Sarmiento, en los pagos de Junín

El prócer tuvo un sueño para desarrollar el turismo y la producción agrícola en la laguna Mar Chiquita.

A los setenta y tres años, Domingo Faustino Sarmiento se encontraba aún saludable y abrigaba los proyectos y las ilusiones de establecerse en el pueblo de Junín, distante a 260 kilómetros de la Capital. Tan firmes eran sus intenciones que llegó a solicitar en nombramiento de Juez de Paz en Junín en 1884.

Sarmiento se extasió con la belleza de la laguna Mar Chiquita, la de Gómez y la del Carpincho en la cuenca del Salado, con el fantástico espectáculo de ver miles de aves como patos, cisnes, flamencos y pájaros flotando en la bruma de las aguas. Entusiasmado por la belleza del paisaje, Sarmiento, como hombre de acción, decidió explorar las lagunas, sus profundidades y su riqueza universal.

En la estancia de los hermanos Muñiz, hijos del naturalista Francisco Javier Muñiz, se reunió con varios hombres de ciencias e iniciaron un proyecto que significaba aplicar al uso y recreo del hombre la superficie y profundidad de dichas aguas y las cadenas tributarias, que se unirían al Salado, y que atravesaba ya el ferrocarril de Buenos Aires al Pacífico.

Sarmiento, con su mente creadora, vio en Mar Chiquita una estación balnearia y veraniega para millones de familias. La laguna tendría un puerto de embarque fluvial llamado Puerto Muñiz, y lanchas que la recorrerían. Se solicitó al municipio la prohibición de cazar aves en un radio de diez cuadras que sería el ejido lacustre de aves.

También en nota al gobernador Carlos D’Amico, Sarmiento indicó que se proponía crear una escuela Normal que fuera también quinta agronómica. La propagación de árboles y la educación de niños huérfanos en tareas rurales eran su objetivo.

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El proyecto era muy ambicioso y hablaba de navegación, natación, ejercicios gimnásticos, paseos en coche y a caballo, etc. Se necesitaban árboles para dar vida a la monotonía de La Pampa.

El proyecto también se refería a la lechería, para ello, Manuel Guerrico le aseguró «cien vacas finas lecheras», una familia alemana le envió quesos y mantequilla que se harían con el rótulo de «Quesos y Mantequilla Junín».

Todo parecía ir viento en popa hasta que se le advirtió a Sarmiento que la demanda no sería suficiente para evitar una ruina económica. La firma Unzué y Luro ya había fracasado en el mismo intento lechero.

Sarmiento, desde Buenos Aires, desistió del proyecto muy dolido. Ya le habían llegado semillas de Tucumán, árboles de la Quinta Normal de Chile y más de 70 variedades pedidas a Filadelfia, Estados Unidos.

En carta a Muñiz, Sarmiento dijo que el proyecto fue el acta de nacimiento y de defunción de un niño que no alcanzó a respirar una hora.

por Martha Salas
 

Fuente: 

Diario La Nación 5/11/2011

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