Se develan secretos de la década que Lola Mora vivió en Roma

La escritora Neria De Giovanni publicó un libro sobre el paso de la escultora tucumana por Italia.

ROMA.- Pocos saben que un palacete estilo Liberty de la Via Romagna, calle paralela a la Via Veneto, donde hoy un banco tiene su sede, fue durante más de una década la casa-atelier de Lola Mora. Fue la misma escultora argentina, que llegó a esta capital gracias a una beca del gobierno en 1897, a los 30 años, que a principios de siglo diseñó e hizo construir esa residencia en el coqueto barrio Ludovisi de esta capital.

En plena Belle Epoque, Lola Mora, bella y exótica mujer venida de tierras lejanas, había conquistado fama y éxito en la ciudad eterna. En su elegantísima vivienda, en la que residió hasta 1914, solía recibir a artistas, nobles y personajes ilustres. Desde su maestro Giulio Monteverde (autor de la estatua de Giuseppe Mazzini que se levanta en la plaza Roma de Buenos Aires y de la estatua de Vittorio Emanuele II del Vittoriano, en Roma) hasta el famoso escritor decadentista Gabriele D’Annunzio y las reinas Elena y Margherita.

Todos ellos admiraban su arte, su coraje y su modo de ser independiente, elegante y atrevido para la época. Para esculpir junto a sus obreros los inmensos bloques de mármol blanco de Carrara, Lola Mora, que seducía a hombres y mujeres, solía usar pantalones -bombachas de gaucho decoradas con encajes de nido de abeja-, algo inconcebible en la época.

«Parece que la reina Elena, durante su visita al atelier, en 1906, quedó decepcionada al haberla encontrado vestida con un elegante vestido de circunstancia y no con el ya famoso atuendo de trabajo.»

Esto y mucho más puede leerse en Lola Mora, la Argentina de Roma , un interesantísimo libro escrito recientemente por Neria De Giovanni, crítica literaria italiana y experta en Grazia Deledda (premio Nobel de Literatura en 1926), que revela detalles novedosos de la vida de la artista tucumana (1866-1936).

Lola Mora era una habitué del famosísimo Caffé Greco de la Via Condotti, donde se codeaba con la nobleza romana, que la celebraba. Así como en su patria se la consideraba una persona de costumbres extrañas, quizás amante de hombres poderosos, también en Roma se le atribuían relaciones con figuras de la talla de D’Annunzio y Guglielmo Marconi, inventor de la radio y premio Nobel de Física. D’Annunzio solía llamarla «la argentinita con los cabellos peinados por el viento».

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De Giovanni, fascinada por la figura de Lola Mora, en su libro exalta la valentía de una mujer que lograba hacer lo que no lograban los hombres. «Apenas llegó a Roma gracias a una beca, fue al taller del maestro Giulio Monteverde para pedirle que la recibiera como su discípula: «Si usted no me toma, yo me vuelvo a Buenos Aires», lo amenazó, logrando así su cometido. Era una mujer de gran energía, que sabía lo que quería y que podía mantenerse sola, todo un desafío a principios del 900», explicó a La Nacion De Giovanni.

Durante su época romana, en la que se empapó de neoclasicismo y cosechó dinero, fama y éxitos, Lola Mora solía viajar a la Argentina, donde iba levantando los monumentos, siempre de mármol de Carrara, que le iban encargando. Desafiando las reglas, en 1909 se casó con Luis Hernández Otero, el amor de su vida, un hombre 15 años menor que ella.

El peor golpe de su vida fue descubrir, años más tarde, que éste la traicionaba con una pelirroja italiana en el jardín de su lujoso palacete romano. Entonces, a mediados de 1914, cuando el trabajo comenzaba a decaer por la Gran Guerra, decidió abandonar a su marido, su casa de Roma, que tanta fama y gloria le había traído, y la escultura.

De Giovanni -que escribió 36 libros, de los cuales 25 están dedicados a mujeres-, en Lola Mora, la Argentina de Roma también relata cómo después de la traición, ya vuelta a la Argentina, la indómita tucumana no se rindió. Primero intentó producir un sistema cinematográfico para proyectar películas con luz (su idea era evitar que las mujeres fueran acosadas en la oscuridad de los cines) y, más tarde, de encontrar petróleo en el desierto salteño.

Fue el destino que llevó a De Giovanni a bucear en la vida de Lola Mora, un personaje del cual nunca había oído hablar. Todo comenzó hace cinco años, cuando fue invitada por la Universidad de Tucumán para hablar allí sobre Deledda, su pasión, después de haber disertado también en la Feria del Libro.

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«De repente, me encontré en medio de una protesta en Tucumán y me refugié detrás de una estatua de mármol que había en una plaza», relató. Se trataba de Libertad, una de las estatuas de mármol de Carrara de Lola Mora.

Acto seguido, para escapar del tumulto, se metió en un banco, donde se encontró con una mujer con la cual enseguida trabó amistad. A través de ella, se enteró de la existencia de Dolores Mora Vega, una mujer extraordinaria, la primera escultora de América latina, autora de la famosa y en su momento escandalosa Fuente de las Nereidas, poco entendida en su momento (murió extremadamente pobre) y sólo recientemente revalorizada.

«Lo que más me llamó la atención era que se trataba de una figura misteriosa, sobre la que se había escrito poco, que se había formado en Italia y que era coetánea de Grazia Deledda: ambas murieron en 1936», destacó De Giovanni.

Aunque lo que la impulsó a meterse en la aventura de investigar, a través de hemerotecas y documentos varios, la vida de Lola Mora fue hallar una foto de 1909 en la que la gran escultora aparece en una foto de grupo junto a Grazia Deledda. «Mora es el anagrama de Roma -concluyó De Giovanni-, y yo tenía que hacer volver a Lola Mora a Roma.»

por Elisabetta Piqué

Fuente: 

Diario La Nación 13/12/2010

Informacion Adicional: 

Dolores Mora de la Vega:

Lola Mora , la primera escultora argentina. Nacida en Tucumán, según consta en su acta de bautismo, Lola Mora era hija de don Romualdo Alejandro Mora, argentino, y de doña Regina de la Vega, nacida en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, quienes tuvieron siete hijos: Paula, Regina, Romualdo, José, Dolores (Lola), Alejandro y Angélica. En abril de 1867, para resguardarla de los riesgos de una sublevación del destacamento de la Guardia Nacional, don Romualdo Mora, jefe político de La Calendaria, envía a su familia a otra finca de su propiedad situada en la Villa Vieja de Trancas, provincia de Tucumán. Allí, Lola Mora pasó su infancia y estudió en el Colegio del Huerto de Tucumán donde brilló en las clases de arte.
 
Su gran talento la llevó a Buenos Aires y más tarde a Roma, Italia, donde llegó becada por el gobierno argentino. La calidad de sus obras le dio fama en toda Europa. Y al presentarse a un concurso para un grupo escultórico en homenaje a la reina Victoria de Inglaterra, que habría de emplazarse en Australia, su proyecto se impuso con toda claridad. Pero cuando llegó el momento de iniciar la construcción, se le exigió abandonar la ciudadanía argentina y adoptar la australiana, ya que se trataba de un homenaje del pueblo de Australia a su soberana. Lola no lo aceptó, y prefirió resignar el premio y la realización. En la Argentina hay varias esculturas suyas entre las que se destaca «La Fuente de las Nereidas» ubicada en la Costanera Sur de Buenos Aires tras haber sido emplazada en pleno centro, en medio de una polémica que motivó su traslado. Lola Mora ganó mucho dinero pero todo lo perdió cuando regresó al país intentando diversas empresas, entre ellas una minera. Después de su última aventura empresaria y completamente empobrecida, se trasladó a la ciudad de Salta donde perdió la razón y enfermó para morir el 7 de junio de 1936 en Buenos Aires a los 69 años. En noviembre de 1997, ante el pedido de reconocimiento a nivel nacional presentado por la diputada y profesora Fanny Ceballos de Marín ante el Congreso de la Nación, el alto cuerpo dispuso la institución del 17 de noviembre, día del nacimiento de Lola Mora, como «Día Nacional del Escultor».

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Fuente: www.todo-argentina.net
 
 

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