Scott Fitzgerald, el último hermoso y maldito

Un joven Hunter S. Thompson, recién salido de la Universidad de Columbia, donde había llevado a cabo algunos cursos de escritura creativa, ingresó a la revista Time como copista. Thompson, futura leyenda periodística, quería dedicarse a la literatura. Sin embargo, no tenía aún una gran historia entre manos. Sabía que había que seguir «estudiando». Es así como copió palabra por palabra El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald, para saber «qué se siente escribir así».

La escena es sumamente significativa para entender lo que representó para varias generaciones de escritores la figura literaria, casi totémica, de Francis Scott Fitzgerald: alguien que pudo retratar su época con una certeza impecable. Nacido en Minnesota el 24 de septiembre de 1896 como Francis Scott Key Fitzgerald, este escritor pertenece a lo que Gertrude Stein llamó la «generación perdida»: aquellos escritores norteamericanos que luego de la Primera Guerra Mundial vivieron en París. Dentro de ese grupo también estaban John Dos Passos, Ezra Pound y Ernest Hemingway. Fitzgerald supo muy pronto cuál era su camino y se volcó a la escritura. Con su primera novela, This Side of Paradise, aparecida en 1922, logró un éxito instantáneo. Lo que siguió después de este comienzo auspicioso fue una vida entregada a los placeres que otorga el dinero cuando las historias comienzan a fluir con facilidad pero también con una maestría innegable. Novelas maravillosas, como Hermosos y malditos o Suave es la noche, obras maestras indiscutidas, como El gran Gatsby, y, por supuesto, los cuentos que siempre le dieron a Fitzgerald un rédito económico que le permitió sustentar su tren imparable de una existencia plagada de desbordes. Pero lo que realmente importa sobre ese período es la calidad literaria que adquirió la obra de Fitzgerald mientras su vida real, incluida la relación con su adorada Zelda, se iba desmoronando a pasos agigantados. Para cualquier escritor, Scott Fitzgerald ocupa el altar de aquel que murió como consecuencia de haber hecho mal todas las cosas que puede llegar a hacer mal un escritor fuera de sus libros. En su cuaderno de notas, Fitzgerald puso esto: «Nunca le echo la culpa al fracaso -hay demasiadas situaciones complicadas en la vida- pero soy absolutamente impiadoso hacia la falta de esfuerzo». Uno lee sus textos y puede percibir el trabajo y el fracaso de una estrella fugaz que derribó las barreras entre vida y arte para dejar una de las obras más interesantes del siglo XX.    Fuente: 

Leer también >>  Lo que encontró la CIDH, 32 años después

Diario La Nacion 24/12/2015

4.3
742
Por favor, apóyanos compartiendo en tus redes sociales.

Deja un comentario

Cerrar menú