Secretos de San Francisco, en el barrio más antiguo de Roma

En el Trastevere, un milenario leprosario convertido en convento, cobija la celda del Santo Patrono de Italia, de quien el papa Bergoglio toma su nombre. El lugar es refugio de invaluables obras de arte.

Estuvo allí al menos siete veces, entre 1209 y 1223, en ese hospicio y hospital especializado en curar leprosos que estaba a cargo de los monjes benedictinos. Ellos ofrecieron hospitalidad al joven de una rica familia de Asís, Giovanni di Pietro Bernadone (1182-1226), que había elegido el nombre de Francesco, la vida religiosa y vivía la pasión de crear una orden mendicante de pobreza rigurosa pero también leal a los papas, que eran contestados por herejías (como la de los cátaros, reprimidos a sangre y fuego) que contestaban el lujo, la corrupción y los fastos en que vivía la Corte pontificia de Roma. Muchos de los miles de peregrinos que llegaban aquí se enfermaban y en el caso de los leprosos se buscaba el aislamiento del contagio en el hospital de San Blas, cerca del puerto de Gran Ripa, junto río Tíber, un descampado. Desde el noveno siglo existía el espacio para refugiar y curar a los leprosos, que sufrían una enfermedad muy difundida en la Italia de entonces. Fue la matrona romana Jacopa dei Settesoli, entusiasta discípula del maestro de Asís, que era petiso (media 1,57), macizo, tozudo y a veces cascarrabias, quien pidió y consiguió que los benedictinos alojaran en una pequeña celda del primer piso –a la que se llegaba por una escalera externa que no existe desde hace siglos–, al futuro Santo Patrono de Italia, autor de una regla de vida que siguen los 35 mil miembros de la familia franciscana. Francisco, su ejemplo de fidelidad a la Iglesia y sus enseñanzas de absoluta dedicación a los últimos, motivaron a Jorge Bergoglio a elegir su nombre, que es todo un programa de pontificado. San Francisco es uno de los santos más populares en los 1200 millones de católicos del mundo como emblema de humildad y pobreza. El padre Stefano Tamburo, guardián del Santuario franciscano de Roma, mostró a Clarín los tesoros que alberga el convento que –por orden del Papa Gregorio IX en una bula de 1229– los benedictinos debieron consignar a los franciscanos; el hospital de San Blas y una iglesia casi abandonada. La pequeña celda en la que dormía Francisco, sentado en el piso y con la cabeza apoyada en una piedra, que es hoy una preciosa reliquia, es uno de los principales lugares de devoción de la orden. Pero “muchos franciscanos no conocen los tesoros artísticos que hay aquí, a la que preferimos llamar la Casa de San Francisco en Roma”, dijo el padre Stefano. En sus viajes a pie de Asís a Roma, Francisco conoció bien el centro del catolicismo. El Papa residía en la sede de San Giovanni in Laterano. Conoció a varios pontífices que le aceptaron sus reglas de la orden y quedaron impresionados por su grandeza. Allí participó Francisco con sus doce compañeros del Concilio Lateranense de 1215 y conoció también al otro gran protagonista del siglo XIII como creador de las órdenes mendicantes: el español Domingo de Guzmán, fundador de los domínicos, la orden de los predicadores. El padre Stefano contó, mientras mostraba la celda del santo, que Francisco era muy frugal. “Hacía cinco cuaresmas por año, en total 200 días. Comía poca carne y se alimentaba con las frutas y verduras del huerto ”. La celda era muy pequeña, dividida por una pared detrás de la cual dormían los discípulos. “Más tarde fue derribada y se creó una escalera interna”, dijo el guardián a Clarín. El lugar está dominado por un gran relicario móvil en la pared de enfrente a la entrada, con un ingenioso mecanismo que creó el fraile Tomaso de Spoleto en 1708. La puerta central y laterales del cuadro del altar se abren y aparecen numerosos cofrecidos de plata que contienen en bolsitas las reliquias de los más grandes santos franciscanos. Aunque dos años después de su muerte en Asís, el 3 de octubre de 1228, la fama de santidad de Francisco era absoluta y el Papa Gregorio IX lo canonizó sin esperar más, el santuario de la celda de Roma no ha sido muy visitada por los pontífices. En 1991 Juan Pablo II vino a visitarlo y en una pared hay una foto en colores en la que se lo ve orando frente al relicario. “No quiso que nadie se quedara mientras rezaba, estuvo más de una hora y no se quería ir”, recuerda el fray Stefano. Es un momento de casi mágica intimidad visitar el convento pleno de tesoros artísticos, históricos y hasta arqueológicos, con tapices y afrescos en las paredes de un valor sin precio.“Queremos restaurar la celda del santo y el convento en general, que significa un esfuerzo de unos 90 mil dólares. Contamos con la buena voluntad de muchos que hacen donaciones”, dijo Tamburo. Ante todo, los franciscanos quieren que el lugar sea mejor conocido por los fieles: allí están internados y reciben educación 16 jóvenes inmigrantes pobres. Además de la celda, la segunda maravilla que existe en el convento de San Francisco a Ripa, hoy en punto central del barrio céntrico romano del Trastevere, es la última estatua de mármol totalmente terminada que esculpió en 1675 Gian Lorenzo Bernini, el genial escultor del barroco romano, autor también del diseño y realización de las columnas de la plaza de San Pedro. La obra representa a la beata Ludovica Albertoni en el momento del éxtasis de la vida a la muerte, una agonía que se refleja en su cara y en sus manos. Ella era la verdadera madre de los pobres y benefactora de los huérfanos, terciaria franciscana. La luz natural que ilumina la estatua es también una intuición genial de Bernini en la capilla Albertoni. Nadie que pasa por Roma puede dejar de visitar el santuario de San Francisco y la extraordinaria escultura en mármol de carrara de Bernini. por Julio Algañaraz Fuente: 

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Diario Clarín 20/4/2014

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