Romero, el obispo y el mártir

Hoy 24 de marzo se cumple el 30 aniversario del asesinato del Obispo Óscar Arnulfo Romero, conocido como Monseñor Romero, sacerdote católico salvadoreño que fue célebre por su predicación en defensa de los derechos humanos y murió asesinado en el ejercicio de su ministerio pastoral.

Hoy se cumple el trigésimo aniversario del asesinato del arzobispo salvadoreño Oscar A. Romero, razón por la cual se rinden diferentes homenajes a su memoria.

En un breve recorrido por su biografía, se debe destacar que monseñor Romero identificaba su actividad pastoral con el Concilio Vaticano II, sobre el cual había meditado desde 1965, al analizar sus documentos.

Romero consideraba que la Iglesia Católica había sido renovada por el Concilio y que el Espíritu Santo la hacía nueva, poniéndola acorde con los tiempos. Según él, había en la Iglesia una corriente renovadora que quería aplicar el Concilio y una conservadora, que lo quería frenar. Eran categorías usuales en los años 70.

Monseñor Romero sentía que pertenecía al grupo de los innovadores conciliares, con el Papa, de cuyo «amor grandísimo por el Concilio y sus conquistas» no dudaba, y con la mayoría de los obispos católicos.

Monseñor Romero fue asesinado en 1980

Predicaba, en febrero de 1980: «A todos nos interesa saber que el Papa es quien más empuja por los avances del Concilio Vaticano II». Romero hablaba de «compromisos nuevos que la Iglesia, sin traicionar sus viejas tradiciones, debe asumir para ser fiel al momento actual, pero sin extremismos». Y también hablaba sobre «un nuevo espíritu, el espíritu nuevo de la Iglesia».

Pocos días antes de morir, Romero fue invitado a una asamblea de «teólogos del Tercer Mundo» en San Pablo, Brasil. En el agradecimiento por la invitación, que no aceptó, subrayó que el éxito de las teologías del Tercer Mundo dependía de la fidelidad al Evangelio y al magisterio de la Iglesia. Para Romero, si la teología de la liberación era rectamente comprendida, entonces se identificaba con el magisterio.

Después de su encuentro con Juan Pablo II, el 30 de enero de 1980, declaró: «El Papa me ha dicho que la defensa de la justicia social y el amor preferencial por los pobres son dos puntos fundamentales de la línea de la Iglesia. Personalmente, creo que el Papa piensa que una teología de la liberación bien comprendida es muy legítima».

Romero -señala el historiador Andrea Riccardi- no es sólo una figura mítica fuera de América latina. Para el catolicismo centroamericano, es un mártir que subraya el sufrimiento de un mundo marginado. Para las fuerzas de izquierda, su homicidio confirma la brutalidad de la represión y la justificación de la causa «San Romero de las Américas».

La batalla en torno a la oportunidad de su beatificación revela el carácter evocador de la persona. Una cierta interpretación de Romero en clave revolucionaria ha llevado a sectores de la izquierda política a hacer de él su estandarte. En verdad, monseñor Romero ha sido un obispo fiel al Evangelio y fiel al Concilio Vaticano II. Cuando Juan Pablo II, en 1983, durante su visita a San Salvador, al eludir las reglas habituales del protocolo, decidió detenerse a rezar ante la tumba de Romero, pronunció unas palabras luminosas: «Romero es nuestro». Es decir que la memoria de Romero es de la Iglesia y para toda la Iglesia.

Tan explícita ha sido esta voluntad de Wojtyla, que en el marco del Jubileo del año 2000, cuando se realizó la celebración de los mártires contemporáneos en el Coliseo, el nombre de monseñor Romero fue incluido por expreso pedido del Papa, ya que, en principio, no figuraba en el listado. En esa oportunidad, se recordó a Romero como «obispo mártir en el sacrificio del altar».

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El mensaje de Romero asesinado era claro: amor por el Evangelio, comunicación del Evangelio, a pesar de las condiciones dramáticas en las cuales trabajaba, amistad y servicio a los pobres, actitud de servicio a la paz y a la reconciliación entre los hombres.

En esta perspectiva -y, justamente, al cumplirse el 30° aniversario de su testimonio martirial-, aparecerá en estos días una biografía de Roberto Morozzo della Rocca titulada Primero Dios. Vida de monseñor Romero (Edhasa).

En ella, Morozzo della Rocca presenta la figura del arzobispo salvadoreño de manera no ideológica, sino fuertemente anclada en el contexto histórico de aquellos años convulsionados, y restituye toda la grandeza del personaje. Esa biografía de Romero se basa en fuentes y en archivos eclesiásticos diocesanos y del archivo del mismo Romero, y quiere sostener el proceso de beatificación del obispo mártir.

Romero puso en el centro de su vida la predicación del Evangelio, como la Iglesia del Concilio puso en el centro de la vida cristiana la encíclica Dei Verbum: el amor por los pobres, como en la encíclica Lumen Gentium, que el prelado salvadoreño citaba muchas veces en sus sermones.

Según la tesis de los postuladores de la causa de beatificación, impulsada por el obispo de Terni (Italia), Vincenzo Paglia, asesor espiritual de la Comunidad de Sant´Egidio, Romero ha sido asesinado por odium fidei , por odio a la fe. Lo que molestaba de Romero era la Palabra de Dios, predicada como una espada de doble filo, que pone en vilo las mezquindades de los hombres, sus codicias y necedades.

Dialogar, encontrar a todos, no excluir a nadie ha sido el compromiso continuo de Romero para evitar hasta lo último la guerra civil en su país. Su muerte demostró, precisamente, que, una vez eliminado, la guerra se podía desatar, como acaeció. Por esto alguien ha hablado de Romero como el último mártir de la Guerra Fría.

Romero miraba a los hombres a los ojos. No consideraba las ideologías, sino que las rechazaba. En este cristianismo no ideologizado, sino encarnado, la sociedad en su conjunto puede encontrar en monseñor Romero un testigo valioso e inolvidable. Romero ha sido un mártir de la no violencia, como Martín Luther King, y no es casual que su estatua, junto a la del predicador bautista, la del pastor protestante Bonhoeffer y la de Gandhi, se encuentre en la fachada de la abadía de Westminster, por expresa voluntad de la iglesia anglicana.

La memoria de Romero debe ser custodiada junto con la de tantos cristianos mártires latinoamericanos, obispos como el cardenal Posadas, de Guadalajara; monseñor Gerardi, en Guatemala; Duarte Cancino, en Colombia; monseñor Angelelli y los padres palotinos, en la Argentina, y tantos religiosos, laicos y cristianos de otras confesiones que han dado la vida por su fidelidad al Evangelio.

La vida y el testimonio de Romero nos confirman las palabras del apóstol Pablo: «Mayor felicidad hay en dar que en recibir».

Por Marco Gallo, director de la cátedra Juan Pablo II de la Pontificia Universidad Católica Argentina y miembro de la Comunidad de Sant Egidio

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Monseñor Romero – Radioteca.net

Fuente: 

Diario La Nación 24/3/2010

Informacion Adicional: 

Quién fue Monseñor Romero:

Fue nombrado secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador en 1968. El 3 de febrero de 1977, es nombrado por el Papa Pablo VI, como Arzobispo de San Salvador. Algunos consideraron a Romero como el candidato de los sectores conservadores que deseaban contener a los sectores de la Iglesia archidiocesana que defendían la «opción preferencial por los pobres». A partir de 1978 comenzó a cambiar su predicación y pasó a defender los derechos de los desprotegidos. Aquel religioso de sesenta años se metió pueblo adentro de pronto, asediado por la pobreza de sus conciudadanos, por la represión, por los crímenes que los escuadrones de la muerte realizaban contra esa Iglesia que había optado por la solidaridad y el compromiso. Como arzobispo, Monseñor Romero comenzó a denunciar en sus homilías los atropellos contra los derechos de los campesinos, de los obreros, de sus sacerdotes, y de todas las personas que recurrieran a él, así como las numerosas violaciones de los derechos humanos en el contexto de violencia y represión militar que vivía el país, manifestando públicamente su solidaridad hacia las víctimas de esta violencia política en San Salvador. En estas homilías, transmitidas por la Radio diocesana, denuncia especialmente los asesinatos cometidos por escuadrones de la muerte y la desaparición forzada de personas, cometida por los cuerpos de seguridad y pide una mayor justicia en la sociedad. En agosto de 1978, publica una carta pastoral donde afirma el derecho del pueblo a la organización y al reclamo pacífico de sus derechos.

En octubre de 1979, recibe con cierta esperanza, las promesas del nuevo gobierno de la Junta Revolucionaria de Gobierno, pero con el transcurso de las semanas, vuelve a denunciar nuevos hechos de represión realizados por los cuerpos de seguridad. Dos semanas antes de su asesinato había declarado: «He estado amenazado de muerte frecuentemente. He de decirles que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Lo digo sin ninguna jactancia, con gran humildad». Incluso un día antes de su muerte hizo un enérgico llamamiento al ejército salvadoreño: «Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: «No matar». Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión».

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Sus homilías, que en aquellos años se intentaron acallar por tantos métodos, eran denuncia y profecía, como si aquel arzobispo hubiera descubierto las causas precisas de la pobreza y las culpabilidades concretas de la represión de los pobres: «Estas desigualdades injustas, estas masas de miseria que claman al cielo, son un antisigno de nuestro cristianismo» (homilía 18 de septiembre de 1977). «Una religión de misa dominical pero de semanas injustas no le gusta al Señor. Una religión de mucho rezo pero con hipocresías en el corazón, no es cristiana. Una Iglesia que se instalara sólo para estar bien, para tener mucho dinero, mucha comodidad, pero que olvidara el reclamo de las injusticias, no sería la verdadera Iglesia» (4/12/1977). «Aun cuando se nos llame locos, aun cuando se nos llame subversivos, comunistas y todos los calificativos que se nos dicen, sabemos que no hacemos más que predicar el testimonio subversivo de las bienaventuranzas, que le han dado vuelta a todo para proclamar bienaventurados a los pobres, bienaventurados a los sedientos de justicia» (11/05/1978). «Muchos quisieran que el pobre siempre dijera que es «voluntad de Dios» vivir pobre. «No es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada» (10/09/1978). Cuando se le da pan al que tiene hambre lo llaman a uno santo, pero si se pregunta por las causas de por qué el pueblo tiene hambre, «lo llaman comunista, ateísta». Pero hay un «ateísmo» más cercano y más peligroso para nuestra Iglesia: el ateísmo del capitalismo cuando los bienes materiales se erigen en ídolos y sustituyen a Dios» (15/09/1978). «Una Iglesia que no sufre persecución, sino que está disfrutando los privilegios y el apoyo de la burguesía, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo» (11/03/1979). «¿De qué sirven hermosas carreteras y aeropuertos, hermosos edificios de grandes pisos, si no están más que amasados con sangre de pobres que no los van a disfrutar?» (15/07/1979). «Espero que este llamado de la Iglesia a la justicia social no endurezca aún más el corazón de los oligarcas sino que los mueva a la conversión» (24/02/1980).

Por luchar a favor de la justicia social, por reclamar en voz alta la defensa de los derechos de los sectores empobrecidos y explotados fue asesinado. Este fue su delito, el compromiso con los pobres y la denuncia de la opresión. Al igual que Jesús de Nazaret. El lunes 24 de marzo de 1980 fue asesinado, cuando oficiaba una misa. Su asesinato provocó la protesta internacional. En 1993 la Comisión de la Verdad para investigar los crímenes más graves cometidos en la guerra civil salvadoreña, concluyó que el asesinato de Monseñor Oscar Romero había sido ejecutado por un escuadrón de la muerte formado por civiles y militares de derecha y dirigidos por los militares capitán Álvaro Saravia y mayor Roberto d-™Aubuisson (fundador del Partido ARENA que ha gobernado El Salvador de 1989 a 2009). Como escribió el poeta y Obispo Casaldáliga: «¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro! Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa. Como Jesús, por orden del Imperio. Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio. San Romero de América, pastor y mártir nuestro: ¡nadie hará callar tu última homilía!».

Fuente: Diario de León

 

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