Rematan pedazos de historia del antiguo bar «El Parlamento»

El domingo pasado, la atmósfera de El Parlamento – 7 y 51 – tuvo la particular impronta de la despedida. Como ya se informó, Juan José Veiga, su último propietario, decidió bajar definitivamente las persianas por cuestiones económicas. Ya sin las chances de tomar un café o un trago, tanto curiosos como habitués cruzaron el umbral para encontrar el espacio al desnudo y llevarse un souvenir que seguramente asociarán a una etapa de su vida. 

Según contó el responsable del comercio, el desenlace se produjo por múltiples factores, pero el principal fue el fuerte incremento en el precio del alquiler. Y quizás como un último guiño a los parroquianos, Veiga decidió poner todo en venta y a precios accesibles para que quienes lo desearan, pudieran conservar un recuerdo de ese que fue un punto de encuentro para muchos. A precios muy bajos, casi simbólicos, se vendieron tazas, platos, vasos, servilleteros, cubiertos y porrones de cerámica. Otros adquirieron las botellas de la barra, llenas o casi vacías. En la caja registradora, haciendo su duelo, Juan José Veiga, detuvo su mirada en cada uno de los objetos que la gente se fue llevando. Vio como poco a poco se vaciaba el espacio que durante décadas fue el sostén de su familia y de un puñado de empleados. “Estamos superándolo de a poquito, pero quiero terminar con esto de una vez porque me hace mal”, aseguró el heredero de Manuel Veiga, su padre y anterior propietario.  EL GALLEGO En los días previos al cierre fue inevitable que los habitués recordaran al “Gallego” como llamaban a Manuel. En 1957, él cumplió el sueño de ponerse al frente del negocio hasta el día que decidió volverse a España con 92 años. A partir de ese momento tomó las riendas del comercio su hijo. Con la noticia del cierre, el espacio fue muy visitado en las últimos días de agosto. Fundamentalmente los más caracterizados clientes se acercaron hasta esa esquina para expresar su desazón y hacer su despedida. Muchos propusieron comprar algún objeto del lugar para atesorarlo como recuerdo. Vasos, ceniceros, parte de la vajilla o alguna silla, cada uno se llevó lo que pudo o aquello que le resultó más simbólico.  

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Fuente: 

Diario El Día 2/9/2014

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