Restituyeron los restos de una de las víctimas de la patota de Camps

Su hijo Marcelo cuenta por qué la nueva desaparición del albañil lo impulsó a seguir buscando a su padre. “Esta semana encontré un lugar donde llorarlo”, dijo el joven a Tiempo Argentino, tras darle sepultura el domingo en El Bolsón.

Marcelo Sánchez volvió a recorrer las calles del barrio de Los Hornos, en La Plata, donde vivió hasta los siete años. Quería contarles a sus tías y primos que con el aporte indispensable del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) recuperó los restos de su padre, Alejandro Emilio Sánchez, secuestrado el 8 de noviembre de 1976. “Ya era tardecita –rememora Marcelo, a partir de la narración de sus tías–. Rodearon la casa que estaba al frente y no dejaron salir a nadie. Fueron directo al fondo y lo sacaron. A mi tía Rosa, que venía de la clínica en la que trabajaba, no la dejaron pasar, y ni siquiera llegó a ver cuando se lo llevaban.”

Desde agosto del ’73, a poco de ser fundada, Sánchez participaba en la Unidad Básica Juan Pablo Maestre, que funcionaba en la calle 68 y 142, el corazón de un barrio con esperanzas y calles de tierra. Allí había conocido a Jorge Julio López y a un grupo de jóvenes a los que muy pronto les tuvo afecto. “Este tipo debe ser malísimo”, bromearon cuando lo vieron llegar. “Tenía unos rulos largos y unos mostachos grandotes que le daban ese aspecto –recuerda Jorge Pastor Asuaje, uno de ellos–, pero era muy generoso, tanto que decían que se pasaba de bueno”, evoca 38 años después de aquel día, en un bar céntrico de La Plata junto a Tiempo Argentino.

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Promediando los ’60, Sánchez había integrado la Juventud Peronista platense y seguía siendo más leal a los dogmas del “Viejo” que a los bríos de la izquierda juvenil. “Alejandro no era un periférico ni un cuadro de la organización –define Asuaje–. Tenía un acuerdo político pero quizás no una coincidencia total. Su identificación se daba desde lo sentimental con nosotros, y desde lo histórico: siempre había sido peronista.”
Aparte de la militancia, repartía su tiempo entre la familia y los turnos rotativos de la Peugeot y algunos trabajos de albañilería. Asuaje lo recuerda como un tipo generoso y festivo. Su hijo Marcelo atesora postales parecidas de su primera infancia. “Era común pasar tiempo entre mi casa y la Unidad Básica. Para el Día del Niño juntaban juguetes, pero a mí no me dejaban tocar ninguno, era todo para la repartija en el barrio.”

Cuando la represión del gobierno y las bandas paramilitares recrudeció, los militantes más comprometidos con Montoneros tuvieron que dejar el barrio. Aún por convicción propia, Sánchez, como otros compañeros de superficie, “asumieron riesgos y responsabilidades mayores, un poco por imposición de la política de la organización”, admite Asuaje. “Es una crítica que tenemos que hacernos.”

Entre noviembre del ’75 y abril del ’76 vivieron bajo el mismo techo. “Cuando ya estaba clandestino, yo estuve viviendo unos meses con Alejandro y su familia.” A pesar de las circunstancias, tuvieron tiempo de saborear la política, de ir en caravana al Amalfitani a ver cómo Estudiantes se jugaba la parada en el Metropolitano del ’75. “La noche del golpe llegó de la fábrica, me despertó y me contó lo que pasaba.”

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Y lo que pasaba era peor de lo que imaginaban. Entre el 27 de octubre y el 5 de noviembre de 1976 la represión arrasó con la “Maestre”. López, y otra docena de militantes fueron secuestrados. Aquella vez Sánchez pudo escapar por los patios, pero saquearon su casa y la quemaron, al igual que el local de la Unidad Básica. Convenció a su esposa, Aurora, y sus tres hijos, Marcelo, Beto y Ana, de que se refugiaran en El Bolsón. Él se fue a la casa de su madre. Hasta allí fue a advertirlo Asuaje de que se tenía que ir. Tres días más tarde lo secuestraron.

“Eran tiempos de mucho miedo, mi abuela mandaba cartas preguntando, pero no supimos más de él”, cuenta su hijo.

En 1995, Marcelo empezó la búsqueda. Una tarde, a través del EAAF, llegó hasta Jorge Julio López. “Cuando me vio parecía que estaba frente a un fantasma, porque soy muy parecido a mi papá. Hablamos, frente al portón de su casa, y me dijo: ‘Tú papá rompió tanto las pelotas para que me dejaran libre, por él estoy acá’.”

El albañil le confesó en voz baja y por primera vez su padecimiento, que repetiría años más tarde ante la Cámara Federal platense y en el juicio contra Etchecolatz. Cómo fusilaron en Arana a Patricia Dell’Orto, Ambrosio de Marco y al paraguayo Rodas. Cómo su padre lo salvó.

Por eso, la segunda desaparición de Jorge López lo impulsó a retomar la búsqueda: “Más intensa”, la define Marcelo. Se volvió a contactar con el EAAF. “Me estaban esperando. Yo me había vuelto a El Bolsón y no tenía contacto con nadie, y necesitaban una muestra de mi sangre para obtener el ADN para identificarlo. Eso me permitió cerrar la historia, aunque el dolor siga”, explica.

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“Mi viejo está más allá de los restos óseos, está siempre presente. Pero esta semana encontré un lugar donde llorarlo”, resume Marcelo. El domingo, Marcelo llegó a El Bolsón, donde lo esperaban –como durante todos estos años– sus hermanos y Aurora para dar sepultura a Alejandro Emilio Sánchez. Su padre.

por Laureano Barrera y Milva Benitez

 

Fuente: 

Diario Tiempo Argentino 30/9/2011

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