Soldado que huye sirve para jugar en Racing

Tres argentinos nacionalizados italianos para jugar en la Roma, fueron citados por el Ejército en 1935 y se escaparon. La historia.

Qué clase de italianos de mediados de la década de 1930 se atreverían a desobedecer las órdenes del régimen fascista? ¿Los revolucionarios? ¿Los idealistas? No, tres futbolistas italo-argentinos, que con tal de no ir a la guerra en el Cuerno de África prácticamente dilapidaron sus carreras profesionales. En la primavera de 1935, Europa era un caldo de cultivo bélico y, poco a poco, las naciones que habían firmado el tratado de Versalles en 1919 iban rearmando sus ejércitos. Faltaba un año para la Guerra Civil Española y, cuatro para la invasión nazi a Polonia que detonó la Segunda Guerra Mundial. Italia fue uno de los primeros países en entrar en acción, al desplegar 100 mil soldados para reconquistar Etiopía. Entre citación y citación para alcanzar a ese número, los futbolistas Enrique Guaita, Alejandro Scopelli y Andrés Stagnaro recibieron la suya. Fue durante la pretemporada de la Roma, que anhelaba quedarse con su primer scudetto gracias al aporte de estos tres argentinos nacionalizados; especialmente el de Guaita, goleador de la Serie A en la temporada anterior y gran ídolo local. Cuando todavía jugaban en Argentina, Stagnaro se destacaba como centro half en Racing, mientras que los otros dos hacían historia en La Plata. A Guaita le decían Indio y volaba desde la punta izquierda en la mítica delantera de Estudiantes conocida como Los Profesores. En ese mismo equipo, un poco más retrasado jugaba el Conejo Scopelli, insider derecho con excelente técnica y mucho gol. Con Estudiantes no dieron la vuelta olímpica, pero estuvieron cerca y dejaron una marca por su impresionante poder ofensivo. “No fuimos campeones por los arbitrajes”, sentenció años más tarde Scopelli, quien sufrió desde el banco de suplentes la derrota de la Selección argentina en la final del Mundial de 1930. Cuatro años después, su compañero Guaita, ya como italiano, jugador de la Roma y con nuevo apodo –El Corsario Negro– fue clave para que la azurra levantase la Copa Jules Rimet bajo la mirada de Benito Mussolini en el palco del Estadio Nacional. Ante la citación militar, y preocupados por la inminente invasión italiana en África, los tres les preguntaron a los dirigentes del club si en verdad iban a tener que abandonar la capital italiana para unirse al ejército. “Tranquilos, Italia se las arreglará sin ustedes”, fue la respuesta que escucharon, pero que muy tranquilos no los dejó: enseguida pidieron asilo en el Consulado argentino y nunca más volvieron al club. En su primera noche como refugiados, dejaron el Consulado para fugarse hacia Francia en tren. “Con inmensa sorpresa nuestra se nos citó a examen médico a fin de comprobar nuestra aptitud para el ejército. Tuvimos una conferencia entre nosotros y decidimos partir inmediatamente. Nos faltó tiempo hasta de informar a nuestras esposas”, le contaron tiempo después al diario La Nación. Unos días más tarde de su huida, las esposas de Guaita y Scopelli fueron arrestadas en Ventimiglia, ciudad fronteriza con Francia, por querer abandonar Italia con una fuerte suma de dinero escondida en una pequeña valija. Las mujeres fueron liberadas y pudieron cruzar la frontera con sólo dos mil liras, a pesar de que en dos años y medio en la Roma, se calcula que cada uno de los jugadores había ganado 250 mil. “No son traidores pero sí mercachifles que aceptan contratos mejores y que cuando no les conviene uno de los términos del mismo huyen”, se leía en las páginas del diario Roma Fascista, que les echaba la culpa a los dirigentes por contratar jugadores extranjeros como si fueran italianos. La defensa de los argentinos no tardó en llegar: “Nos trasladamos a Italia para jugar al fútbol. Permitimos que se nos naturalizara como italianos en creencia de que era una simple formalidad que nos habilitaba para representar a Italia en partidos internacionales contra otros países. Entendimos que nuestra ciudadanía argentina no sería afectada.” Sin acceso a la fortuna cosechada en los años anteriores, los futbolistas intentaron incorporarse al Cannes o al Paris, pero desde Italia no les iban a dejar pasar tan fácilmente la deserción: la Federación Italiana de Fútbol, que les quitó el carnet de futbolistas “por indignidad”, logró que la FIFA les prohibiese firmar contrato en cualquier de las ligas asociadas hasta finalizar su relación formal con la Roma, por lo que debieron volverse a Argentina sin la posibilidad de jugar. Al llegar a Buenos Aires, se mostraron molestos. No por estar en contra de la guerra (nunca se pronunciaron al respecto). Ni siquiera por el mal trago que vivieron sus mujeres ni por el descreimiento de la palabra de quienes los habían contratado. Su enojo se radicaba en una supuesta manipulación de los dirigentes de la Lazio, eterno rival de la Roma y club aún hoy ligado al fascismo italiano. “Fueron cuestiones de política interior. Los dirigentes del Lazio comprendían que nuestra permanencia en el Roma les hacía difícil la conquista del título de campeón y realizaron gestiones para conseguir nuestro enrolamiento en el ejército italiano”, denunciaron incluso antes de bajarse del trasatlántico. La denuncia pública quedó en eso y con el correr de los meses la FIFA flexibilizó su medida: en febrero de 1936 a los tres se los habilitó a jugar en Racing. Fueron presentados como estrellas, pero por el tiempo de inactividad y con la mala experiencia todavía fresca, les costó destacarse y jugaron poco en Avellaneda. Sus carreras continuaron y hasta Scopelli y Guaita conquistaron con la Selección argentina el Sudamericano de 1937, pero ya nada sería igual después de esas tres citaciones de Il Duce. De este lado del Atlántico, Stagnaro quedará en esa tapa de El Gráfico de 1930 que lo muestra radiante a los 22 años, mientras que sus dos compañeros de travesía serán recordados por haber brillado en Los Profesores. En Italia, se convirtieron en mala palabra, sobre todo para los hinchas de la Roma, que durante años se preguntaron qué hubiera pasado con ese equipo subcampeón sin el abandono de sus principales figuras. por Ignacio Sbaraglia Fuente: 

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Diario Tiempo Argentino 27/12/2013

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