Samuel Johnson y las Malvinas

En el año que acaba de concluir, con la perspectiva que permiten tres décadas, la cuestión Malvinas ocupó el centro de las más intensas discusiones políticas. En opinión de quien esto escribe, el tratamiento público del asunto reveló en la Argentina una llamativa sabiduría popular, que no sucumbió a los inmediatismos retóricos ni a las bravatas nacionalistas comunes en otros tiempos. Todo ello en consonancia con una inteligente posición oficial, que tuvo su mejor expresión en algunos discursos presidenciales y en el desempeño de la embajadora en Londres, Alicia Castro, en notable contraste con la ostentación militarista del primer ministro británico, David Cameron.

Asimismo fueron reeditadas en el curso del año dos piezas fundamentales de la literatura sobre Malvinas: Les Iles Malouines (1910), de Paul Groussac, en lengua original, por la editorial L’Harmattan de París y la Biblioteca Nacional de Argentina; y Las Islas Malvinas (1934), de Alfredo Palacios, que corresponde a la presentación al Congreso, precisamente, del proyecto de traducir el libro de Groussac, que finalmente alcanzaría su edición castellana en 1935. Menos frecuentado en el debate por Malvinas es un pequeño escrito –hoy considerado uno de los alegatos polémicos más brillantes de la lengua inglesa– en el que, frente al conflicto entre ingleses y españoles de 1770 por la posesión de las islas, Samuel Johnson defendió una resolución pacífica de la disputa y describió las calamidades de la guerra a la opinión pública británica que reclamaba la vía militar. Si es posible advertir una proximidad cruzada entre el lenguaje del actual ministro Cameron y los discursos de Galtieri, los argentinos podemos reivindicar la prosa pacifista de Samuel Johnson y una sintonía con él en la causa del derecho y de la paz, para formar una especie de conjura imaginaria atemporal a la que también pertenecerían Alberdi, H. G. Wells, Borges, Bertrand Russell, Deodoro Roca, Lennon y tantos otros sin reconocer fronteras. Escrito en el fragor de la polémica de-satada en el Reino Unido en torno de la conveniencia de la guerra por la soberanía de las islas, Reflexiones sobre los últimos acontecimientos relativos a las islas Falkland (1771) es un panfleto de gran calidad literaria y certera eficacia retórica, que desde su primera línea pone de manifiesto una fuerza estilística singular: “Adecuar la violencia de una contienda a su efectiva importancia parece una tarea demasiado difícil para el entendimiento de un hombre. El orgullo del intelecto ha empeñado épocas enteras en discutir cuestiones irrelevantes, y el orgullo del poder ha destruido ejércitos completos para adquirir o conservar posesiones inútiles”. Revisar hoy los términos de esa vieja disputa de elocuencia política vuelve irresistible la comparación con los sucesos de 1982 (tanto como con los tonos y los lenguajes de 2012) y provoca un efecto de espejismo histórico en casi todos sus términos, excepto el más importante: mientras hace tres décadas la azarosa convergencia de una dictadura militar y una gobernanta en decadencia produjeron una absurda contienda bélica en la que murieron cientos de personas, en 1771 ingleses y españoles decidieron evitar la guerra. Los hechos A comienzos de 1665, el capitán John Byron –abuelo del escritor– desembarcó en el islote Saunders, del que tomó posesión en nombre de Su Majestad Británica, y sembró allí algunas legumbres. Byron seguía las recomendaciones del diario de viaje del capellán Richard Walter, conocido como El viaje de Anson (1748), en el que se instaba a crear un asentamiento inglés en las islas –que otros navegantes habían desalentado por inútil–, arguyendo tanto su importancia en tiempos de guerra como sus ventajas en tiempos de paz. En 1766 se construye un pequeño fuerte sin que, sin embargo, se hicieran manifiestas las “ventajas en tiempos de paz” que auguraba el diario de Walter. No obstante la hostilidad del territorio y del clima, la colonia logró sobrevivir, apenas abastecida una vez al año por Inglaterra, hasta que el 28 de noviembre de 1769 una embarcación española intimó a los colonos a abandonar la isla por pertenecer ésta a los dominios del rey de España. El capitán de Puerto Egmond –nombre del asentamiento británico– invoca los derechos del rey de Inglaterra y defiende la posesión de la isla. A partir de entonces se sucede entre ambos comandantes un extraordinario intercambio epistolar que duraría meses, conforme un arte diplomático hoy perdido y cuyo eje era el concepto de “honor”. Durante ese intercambio de advertencias, escribe irónicamente Johnson, “los ingleses fueron dejados por cierto tiempo gozar de los placeres de las Falkland”. El 10 de junio de 1770, finalmente, más numerosas y mejor equipadas, las fuerzas españolas desembarcaron y obtuvieron la rendición británica sin hallar resistencia. Prudente, el capitán Madariaga consintió a los ingleses abandonar la isla con todos los honores y llevarse lo que quisieran. No bien llegada a Inglaterra la noticia de la “usurpación”, en pocos días –tal como sucedería dos siglos más tarde– fue reunida una flota tan poderosa “como quizá nunca antes se había visto”, al tiempo que se exigía a la corona de España una reparación “por la injuria hecha a la corona británica”. Luego de una discusión diplomática de alta calidad, la corte española desaprueba la expulsión por la fuerza de los ingleses ordenada por el gobernador de Buenos Aires y reconoce a la corona británica la posesión de las islas, pero no su soberanía ni su “derecho prioritario”. La facción beligerante inglesa considera no reparado el honor de Inglaterra e insuficiente este reconocimiento por no incluir la soberanía, reivindicación que el libelo antibélico de Johnson muestra absurda para argumentar en favor de una resolución pragmática del litigio que prescinda de presuntos derechos arcanos –cuya invocación tendría, inevitablemente, a la guerra por destino–: “Una guerra declarada por la vacua sonoridad de un título más antiguo sobre un arrecife magallánico, que suscitaría en contra de nosotros la indignación de toda la Tierra”. Asimismo reconstruye la cuestión del descubrimiento para mostrar que, difuso e incierto, nada tiene de glorioso y se pierde en el azar de sucesivas expediciones que lo tornan indecidible. Los argumentos Entre 1769 y 1771 se publican en el Public Advertiser unas sesenta cartas ferozmente opositoras al gobierno firmadas con el pseudónimo de Junius. La del 30 de enero de 1771 acusa al ministro Lord North de no haber sabido defender el honor del rey ni el interés de la nación y de haberse sometido a la ofensa española en las Falkland. Llama a sus compatriotas a no dejarse engañar por declaraciones genéricas sobre las ventajas de la paz y las miserias de la guerra, y escribe: “¿Tenemos alguna garantía de que una paz conquistada a un precio tan alto pueda durar siquiera un año? ¿No hemos sacrificado la mejor ocasión de hacer la guerra con ventaja?”. Apenas existe hoy historia de la literatura inglesa que no rinda tributo al sarcasmo y al exquisito arte literario del misterioso Junius, quien hablando de la importancia del honor pudo escribir: “La pluma que adorna al pájaro real sostiene su vuelo. Desvestidlo de su plumaje y lo veréis caer por tierra”. Por su parte, Lord North recurre al gran Johnson –considerado la mayor pluma de su tiempo– para hacer frente a las brillantes intervenciones públicas de Junius, a quien por lo demás nuestro autor consideraba “uno de los pocos escritores de la despreciable facción opositora cuyo nombre no deshonra la página de un adversario”. Escrito por encargo real, el libelo johnsoniano revoca con serenidad los argumentos de la posición beligerante. Con relación a la utilidad de un asentamiento en tiempos de guerra, admite que nadie podría negarlo, pero que “la guerra no es la única cosa que cuenta en la vida”, y que una especulación semejante conduce a futuras hostilidades y atenta contra la amistad entre las naciones. En cuanto a las conveniencias en tiempos de paz, no es otra que la de los piratas –quienes, como dice un viejo proverbio marinero, “hacen comercio por la fuerza” y llegan a Inglaterra con riquezas que no se sabe nunca de qué modo se obtuvieron–, y “perdonar a un pirata puede ser una ofensa a la humanidad; pero cuánto más grave es abrir un puerto en el que todos los piratas estarán seguros”. En todo momento, Johnson razona con “mentalidad extensa” –según la expresión de un contemporáneo alemán, también pacifista, llamado Immanuel Kant–; explora con la imaginación la perspectiva del contrincante, sustrae la argumentación al puro interés y toma en cuenta el punto de vista de las partes en conflicto para concluir que los derechos ingleses sobre las islas no son indiscutibles: “Es un error general que se repite en todos los argumentos de la facción [beligerante] afirmar que nuestro asentamiento en la Isla de Falkland es no sólo legítimo sino también indiscutible… Si acaso se llegara a descubrir que… nuestro asentamiento era usurpado, nuestro derecho arbitrario, y nuestra conducta insolente, todo lo acontecido [la expulsión por la fuerza] se presentaría como una sucesión natural de causas y efectos”. ¿Qué se obtendría con la guerra?, pregunta el panfleto de marras. “¿Qué, excepto una árida y oscura soledad, una isla marginada de todo comercio humano, tempestuosa en invierno y estéril en verano, una isla que ni siquiera los salvajes meridionales han considerado digna de ser habitada…? Es éste el territorio del que tenemos ahora la posesión material, por cuya soberanía nominal un numeroso partido tiene el descaro de sostener que hubiéramos debido asesinar a miles de hombres.” Además de ser uno de los fragmentos de elocuencia más bellos de la literatura política clásica, las razones aducidas por Johnson en favor de la paz pueden ser asumidas como propias por los hombres de cualquier lugar del mundo, como pueden serlo también las que, cien años más tarde, frente a la guerra franco-prusiana que acababa de estallar y la guerra del Paraguay que acababa de concluir, Juan Bautista Alberdi anotaba en unos cuadernos fundamentales que hoy conocemos como El crimen de la guerra. por Diego Tatián, Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba. Fuente: 

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Diario Página/12 18/2/2013

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