Sarmiento naturalista

Solo dos años separan los bicentenarios de los nacimientos de Charles Darwin (1809-1882) y Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888).

 Sobre Darwin, el historiador de la medicina William Bynum afirma: «Los trabajos de Galileo, Newton, Einstein, Planck y Mendel son leídos hoy sólo por historiadores y especialistas. Son figuras históricas; Darwin es nuestro contemporáneo. Su libro El origen de las especies fue escrito para un público general. Se agotó el mismo día de su lanzamiento, en 1859?Estos hechos lo hacen único en la historia de la ciencia». Es cierto que cuando uno lee a Darwin parece estar dialogando con él sobre temas actuales. Notablemente, ocurre algo similar cuando se lee a Sarmiento. Sarmiento aparece como un contemporáneo que dialoga con el lector sobre temas vigentes y aún no resueltos de la condición humana. Si bien esto es fascinante, también es peligroso, porque uno se embarca en glorificarlo o demonizarlo con parámetros actuales, perdiendo de vista la perspectiva histórica.

¿Qué une a estos dos personajes de la historia? Quizá pocos lo sepan, pero Sarmiento pronunció en 1882 un discurso de homenaje a Darwin, en ocasión de su muerte, en el Círculo Médico de Buenos Aires. Sarmiento tiene una idea cabal y vibrante de la importancia del pensamiento de Darwin. Leyó sus libros y en particular el Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo , relato de los cinco años pasados a bordo del Beagle, donde el joven Darwin (entre los 23 y 28 años) recogió las evidencias que más tarde servirían de inspiración para su teoría evolutiva. La lectura del Diario … es apasionante, en especial para los nacidos aquí, ya que casi la mitad transcurre en tierras argentinas y uruguayas.

Sarmiento es consciente de que las ideas de Darwin causan rechazo y espanto en muchos sectores de la población porque atentan contra dogmas religiosos muy arraigados. Por eso confiesa su satisfacción al pronunciar su discurso de homenaje frente a un público de médicos, donde supone que los jóvenes que lo escuchan, iniciados en las ciencias, sabrían apreciarlo sin prejuicios. Es que hoy sigue siendo cierto que lo verdaderamente revolucionario de Darwin fue que, al proponer el mecanismo de selección natural, reafirmó de manera científica la existencia de evolución de la vida sobre la Tierra. La célula viva es una forma particular de organización de la materia, está hecha de los mismos átomos y regida por las mismas leyes fundamentales de la física y de la química que la materia no viva. Las propiedades esenciales de la célula viva son su capacidad de reproducirse y de metabolizar, o sea, de intercambiar compuestos químicos y energía con el medio que la rodea. Al estar todos los seres vivos compuestos por células, nuestras capacidades de reproducción son consecuencia de las de nuestras células y de que nuestro material genético esté constituido por una molécula capaz de autoduplicarse: el ADN. El ADN está organizado en genes; la información de los genes se hereda, pero ocasionalmente puede cambiar, y ese cambio o mutación, generalmente producido al azar, también se hereda. Dicho esto, decimos hoy que hubo evolución cuando hubo un cambio, a lo largo del tiempo, en las frecuencias de las variantes de los genes en un grupo de individuos.

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Ni Darwin ni Sarmiento sabían nada de genes, de ADN ni de genética. Sin embargo, Darwin no necesitó de ninguna aproximación molecular ni reduccionista para darse cuenta de la evolución. Le bastó con una inmensa curiosidad, un rigor observacional envidiable y una escéptica cautela a la hora de interpretar sus observaciones y plantear hipótesis. Sarmiento se hace eco de estas virtudes y avanza incluso más: «En las ciencias biológicas, se ha llegado a la aplicación de métodos perfeccionados de observación y experimentación, y a medidas exactas de la física experimental para las investigaciones fisiológicas».

Con oportunidad increíble y sorprendiéndonos por su cultura científica, Sarmiento cita los experimentos de su contemporáneo Luis Pasteur, que descartaron la generación espontánea de la vida y que confirmaron que las enfermedades infecciosas son causadas por organismos microscópicos. Estos dos descubrimientos de Pasteur son pilares de la microbiología y de la biología molecular modernas, cuyos desarrollos hasta nuestros días no hacen otra cosa que confirmar la evolución y la selección natural.

La erudición de Sarmiento domina el discurso. Las referencias a naturalistas prestigiosos de la época, como Lyell, Agassiz, Huxley, Humboldt, Bonpland y Ameghino, como también de los antiguos trabajos de Lineo y Buffon, son evidencia de una marcada predilección por las ciencias naturales, algo llamativo para alguien que no tenía formación médica ni científica. Con humor e ironía, Sarmiento nos dice que las explicaciones de Darwin sobre la evolución y adaptación de las especies han «simplificado el trabajo del Creador». Darwin nos permite reemplazar una explicación mágica por otra lógica, y esto fascina a Sarmiento a tal punto que se esfuerza por dar ejemplos locales de adaptaciones por selección artificial, es decir, motorizada por el hombre, como el de las variedades argentinas de ovejas, o por explicar con suma didáctica y sencillez por qué, no habiendo elefantes, rinocerontes e hipopótamos en Inglaterra, el hallazgo de huesos de estos animales en el subsuelo de Londres es testimonio latente de la evolución. Sarmiento nos apabulla con referencias a la paleontología, anatomía comparada, embriología y taxonomía. Nos explica que así como en tiempos remotos los hombres no sabían dónde se originaban las nubes y hoy (por 1882) saben que surgen de la evaporación de las aguas del mar, así Darwin nos despierta del sueño creacionista: antes no sabíamos, ahora sabemos.

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Sarmiento compara la evolución de las especies con la del lenguaje, metáfora explorada aún hoy por la lingüística moderna, en un párrafo que vuelve a asombrarnos por sus conocimientos del origen indoeuropeo del griego, el latín y las lenguas romances. También hace un repaso cronológico, a vuelo de pájaro, de la historia de la humanidad, en el que aflora su leitmotiv de la lucha de opuestos entre civilización y barbarie. En este recorrido histórico, al pasar por el siglo XVI, da sentido brechtiano al epur si muove de Galileo: la ciencia basada en la evidencia sobrevive a los hombres. La retracción de Galileo ante la Inquisición ha enriquecido a la historia humana: la Tierra sigue girando alrededor del Sol.

No puede obviarse la mención de ciertos pasajes con conceptos racistas, algunos escritos en tono de broma, como queriendo ratificar el origen simio del hombre por las características simiescas de ciertas razas humanas. Hoy diríamos que estas palabras de Sarmiento son políticamente incorrectas. La pregunta, planteada más arriba, es si debemos analizar el racismo de Sarmiento con ojos actuales o en su contexto histórico.

Para justificar su adhesión a la teoría de la evolución, Sarmiento nos dice: «…Adhiero a la doctrina de la evolución… como procedimiento del espíritu, porque necesito reposar sobre un principio armonioso y bello a la vez, a fin de acallar la duda, que es el tormento del alma».

La bella prosa que fluye de su pluma traiciona su racionalismo. Sus razones se vuelven idealistas y se apartan de la evidencia científica: «Me gusta porque es armónica, me gusta porque cuaja con la belleza».

Nosotros sabemos que la belleza del mundo es sólo una ilusión de nuestra subjetividad y que la evolución no tiene por objetivo, si es que tuviera alguno, generar belleza. Sin embargo, éste es un tema de discusión aún vigente: los biólogos no nos ponemos de acuerdo sobre si existen tendencias hacia la perfección en la evolución de los seres vivos. Nuevamente, el contemporáneo Sarmiento parece participar de esta discusión. © La Nacion

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por Alberto R. Kornblihtt, biólogo molecular, es profesor universitario e investigador superior del Conicet

 

Fuente: 

Diario La Nación 22/2/2011

Informacion Adicional: 

Charles Darwin en Argentina:
Entre 1833 y 1835, el joven naturalista Charles Darwin recorre nuestro país como parte de su viaje alrededor del mundo. En su recorrido, Darwin registra las costumbres de criollos y nativos,  las características de la fauna y flora, los fósiles así como los aspectos geológicos de nuestro territorio.

A bordo del buque británico HMS Beagle arriba a la desembocadura del Río Negro, donde Juan Manuel de Rosas, Gobernador de Buenos Aires,  tenía establecido su campamento de las campañas previas a la conquista del “desierto”. En esos tiempos, gran parte de la provincia de Buenos Aires y La Pampa así como toda la Patagonia, eran territorio habitado mayoritariamente por los pueblos originarios.

Con la autorización de Rosas y el pasaporte que le había otorgado el gobierno de Buenos Aires como naturalista del Beagle, Darwin inicia un recorrido por nuestras pampas a caballo hasta la ciudad de Buenos Aires. Luego de una breve visita a Santa Fe, nuevamente se embarca y recorre la costa patagónica. Desde allí se dirige a las islas Malvinas las cuales, hacía tan solo un año, habían sido ocupadas por la corona británica. Luego de visitar Tierra del Fuego,  Darwin recorre las costas chilenas hasta Santiago de Chile.

En marzo de 1835 reingresa a nuestro país desde Chile atravesando la cordillera por el paso el  Potrerillos. En su estancia en Mendoza, Darwin es picado por vinchucas y algunos historiadores, a partir de los datos de su estado de salud en la vejez, especulan que habría contraído el mal de Chagas.

Finalmente abandona nuestro país regresando a Chile a través del histórico paso de  Uspallata, por el cual 18 años antes había cruzado el General José de San Martín al frente del ejército de los Andes.

Fuente: www.fcnym.unlp.edu.ar

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