Secretos de ultratumba

El lago se desbordó de pronto y las aguas implacables avanzaron como una maldición bíblica; rodearon el cementerio y comenzaron a inundarlo.

Cementerio de Carhue, cuando fue invadido por las aguas. 

En su desesperación, los pobladores quisieron rescatar a sus muertos antes de que fuera demasiado tarde: garajes y galpones se llenaron de ataúdes y de urnas; las casas alojaron los primeros cadáveres añejos. Pero la crecida no aflojaba, y entonces se creó un mercado negro: mercenarios que navegaban, con un plano y por dinero, hasta el camposanto y buscaban y sacaban los restos deseados. La presión del agua no se detuvo y los muros de las bóvedas y los nichos cedieron. Como si fueran botes o torpedos, los cajones salieron a la superficie y flotaron a la deriva, y la comuna compró una lancha y le ordenó a un empleado municipal que se dedicara a pescar del furioso oleaje esos ataúdes errantes. Después fue necesario recurrir a buzos profesionales que se sumergieran en la fría oscuridad de esa necrópolis subacuática. Los hombres rana rompían cementos y extraían cadáveres y maderas, y las subían a una barcaza. En la costa, una multitud de vecinos se agolpaba con la esperanza de recobrar a sus muertos perdidos.

Estas escenas, que no hubiera desdeñado García Márquez, no son producto de la imaginación, sino de la realidad; ocurrieron en Carhué hace 24 años y forman parte de un misterioso libro escrito por Claudio Negrete, cuyo apellido ya presagiaba el interés que le despertarían estos temas. El periodista ya había investigado el enigma de las manos de Perón, y alumbró ahora un acertado neologismo (“necromanía”) para esa increíble obsesión argentina por manipular a los muertos. Su ensayo narrativo, como algunas novelas del realismo mágico, está lleno de acontecimientos bizarros, surrealistas e impactantes. Primero rastrea y anota, como hace en el dramático caso de Carhué, los grandes momentos de la muerte, buscando explicarla y, de paso, encontrar en ella algunas señales de nuestra identidad. Y luego, de un modo más decidido, aporta pruebas a lo largo de la historia nacional acerca del inquietante fenómeno que Tomás Eloy Martínez ya había descrito con algo de estupor: “Nunca nada en la Argentina es residencia definitiva de los muertos. No conozco casos similares en otros lugares del mundo. La necrofilia es una enfermedad típicamente argentina”.

Negrete no puede dejar, en ese sentido, de advertir que ese fenómeno es, en verdad, universal: decenas de personas acudieron a la autopsia de Albert Einstein y “cada uno agarró lo que pudo”; su patólogo abrió el cráneo, extrajo el cerebro y se lo llevó a su casa. Más tarde ese cerebro portentoso fue seccionado en 240 porciones que se repartieron entre científicos de todo el mundo. Y recordemos, sólo como ejemplos, que en su momento se robaron también los cuerpos de Chaplin y Mussolini, y las cenizas de María Callas. Estas excepciones, y muchas otras salpicadas a lo largo del siglo XX, no hacen más que confirmar sin embargo la regla: el ensayista efectivamente no ha encontrado una sucesión tan intensa y constante de esta clase de luctuosos episodios en otro país que no fuera el nuestro. “En naciones más ordenadas, donde las instituciones como la justicia y la policía son mejores, y se aplica responsablemente la ley, estas profanaciones, mutilaciones e irregularidades son menos frecuentes y no escapan a la condena social -me dice Claudio Negrete-. En la Argentina se han naturalizado estos comportamientos. Acordate solamente de la marcha de 60 kilómetros del cadáver mutilado de Perón, en medio de tiros y escándalos, desde la Chacarita hasta San Vicente. Perón no sólo carecía de manos. Para hacerle un análisis genético por la causa de su presunta hija ilegítima, que luego no resultó tal, le habían quitado también parte del fémur y le habían cortado el brazo derecho con una sierra. Lo terminaron de destrozar. Nadie lo recuerda y a nadie le importa. Estamos acostumbrados a lo siniestro.”

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Recorro las páginas de su trabajo y encuentro momentos asombrosos. Los 1300 restos de indios que había coleccionado en su casa el Perito Moreno, la artista plástica que hizo un cuadro con las cenizas de su abuela, la cabeza de Chacho Peñaloza y también la de Carlos Menem Jr., el raro llanto de un bebe que salía de la bóveda de Mariquita Sánchez de Thompson, la amante de Yrigoyen que fue enterrada viva, el corazón de Sandro latiendo fuera de su cuerpo. Los innumerables fanáticos que piden ser espolvoreados en canchas de fútbol, el día en que una caravana de alta velocidad arrojaba cenizas a lo largo de la pista del autódromo de Balcarce. Los salvajismos morbosos de la Triple A y de la última dictadura, que consagró la categoría del desaparecido como lo más perverso. Y muy especialmente la empecinada remoción de tumbas de los próceres.

La lenta descripción de las idas y venidas que tuvo el retorno a la patria de Juan Manuel de Rosas contiene historias políticas y algunos pequeños detalles escalofriantes. El féretro descansaba en un nicho, dentro de una pesada caja de plomo de 400 kilos que, al ser desenterrada, chorreaba líquido. La pusieron en otro cajón más grande, la envolvieron en secreto con una bandera connotada por la guerra de Malvinas y la pusieron muy cerca un poncho federal con el rojo punzó. Cuando arribaron a territorio francés y procedieron a abrir el ataúd, de aquel temible caudillo sólo quedaba un fango negro y revuelto con un cráneo y algunos huesos, un crucifijo de madera que se partió en contacto con el oxígeno y la luz, y la mitad de una dentadura de oro. Esos exiguos objetos fueron, en realidad, los que se recibieron con pompa y honores en Buenos Aires, aunque en el imaginario popular quien regresaba a Buenos Aires era aquel rojizo y fornido restaurador de siempre.

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El caso del verdadero Padre de la Patria fue distinto. Y el autor de Necromanía se esmera en contar como nunca los secretos de su repatriación, otro entretejido político de involuntario humor negro. José de San Martín fue traído, como si alguien quisiera secuestrarlo o pudiera extraviarse, en un buque escoltado por un acorazado y tres cañoneras. Metieron el cadáver dentro de cuatro féretros superpuestos, a la manera de una mamushka rusa, “para proteger al que tenía en su interior el cuerpo”. Luego de un recorrido simbólico por la ciudad, llegó a la Catedral, pero cuando intentaron introducirlo en el mausoleo resulta que no entraba y tuvieron que ponerlo de forma oblicua dentro de la estructura de mármol. Más de cien años después, unos políticos correntinos hicieron una jugada para sacarlo de allí y sepultarlo en Yapeyú. Para abonar el terreno, un decreto presidencial de los años 90 les permitió retirar de la Recoleta dos cofres labrados con los restos de los padres del Santo de la Espada. El retiro de las cenizas de Juan de San Martín y Gregoria Matorras fue discreto, pero no lo suficiente: hubo recursos ante la Justicia para detener el operativo. Los políticos correntinos, antes de que un fallo adverso les desbaratara la idea, escondieron los cofres y después se apuraron en hacerlos llegar por distintos caminos a Corrientes. “De esta manera -escribe el autor-, los codiciados restos históricos se dieron a la fuga, en una alocada carrera por las rutas argentinas.”

Finalmente, el historiador Eduardo Lazzari le transmitió a Negrete la información de un descabellado plan secreto para sacar el cadáver del mismísimo general San Martín de su sarcófago con el objeto exhibirlo al público. Ocurrió durante los trabajos de restauración de la Catedral, hace un poco más de diez años, cuando se volvió a abrir el sarcófago y también el ataúd dormido en diagonal. Dudando sobre la preservación del cuerpo y sobre la rudimentaria momificación que se le había practicado 145 años atrás, un grupo de necrómanos fue destapando féretro a féretro hasta encontrarse con lo inesperado: no había un mero conjunto de huesos; don José “vestía traje negro y su rostro era fácilmente descriptible”.

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Esta manía nacional de echarles mano a los muertos para resolver el asunto de los vivos baja de héroes ilustres a simples hombres anónimos. Como aquel ignoto vigilador de un country que atropelló con un carro de golf a un niño. Dos años después, mientras se sustentaba un juicio oral por lesiones, el abogado dijo que su defendido se había arrojado al paso de un tren. Su cuerpo había quedado desfigurado. Los parientes firmaron el reconocimiento sin ver el cadáver y la autopsia no tenía fotos ni huellas ni piezas dentales. Hubo dudas y se reclamó un examen de ADN. Luego abrieron la tumba, pero en su lugar había una anciana. Fueron a la sepultura de otra persona que había fallecido en la misma fecha y arrollado por el tren, pero no había caso: el cadáver del vigilador brillaba por su ausencia. La causa prescribió y tres meses más tarde el susodicho, muerto y redivivo, se presentó en el juzgado y reclamó que lo eximieran de prisión. “Había simulado su muerte y manipulado cadáveres para no ir preso”, me dice Negrete sonriendo.

Miro esa sonrisa cavernosa y lúcida, y pienso en el cerebro fragmentado de Einstein. “Hay dos cosas infinitas -pensó ese cerebro en su plenitud-. Dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Del universo no estoy seguro.”

por Jorge Fernández Díaz

Fuente: 

Diario La Nación 10/7/2010

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