Reagan a Thatcher: «No seremos neutrales si Argentina usa la fuerza»

El Presidente de EE.UU. se lo dijo a la líder británica horas antes de la recuperación argentina de las islas. Es una de las revelaciones de la edición definitiva de “Malvinas, La Trama Secreta”, un libro fundamental sobre la guerra. Clarín adelanta aquí sus fragmentos más novedosos.

 Estados Unidos nunca fue neutral frente a Malvinas y Ronald Reagan estableció un fuerte compromiso con Margaret Thatcher horas antes de la invasión argentina a las islas; la Unión Soviética, en especial su aparato militar, prestó ayuda satelital a la Argentina que fue usada para hundir naves británicas; en los ámbitos militar y político de la Argentina la guerra se dio por perdida antes de que empezara y en plena negociación diplomática, con la task force del Reino Unido en camino a Malvinas, ya sonaban nombres de militares dispuestos a reemplazar a Galtieri al frente de la dictadura; el miembro de la junta militar de la Armada, almirante Isaac Anaya, fue el impulsor ideológico de la guerra y quien obstaculizó toda posibilidad de acuerdo con Gran Bretaña ante un Galtieri acorralado por su soberbia, indeciso frente a un conflicto que se le escapaba de las manos y obnubilado por sus sueños de eternizarse en el poder y los vahos del alcohol; hubo al menos una posibilidad de que la guerra no estallara, y se frustró: la realidad de Malvinas sería hoy muy diferente. Estas son algunas, sólo algunas, de las revelaciones de la nueva edición de “Malvinas, La Trama Secreta”, enriquecida con doscientas páginas de documentos y transcripción de los cables que cruzaron antes y después del conflicto el embajador de Estados Unidos en Buenos Aires, Harry Shlaudeman, con el Departamento de Estado, y el “mediador” enviado por Reagan, el general Alexander Haig, con la administración de su país. Desde hace casi treinta años, “Malvinas, La Trama…” es una especie de biblia del conflicto que estalló en 1982 y duró setenta y cuatro días. Escrito por Oscar Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der Kooy, fue un libro pionero del periodismo de investigación, cuando al periodismo liso y llano no se le había agregado ese sonsonete redundante y pretencioso. El libro, que vio la luz en 1983, nació y fue escrito durante la dictadura que, si bien estaba en retirada, mantenía intactos sus acerados resortes de censura y de silencio. Nada se sabía de Malvinas cuando “La Trama…” vio la luz. Y esa luz iluminó un camino que luego siguieron muchos periodistas. La nueva edición es también un homenaje de los autores a Oscar Cardoso, que murió en julio de 2009. Cardoso fue un periodista de enorme talento, cronista implacable de algunos de los hechos más trascendentes de la Argentina y del mundo, de esos profesionales irrepetibles que regalaba a los más jóvenes fe y conocimiento sin pedir nada a cambio, con un humor y una ironía filosos y entrañables. El “Gordo” fue símbolo de una época y de un estilo de hacer periodismo que hoy miramos por lo menos con nostalgia. La nueva edición de Sudamericana no sólo reafirma y revalida lo que sus autores escribieron hace casi tres décadas, sino que hace todavía más clara y amplia la urdimbre de un conflicto que todavía no ha sido desentrañada del todo y cuyas consecuencias se extienden hasta hoy como una sombra ominosa y amenazante. Es un libro revelador sobre hechos que piden a gritos ser revelados. Sus autores juran que es la edición definitiva. Probablemente lo sea, hasta que aparezcan nuevos secretos develados. El periodismo es un oficio a largo plazo. Y nunca termina. Aquí, los fragmentos clave: Una llamada crucial “Reagan colgó el teléfono con la sensación de haber dicho algo que no había sido comprendido por su interlocutor. El mensaje -pensó- no llegó a destino. Galtieri, por su parte, concluyó el diálogo convencido de que había sido un buen gesto de Reagan, pero sin poder asir el verdadero significado de su llamada. Después de cortar la comunicación con Galtieri, el presidente norteamericano dirigió un mensaje a la primer ministro Thatcher en el que definió la política que seguiría Estados Unidos si Argentina invadía Malvinas. El tono afectuoso y cálido usado por Reagan, (encabeza su mensaje “Dear Margaret” y se despide con “Warmest wishes, Ron”) permite presumir el tuteo entre ambos mandatarios. El texto del mensaje, revelado en un documento del Departamento de Estado enviado a la Embajada en Buenos Aires, lleva fecha del 1° de abril. “Querida Margaret: Acabo de hablar largamente con el general Galtieri sobre la situación en las Falklands. Le transmití mi personal preocupación sobre la posibilidad de una invasión argentina. Le dije que iniciar operaciones militares contra las islas Falklands comprometería seriamente las relaciones entre los Estados Unidos y Argentina y lo urgí a abstenerse de una acción ofensiva. Le ofrecí nuestros buenos oficios y mi buena voluntad de enviar a un representante personal para ayudar a resolver esta cuestión entre Argentina y el Reino Unido.El general escuchó mi mensaje, pero no se comprometió a cumplirlo. En cambio, habló en términos de ultimátum y me dejó la clara impresión de que estaba embarcado en un curso de conflicto armado. Vamos a seguir cooperando con tu gobierno en el esfuerzo por resolver esta disputa, ya sea intentando evitar las hostilidades o detenerlas si estallan. Mientras tenemos una política de neutralidad sobre el tema de la soberanía, no seremos neutrales si Argentina usa la fuerza militar”. De esa forma, horas antes de la invasión a Malvinas, Gran Bretaña tuvo el incondicional apoyo estadounidense.” La ayuda soviética  En los días de abril, previos al inicio de la guerra de Malvinas, el gobierno argentino presionó a Haig, enviado personal de Reagan, sobre el ofrecimiento, y la posible aceptación, de una eventual ayuda “de otros países”, si estallaban las hostilidades. Era una clara referencia a la Unión Soviética. Para el gobierno de Reagan, embarcado en una guerra total contra el comunismo, en especial en América Central donde contaba con la ayuda de militares argentinos, la sola mención de una ayuda soviética al país en Malvinas sembraba poco menos que el pánico y el resquemor. Lejos de condicionar el rol que Estados Unidos ya había elegido en el conflicto, la amenaza de un auxilio militar o logístico a la Argentina por parte de la URSS reafirmaba el apoyo de Reagan a la Thatcher y su insistencia de poner fin a “la aventura de Malvinas”: Estados Unidos veía la recuperación de las islas como una excusa de la Junta Militar argentina de eternizarse en el poder. ¿Existió en realidad una ayuda soviética a la Argentina durante la guerra? La nueva edición de “Malvinas, La Trama Secreta”, revela: “Gran Bretaña desarrollaba su propio sistema informativo enriquecido invalorablemente por la asistencia abierta de los Estados Unidos. Los autores de este libro sostuvimos que la Argentina, en cambio, no había contado con apoyo informativo y satelital de la Unión Soviética. O que, al menos, no se habían podido detectar indicios de esa colaboración. Con los años y la indagación en documentos y bibliografía en torno a la guerra de Malvinas, aquella aseveración dejó de tener la consistencia que entonces tenía. Aunque, más allá de haberse verificado la ayuda soviética a la dictadura, las dimensiones jamás fueron equivalentes: Washington actuó en todos los frentes acorde a los intereses de Londres en el conflicto; Moscú brindó información fragmentada, sobre todo en el plano militar, que habría servido para éxitos bélicos circunstanciales de los militares argentinos. Sergey Brilev es uno de los presentadores y analistas más conocidos de la televisión rusa. Su origen tiene llamativas particularidades: es moscovita pero nació en La Habana. Pasó gran parte de su vida en Ecuador y Uruguay y, de casado, también vivió en Londres. Brilev aporta información de la ayuda soviética a la dictadura. Esa información está basada en dos testimonios. La del general Nikolai Leonov, primer vice del servicio analítico de la KGB, durante el conflicto de Malvinas. Y del general Valentín Varennikov, en ese tiempo primer vicejefe del Cuartel General de las FFAA soviéticas. Un tercer testimonio relativizaría las certezas de Leonov y Varennikov. El periodista soviético llegó a consultar a Mikhail Gorbachov, el último presidente de la URSS, que durante la guerra de Malvinas era miembro del Buró Politico del Partido Comunista, el órgano por el cual pasaban todas las grandes decisiones estratégicas de esa multinación. Gorbachov negó cualquier decisión política de colaboración con la dictadura argentina.Pero Brilev tiene, al respecto, su propia conclusión. Sostiene que ya en esa época el esquema de poder de la URSS se estaba resquebrajando y que la ayuda brindada a la Argentina fue asumida a nivel de generales del mando militar, entusiasmados con la idea de poder dañar a enemigos históricos, como Estados Unidos y Gran Bretaña. Brilev sostiene que el 15 de mayo de 1982 los soviéticos lanzaron específicamente el satélite Kosmos-1365 para ubicarlo en una órbita desde la cual pudiera proveer información estratégica a las fuerzas argentinas en el Atlántico Sur. Pero que aún antes de esa fecha otros satélites soviéticos en órbita ya estaban suministrando información. Deduce que, a raíz de esa información, los misiles argentinos impactaron y hundieron al Sheffield. Asegura que gracias al satélite Kosmos-1365 los aviadores de nuestro país pudieron hundir hacia finales de mayo el HMS Coventry y el Atlantic Conveyor. Según el investigador, la ayuda soviética habría ido más allá de la simple información satelital. Se habrían utilizado aviones TU-95, modificados con sistemas de inteligencia, para sobrevolar a las fuerzas británicas que se dirigían a la zona de combate en el Atlántico Sur. Esa información, afirma, era transmitida a los argentinos. Otro investigador, el periodista argentino Isidoro Gilbert, por entonces director de la corresponsalía de la agencia soviética TASS en Buenos Aires, también confirma la asistencia soviética a la dictadura argentina, aunque sin la densidad, al parecer, que le atribuye Brilev. Relata un pedido formal del brigadier general Basilio Lami Dozo, en tal sentido, al agregado militar en la embajada soviética en Buenos Aires, coronel de tanques Valentin Livtonchicov. Pero Gilbert pone en duda que los soviéticos hayan lanzado algún satélite especial para ayudar con información anticipada a las tropas argentinas. “Pregunté si la URSS -cuenta- había puesto en órbita algo nuevo y me contestaron que no era necesario, que existían suficientes satélites vigilando América del Sur”. Gilbert asegura que la información soviética era entregada por télex y con extrema rapidez. “La información la entregamos en cifras coordenadas”, revela que le dijeron en una consulta a Moscú. Pese a las evidencias, el almirante Anaya le hizo a Gilbert una declaración entre negativa y resbaladiza: “Jamás tuve información oficial de que la embajada soviética entregara información satelital. En ninguna reunión de la Junta se habló de eso. Pero yo escuché algo. De todos modos, no debió ser muy útil ya que un cincuenta por ciento de las operaciones aéreas fracasaron precisamente por falta de información. El material de la Fuerza Aérea carecía de radares, no así los Super Etendard de la aviación naval”. Las palabras de Anaya trasuntaban la tensión constante que existió entre las tres fuerzas durante el conflicto. El posible acercamiento a la URSS dio pábulo a infinidad de conjeturas. Muchas en sentido opuesto. Brilev, por ejemplo, arriesga que Noruega habría captado fotos satelitales rusas que habrían sido clave para el hundimiento del crucero General Belgrano. Un cable de la embajada de EE.UU. en Buenos Aires enviado a Haig considera esa hipótesis pero la resta seriedad”. Última carta para evitar la guerra En las últimas cuarenta y ocho horas de abril de 1982, la guerra con Gran Bretaña era inevitable. La diplomacia había fracasado. Inglaterra, que según las “Memorias” de Alexander Haig jamás estuvo dispuesta a devolver las islas a la Argentina, había hecho prevalecer su intención de respetar “los deseos” de los kelpers. La diplomacia argentina a cargo de Nicanor Costa Méndez insistió hasta el final en que lo que había que respetar eran “los puntos de vista” de los isleños, para respetar el fallo 2065 del Comité de Descolonización de la ONU, de 1965. Cuando todas las cartas estaban echadas, Harry Shlaudeman, embajador de Reagan en Buenos Aires, hizo una última, dramática gestión ante Galtieri, de la que da cuenta un documento histórico que reproduce “Malvinas, La Trama Secreta”: “(…) El segundo acto fue un último intento negociador de Estados Unidos, una última carta jugada casi al filo de la guerra, cuando los aviones británicos ya cargaban sus bombas para atacar el 1º de mayo la pista de Puerto Argentino. Siguiendo instrucciones del Departamento de Estado, el embajador Shlaudeman pidió una urgente entrevista con Galtieri que le fue concedida en la medianoche del 29 al 30 de abril. Todo terminó en un diálogo dramático en el que asoman apenas los disensos en la Junta, en especial con Anaya, y en el que, por propia iniciativa, Shlaudeman termina por pedir a Galtieri que retire las tropas de Malvinas. Galtieri parece pensarlo, o eso le parece a Shlaudeman, y el embajador, entonces, recomienda a su gobierno que no anuncie el viernes las sanciones contra la Argentina, que todavía, tal vez, algo pueda salvarse.El documento histórico que Shlaudeman dejó de su encuentro con Galtieri es el siguiente: “Siguiendo la fórmula expuesta en la llamada telefónica, pedí ver al presidente Galtieri y fui recibido a medianoche. ARMA (sigla que identifica al “Army Attache”, agregado militar del Ejército norteamericano en la Embajada) me acompañó como ha hecho a través de estos críticos encuentros. Dije a Galtieri que venía sin instrucciones, con el solo propósito de ver qué podíamos hacer para evitar una fatal confrontación. Puntualicé al Presidente que no habíamos recibido una adecuada respuesta a nuestra propuesta y que anunciaríamos mañana severas medidas contra Argentina. Durante más de una hora de conversación, él no se manifestó en absoluto sobre la propuesta. Repetidamente le pregunté qué camino veía él para salir de esta impasse. Su respuesta fue, como era de esperarse, que debería haber algo que diera una oportunidad a las negociaciones. Yo simplemente, como muchas veces se lo señalé, le dije que sólo una retirada (de las tropas) le daría a la Argentina la victoria que buscaba. Al final de nuestra conversación, y por propia iniciativa, sugerí a Galtieri que el Gobierno argentino anunciara unilateralmente una retirada de sus tropas de Malvinas como un primer paso hacia una solución pacífica y como un gesto de buena fe. Pareció tomar esta sugerencia muy en serio, la escribió, pero dijo de nuevo, como hizo muchas veces antes, que él era sólo uno de los tres que tomaban las decisiones. Recomiendo fuertemente que no anunciemos las medidas contempladas hasta que yo haya tenido una chance de seguir hablando con Galtieri mañana en la mañana. Creo que todavía hay una chance, aunque muy delgada, de que podamos detener a esta gente. Ambos, ARMA y yo presionamos muy fuerte sobre la necesidad para Argentina de no, repito, no llevar a cabo la primera acción ofensiva. Galtieri dijo que él ya había parado tres veces ese tipo de acciones en los últimos días, pero indicó que no podría hacerlo por mucho más tiempo. Puso en claro, como sabemos, que la Armada está hambrienta de acción. También dijo que el plan argentino es reaprovisionar las islas mañana, (abril 30), por aire, escoltados por aviones militares. Galtieri me pareció, y también a ARMA, ansioso por encontrar una salida dentro de los muy estrechos límites en los que se maneja. Dijo de nuevo que Argentina no sería el primero en abrir el fuego y nos enfatizó que había gastado un considerable capital político en impedir que las Fuerzas Armadas argentinas tomaran la ofensiva. Cerró la conversación prometiendo seguir en estrecho contacto conmigo, particularmente sobre la idea de una retirada unilateral de Malvinas. Pienso que le hemos llegado. Y si somos capaces de ofrecerle un poco más de tiempo, podríamos ser capaces de avanzar. Shlaudeman. Pero las “plegarias” de Shlaudeman no fueron atendidas. Galtieri no retiró las tropas y, el viernes 30, Estados Unidos se retiró de la negociación, apoyó a Gran Bretaña y sancionó a Argentina. Ahora sí, el telón sobre el drama de Malvinas estaba a punto de levantarse”.   Un documento fundamental La conversación entre el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, y la primera ministro británica, Margaret Thatcher, se revela en un documento del Departamento de Estado desclasificado a pedido de los autores de “Malvinas, La Trama Secreta”. Aquí se presenta el facsímil de ese documento, fechado el 1 de abril de 1982, horas antes de la recuperación argentina de las islas Malvinas. El tono del mensaje (él la llama “Dear Margaret”, con afecto) muestra la cercanía entre las dos principales figuras de dos países cuya histórica alianza no iba a modificarse en absoluto por la acción argentina en Malvinas.  El día en que se inventó un ataque británico Las andanzas de Alexander Haig en Buenos Aires, al amparo de una supuesta gestión de buenos oficios, cuando ya Estados Unidos había asegurado a Gran Bretaña que no sería neutral, tuvieron un toque de picardía. Ante la intransigencia argentina a presentar una nueva propuesta, el sábado 17 de abril de 1982, Haig hizo un llamado telefónico al asesor de seguridad nacional de Reagan, William Clark: inventó un inminente ataque británico a Malvinas que, al parecer y según reveló Haig años después, le dio buen resultado. Esta es la historia, tal como la rescató “Malvinas, La Trama…”: “Pero en la noche del sábado 17, Haig produjo uno de los episodios más risueños y dramáticos, como suelen ser los dictados de la desesperación, de su turbulenta gestión negociadora. Llamó al presidente del Consejo Nacional de Seguridad de Reagan, William Clark, e inventó un inminente ataque de la flota británica a Malvinas. Haig estaba convencido de que los argentinos “pinchaban” sus teléfonos y, lejos de importarle, en esta oportunidad estaba especialmente interesado en que su mensaje fuese interceptado por los espías locales. Recordó luego Haig en sus “Memorias”: “A pesar de que los británicos en realidad no nos habían comunicado nada sobre sus planes militares, los argentinos estaban seguros de que estábamos al tanto de cuanto hacían. Posiblemente este error podría resultar de utilidad. Llamé a Bill Clark a la Casa Blanca, por una línea común, seguro de que los argentinos controlarían la llamada; le dije confidencialmente que la acción armada británica era inminente. A las dos de la madrugada del 18 de abril me entregaron nuevas propuestas en el hotel, junto con una invitación para reanudar las negociaciones en la Casa Rosada a las dos de la tarde”. De la trampa de Haig quedó incluso el rastro histórico. En un mensaje dirigido desde Buenos Aires para que fuese entregado “al Juez Clark inmediatamente”, Haig da explicaciones al asesor de seguridad de Reagan sobre su extraño llamado: “Lo llamé desde una línea abierta con la clara conciencia de que los argentinos podían monitorear la llamada. Para romper el imposible impasse de esta mañana sobre la modalidad de la retirada de las fuerzas, creé la impresión de que una acción militar británica estaba a punto de tener lugar. Si bien esto puede parecer un poco sobreactuado, tiene la virtud de ser cierto en el contexto de las primeras unidades británicas que marchan hacia las islas South Georgia. Afortunadamente la táctica funcionó y es vital para que yo me vaya de aquí con una valoración argentina de que no sólo los británicos van a atacar, sino de que estamos a pocas horas de que eso suceda. Usted manejó esto en el teléfono precisamente como yo esperaba que lo hiciera. Calurosos saludos, Al”.  por Alberto Amato Fuente: 

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 Diario Clarín 1/4/2012

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