duelo simbólico y no por ello menos potente.

Pero Alberto Díaz es mucho más que esa foto. A los treinta años, es un gran fotógrafo de moda que emprendió esa carrera porque quería retratar a su novia Yolanda con una máquina Kodak casi de anticuario. Es brillante, expresivo, potente como Avedon y de golpe se encuentra frente a una revolución y se transforma en reportero fotográfico. Paradójicamente, es en la velocidad de la fotografía periodística, en las condiciones profesionalmente difíciles de una revolución, bajo la presión de una información inmediata, donde madura la generación de brillantes fotógrafos, y extrañamente lo hace en torno del diario Revolución, órgano del 26 de Julio, dirigido en ese entonces por Carlos Franqui. Están muy lejos de los modelos rígidos de prensa de la burocracia socialista, muy lejos del funcionalismo de las agencias estadounidenses, muy cerca, desde un punto de vista político y estético, del experimento de la Magnum en los veinte años anteriores.

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Desacralizar la revolución

Extrañamente, algunos años después, harían la imagen y la historia de la fase más duramente romántica de la revolución cubana. Y cuando un periodista le preguntó si eran conscientes de que en cierto modo estaban creando la iconografía, los símbolos mundiales del reconocimiento emotivo de la revolución, Korda y sus colegas respondieron que no, que no es así, que nada es cierto, que estaban simplemente contando una historia. Inevitablemente la revolución se muestra también como fiesta y Korda registra al «Cristo rumbero», Camilo Cienfuegos, entrando con sus caballeros armados en La Habana, en medio del júbilo y la algarabía. El realismo rumbero y festivo contrapuesto a las simulaciones del hiperrealismo y al escenario fraudulento y facilista del realismo socialista, con retoques incluidos. Las fotos de Korda que contienen ese espíritu son muchas: la revolución en el baseball y el Che sin camiseta. Debemos en gran parte a esa generación de fotógrafos la desacralización de la idea de la revolución. A ellos y al Che.

Vuelvo a mi foto preferida, al hombre sobre el farol enorme. Es cierto, es de Korda, la tituló «El Don Quijote del Farol», ese guajiro en medio de la multitud, muchos metros más arriba, sentado en lo alto. Es más joven de lo que yo decía. El sombrero de paja no está deshilachado. ¿Cómo llegó arriba? ¿Cómo lo descubrió Korda? ¿De dónde lo sacó? En América latina, la revolución tiene un componente kafkiano, el realismo kafkiano vive en nosotros. Sin él, moriríamos de aburrimiento y de seriedad. Y en la foto eso se concentra. Explica todo: la revolución como el espacio doble del nosotros y el yo. ¿Adónde voy? ¿Qué tengo que ver yo con todo esto? Es mía y me juego.

Cuando Korda, barbudo, muy cubano, escuchó en una sala de la Alianza Francesa mi versión de los hechos, me tomó de la mano y me arrastró para ver juntos la muestra. Frente a la foto del Don Quijote del Farol se nos llenaron los ojos de lágrimas, nos abrazamos.

«Carajo, qué bien la cuentan los escritores».

La cuentan mejor los fotógrafos.

Copyright la Repubblica y Clarín, 2001. Traducción de Cristina Sardoy

Los interesados en material gráfico del Che Guevara:
Che, el Album – Perfil Libros – Buenos Aires, 1997

 

 

 

 

 

 

 

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