Retrato de Sarmiento, el menos convencional de sus contemporáneos

En los últimos tiempos, la figura de este hombre, que en su actuación pública estuvo ligado a todas las iniciativas útiles para el país, fue inexplicablemente desdeñada y atacada desde las más altas esferas del Estado. En un nuevo aniversario de su natalicio, una reivindicación.Para el autor, Sarmiento «entregó lo mejor de sí a su tierra con austeridad y vocación de servicio». 

Polifacético y genial, incomprendido en su tiempo y aún en el nuestro, nadie podrá negar con fundamento que su vida y su obra constituyen hitos esenciales para la Argentina. Fuerza incontenible y arrolladora, marcó profundamente la historia de su Patria. No hubo ámbito en el que dejase de actuar u opinar con plena convicción, llevado por una inextinguible vocación de servicio y una curiosidad que horadaba todos los terrenos. Teórico político y fabricante de cestos de mimbre; periodista insomne y divertido observador de los adelantos tecnológicos que descubría en Europa y los Estados Unidos e importaba con fe visionaria a su tierra; prosista formidable y poeta por las imágenes y la música interna de muchos de sus textos, más allá del descorazonador juicio sobre sus dotes de versificador que le prodigó en su juventud Juan Bautista Alberdi, Sarmiento fue quizá el menos convencional de sus contemporáneos. En una época en que se cuidaban solemnemente las formas, don Domingo solía dejarlas con frecuencia de lado. Tan pronto le asestaba un bastonazo en plena calle a un adversario como se quitaba los botines en plena Convención Nacional de 1860 –pues eran ajustados y le ocasionaban un verdadero suplicio- y apoyaba los pies sobre el asiento de otro diputado. Tan pronto ascendía, anciano y enfermo, hasta la torre del hospicio de dementes de Montevideo, y le decía a la religiosa que lo acompañaba que, como tenía fama de loco, «convenía no exponerse a que lo dejasen adentro», como nadaba vigorosamente en la playa de Pocitos. Tan pronto corría alrededor de la mesa para echar de su despacho a un joven empleado que le confesaba sus simpatías hacia la entonces opositora La Nación, como escuchaba sonriente la respuesta de un jefe indio frente a una situación insólita. Recuerda Ricardo Rojas que Sarmiento recibió a una delegación de la pampa en su sede del antiguo Fuerte, y de inmediato mandó abrir la ventana. El cacique se inclinó hacia el intérprete y éste le expresó al primer mandatario: «Pregunta por qué se han abierto las ventanas». «Dígale –replicó el Presidente- que los indios tienen un olor a potro insoportable para los cristianos». El «lenguaraz» transmitió esas palabras, escuchó al jefe indio y le replicó de su parte al sanjuanino: «Los cristianos huelen a vaca y también es desagradable para los indios». Como su tenaz adversario el legislador y mandatario santafesino Nicasio Oroño, pudo decir que ninguna de las iniciativas útiles para el país surgidas durante su dilatada actuación pública, habían dejado de contar con su entusiasmo y respaldo. El balance de su extraordinaria gestión presidencial demuestra que cumplió su aspiración, expresada en carta íntima a su amigo el gobernante y educador tucumano José Posse en el momento de ser elegido: «Te diré que, si me dejan, le haré a la historia americana un hijo». Bastan pocas palabras de Sarmiento para explicar sus principales objetivos: «Mi plan de educación política tenderá a mejorar las condiciones sociales de la gran mayoría, por la educación y la mejor distribución de la tierra y por el servicio del ejército y la marina, a fin de que los desvalidos empiecen a mirar al gobierno con menos prevención, pues sienten que el gobierno no es de ellos». Una de sus principales preocupaciones al asumir la primera magistratura (1868-1874), fue la explotación de las riquezas potenciales del país; también la promoción de la inmigración y población de la Argentina, y, vale la pena insistir, el desarrollo de la educación. En su concepción, ella no representaba un gasto superfluo sino una inversión para el porvenir. El estímulo a la ampliación del saber se reflejó en hechos tangibles: inauguró el Observatorio Astronómico de Córdoba y puso a su frente al sabio norteamericano Benjamín Gould, que había ofrecido sus servicios para ampliar sus estudios a través de la observación de las estrellas australes; durante la visita a esa ciudad para inaugurar la primera Exposición Nacional, impulsó la creación de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas y la Academia de Ciencias, y encargó al notable naturalista alemán Germán Burmeister la contratación de veinte estudiosos en el exterior, con el fin de impulsar las investigaciones botánicas, geológicas, matemáticas, físicas, químicas y meteorológicas. Por entonces el país comenzaba a padecer la crisis económica que alcanzó su punto más crítico durante la gestión de su sucesor, Nicolás Avellaneda; lo sacudían agitaciones provinciales tan graves como las rebeliones jordanistas; las principales capitales del interior estaban rodeadas por vastas extensiones desiertas dominadas por el indio, y empezaba a tornarse realidad la expansión ferroviaria destinada desde entonces a crecer sin pausa. Tantas fatigas y dificultades hubiesen agobiado a hombres que no estuvieran dotados de su temple. Pero él se hallaba dispuesto «a hundir en el barro los brazos hasta el codo» para levantar los cimientos de un gran país. A Sarmiento le gustaba proclamar su condición de hombre de armas, aunque lo hubiese sido en forma esporádica. De hecho, muy pocos lo igualaron en su esfuerzo por modernizar al Ejército y a la Marina de su país. Durante su desempeño como embajador en los Estados Unidos vistió el uniforme de coronel y participó en ceremonias y visitas que le permitieron enviar valiosos informes sobre armas y tácticas de combate durante la Guerra de Secesión. Más tarde, como jefe de Estado creó el Colegio Militar, la Escuela Naval y la moderna «escuadra de hierro» que defendió los ríos interiores y alzó el pabellón nacional en las costas patagónicas. ESTABA DISPUESTO «A HUNDIR EN EL BARRO LOS BRAZOS HASTA EL CODO» PARA LEVANTAR LOS CIMIENTOS DE UN GRAN PAÍSCasi tres años después de dejar la primera magistratura, su sucesor, Nicolás Avellaneda, promovió su ascenso a general de brigada. Don Domingo mandó confeccionar su uniforme azul, con quepis orlado de laureles y palmas, dispuesto a utilizarlo con la marcialidad de un soldado. La ocasión se presentó el 9 de abril de 1880, cuando se le pidió que apadrinara la bandera del glorioso 11 de Infantería a cuyo primer jefe había tratado en Chile, el general Juan Gregorio de Las Heras. Pero la prensa adversa avisó en tono de sorna que Sarmiento vestiría de militar, y se formaron grupos para abuchearlo. Llegada la hora, recuerda Lugones, ese mismo pueblo preparado para rechifla, «sorpréndese y enmudece con un estremecimiento de veneración. Luego prorrumpe en aplausos. Es que ha visto y sentido en aquel aplomo de viejo león que se presenta lo que no esperaba: un general». Y allí, macizo de cuerpo, con voz de trueno, pronunció aquella célebre arenga en que exaltó las virtudes de la profesión militar y subrayó el deber de subordinación a las instituciones de la Constitución. El periodismo satírico se burló con frecuencia del generalato de Sarmiento. Sobre todo El Mosquito, que lo presentaba en actitudes simiescas, con la espada desenvainada y corona de laureles rodeándole la sien, o empinado sobre un pedestal en actitud egocéntrica, como los órganos españoles retrataban a su amigo Emilio Castelar. Pero a Sarmiento no lo perturbaba. Hombre del oficio, conocía bien el papel de la prensa. Desde que era presidente le preocupaba más el silencio que el aguijón del célebre semanario. Se dice que una vez mandó a preguntarle al propietario y dibujante Henry Stein por qué no le dedicaba la portada o la página central. Don Domingo era generoso y sabía olvidar agravios. Basta evocar la íntima pero moralmente grandiosa escena del 16 de septiembre de 1879, cuando, como ministro del Interior, se le anunció la visita de Juan Bautista Alberdi, que volvía a la Patria después de cuarenta y un años de ausencia. Pocos días antes, al desembarcar, le envió sus saludos a través de su secretario. Los separaban décadas de cerrada enemistad. El autor de las Bases concurrió a la Casa de Gobierno con cierto resquemor. Lo tenían también los funcionarios que se hallaban en la antesala pues temían una reacción adversa de Sarmiento. Al contemplar la menuda estampa de su tenaz oponente, exclamó: «¡En mis brazos, doctor Alberdi!», y ambos próceres se estrecharon en un largo abrazo. Sarmiento escribía sin cesar, desde siempre. Las fatigosas jornadas en el ejercicio de diferentes funciones públicas, desde la más elevada, como la Presidencia, no eran obstáculo para que se trasladara a la redacción de El Nacional y redactara cotidianamente sus cuartillas de prosa inigualable. Lo haría hasta su último aliento, desde las páginas de El Censor o a través de libros tan notables como Conciencia de un niño o la piadosa Vida de Jesucristo, o la no menos entrañable Vida de Dominguito, en que el anciano evoca a su hijo, esperanza truncada en las trincheras de Curupaytí, durante la guerra con el Paraguay. Su copiosa producción, se halla volcada, en buena parte, en los 52 volúmenes de sus Obras Completas, pero, como es sabido, abarca bastante más. Esa profunda necesidad de comunicar es uno de los rasgos más notables de su personalidad. Su escritura fue en ocasiones rotunda y formalmente perfecta; en otras, áspera y hasta violenta. Sin embargo, no hay en su inmensa producción palabras vacías ni frases sin sentido. Al igual que los toreros cuyo oficio detestaba, sabía llegar con su estocada directo al corazón. Entraba en la lucha de las ideas como a una batalla homérica y era tenaz en su afán de imponer las propias. Pero sabía apearse de su alado Pegaso para reconocer errores, y si era indispensable, combatirlos. Y aun cuando la sordera tornaba su vida en tormento, su oratoria lo hacía exclamar ante el Congreso que traía «los puños llenos de verdades». Pero no sólo el Parlamento fue ámbito propicio para su casi mágica virtud de la comunicación verbal. Groussac, que lo vio hablar después de los exámenes de la Escuela de Artes y Oficios de Montevideo, subraya: «No fue propiamente un discurso, sino una alocución familiar: un vagabundeo oratorio de indescriptible donaire y desenvoltura, con acompañamiento de mímica, muecas, golpes en la mesa y risas comunicativas. Fuera de dos o tres ‘arias de bravura’, que yo mismo le viera preparar, todo el resto era un improvisado monólogo sobre cuanto puede ocurrírsele a un hombre de inmenso talento, que habla con completa posesión de sí mismo ante un auditorio dispuesto a aplaudirle, y con absoluta despreocupación de toda regla, u orden retórico de antemano meditado. Derramaba a manos llenas un caudal de ideas suficiente para diez discursos oficiales: lanzaba verdades macizas a la cabeza de quien quisiera recibirlas, alternando los puñados de sal gruesa con los preceptos de alta sabiduría […] Tal escuché el verbo soberano de Sarmiento durante los cortos minutos en que estuvo realmente inspirado, y cuando se dijera que en él rugía el mismo ‘demonio’ de la elocuencia». Aquel hombre impar y muchas veces contradictorio, gozó de inmenso prestigio en vida y después de muerto no sólo en su patria sino en las demás naciones del Continente. Hasta no hace mucho se lo exaltaba como «Maestro de América» y como uno de los fundadores de la Argentina moderna. Sin embargo, en encuestas más o menos recientes, los niños y jóvenes de este país al que se entregó sin retaceos desde la adolescencia, no pueden ubicarlo temporalmente ni reseñar en tres palabras su existencia. Tal vez sea hora de llamar la atención de los argentinos sobre quien, con sus errores y falencias humanas, pero también con su desinterés, austeridad y vocación de servicio entregó de sí lo mejor a su tierra. por Miguel Angel de Marco. Es Doctor en Historia, ex presidente y miembro de número de la Academia Nacional de la Historia y actual director de su Grupo de Historia Militar. Miembro de la Real Academia de la Historia, de la Academia Portuguesa da Historia y de casi todas las de América. Profesor emérito de la Universidad del Salvador. Es autor de numerosos libros de historia argentina, entre ellos las biografías de Manuel Belgrano, José de San Martín, Miguel Martín de Güemes y Leandro Alem, y obras como «La guerra del Paraguay», «La guerra de la frontera», «Los hombres, la Patria y el coraje», etcétera. Actualmente prepara una biografía de Sarmiento.  Fuente: 

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infobae.com 15/2/2016

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