Se estrena el documental Una Película Inconclusa en la Fundación Proa

A partir del hallazgo de varios rollos de cintas que incluyen escenas filmadas dentro del Gueto de Varsovia en 1942, la directora israelí Yael Harsonski revela la perversidad con que aquel régimen intentó manipular la realidad.

Durante todos los sábados de agosto a las 17, la Fundación Proa presentará en su espacio Proa Cine, el documental Una película inconclusa, de la directora isreaelí Yael Harsonski. Un film único, construido a partir del hallazgo de filmaciones inéditas realizadas dentro del Gueto de Varsovia.  Se trata de varios rollos con imágenes que el nazismo pretendía utilizar para realizar una película de propaganda y que hoy representan uno de los pocos registros fílmicos que existen sobre aquel espacio de horror y reclusión. Lo curioso es que a pesar de su aparente carácter documental, la mayoría de las secuencias incluidas en dichos rollos son en realidad una perversa puesta en escena, un montaje de ficción imaginado por los ideólogos del régimen de Adolf Hitler para construir su propia y falaz versión de la historia. Lo curioso es que durante décadas se creyó que esas imágenes constituían un documento auténtico, una representación fiel de la vida dentro del Gueto. Sin embargo, el contenido de aquella película de propaganda a medio terminar se resignificó con la aparición de un último rollo, conteniendo el material crudo de aquel proyecto. En el mundo de la producción cinematográfica se denomina con esa palabra, crudo, al material fílmico sin editar; en este caso, la misma adquiere un doble y ominoso valor.  Lo que en se muestra en Una película inconclusa encarna una de las pruebas más cabales de la perversidad del nazismo. La película de Harsonski presenta el contenido de ese último rollo, señalando las evidencias del montaje de secuencias ficticias, que entre otras cosas pretendían exhibir la falsa «buena vida» de la que disfrutaba la población judía dentro del Gueto. La directora es consciente del valor de su trabajo, de que su película revela un nuevo nivel de infamia en la representación nazi, un régimen al que es posible pensar como una caja de Pandora pero sin ninguna esperanza en el fondo. «La documentación fotográfica de estos horrores ha cambiado para siempre la forma en la que se archiva el pasado», dice Harsonski acerca de la metódica costumbre del nazismo de documentar su propio salvajismo. «Las atrocidades cometidas por los nazis fueron fotografiadas más extensamente que cualquier otro mal, antes o después. Desde la guerra, sin embargo, las imágenes de estos crímenes, creadas por sus propios autores, han sido mal utilizadas en muchas ocasiones: en el mejor de los casos, se las ha usado como crudas ilustraciones; en el peor, han sido presentadas directamente como verdad histórica», completa la directora.  Dividido en actos, el film comienza mostrando las escenas editadas con pretensión documental. Se puede ver a la gente caminando por la calle, yendo a trabajar o haciendo las compras en una feria callejera; comiendo en bares y restaurantes de diferente clase; juntándose a tomar algún trago en las casas, e incluso en sus espacios de trabajo. Junto a ese retrato de aparente normalidad, aparecen también la miseria, la mugre y el hacinamiento; los mendigos y los enfermos, pidiendo o deambulando sin destino; los niños famélicos sentados en la calle, esperando sin saber qué. Y los muertos, apilados en las veredas como bolsas de basura, mientras la gente pasa junto a ellos con indiferencia, camino del trabajo o yendo a hacer las compras al mercado, cerrando el círculo del horror. Las imágenes incluidas en el último rollo revelan el mecanismo ficcional: algunas de esas escenas se repiten en busca de mayor naturalidad o efecto dramático. Por ejemplo aquella en que dos niños hambrientos miran la vidriera de una carnicería desde la calle: la escena es filmada una y otra vez, y en alguna de las repeticiones puede verse a un uniformado darles algunas indicaciones escénicas. Como si no se tratara de niños judíos muertos de hambre, sino de niños actores que representan ese papel. En ese detalle se concentra gran parte de la potencia de Una película inconclusa: cada uno de los que aparecen en esas imágenes inventadas por el departamento de propaganda nazi, es obligado a representar frente a la cámara los mismos roles que padecían en la realidad, sufriendo una doble victimización siniestra. Muchas veces la directora elige detenerse en algunas de las miradas de esos hombres, mujeres y niños, retratados con el objeto promocionar el mismo régimen que los sometía. «Esas miradas transmiten lo que acaso sea la única verdad emocional que no fue aplastada por la máquina de propaganda, la única verdad que no puede ser poseída y que permanece por siempre, como para testificar: ‘Yo estuve ahí, existí en este mundo que no puede ser descrito en palabras'», dice Harsonski. «Quería exponer el mensaje envuelto en esta mirada, pero al mismo tiempo cuestionar también la percepción que del pasado tiene el espectador del siglo XXI.» Casi en tiempo real, hoy puede verse como camaritas particulares documentan la forma en que en Rusia se persigue, se tortura y se mata a chicos que se atreven a cometer el crimen de la homosexualidad. En este futuro, el horror se filma a sí mismo una vez más y la historia vuelve a poner en escena la misma insensatez. Una película inconclusa de Yael Harsonski se erige entonces no sólo como un monumento de memoria viva, sino como un grito desesperado que viene a alertar sobre la inmortalidad de lo humanamente monstruoso. Un ejemplo durísimo de lo que no debería volver a ocurrir.  Fuente: 

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Diario Tiempo Argentino 9/8/2013

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