Queríamos tanto a Gilles

La leyenda de villeneuve. El canadiense se mataba hace 30 años en Bélgica con una Ferrari. No logró grandes resultados, pero su manejo veloz y espectacular lo convirtió en uno de los mayores ídolos de todos los tiempos.

 No fue un piloto muy exitoso. En cinco temporadas apenas consiguió seis victorias. Y maltrató mucho sus autos: abandonó 30 de las 67 carreras que disputó. Pero Gilles Villeneuve es, sin lugar a dudas, uno de los pilotos más recordados de la Fórmula 1. A fuerza de velocidad, de derrapes y de espectáculo, el canadiense se ganó un lugar en el corazón de los tuercas. Hoy, a 30 años de su trágica muerte en Zolder, su hijo Jacques (campeón del mundo en 1997) tripulará en Fiorano la Ferrari T4 que usó su padre para homenajearlo. Villeneuve era, básicamente, un corredor. Un tipo que iba para adelante, que andaba todo lo rápido que se podía, incluso más que su propio auto. Buscaba huecos por donde no los había, aceleraba en lugares no recomendados y forzaba su máquina hasta hacerla explotar. Ganar o romper todo, esa parecía ser su consigna. Su talento empezó a notarse en la Fórmula Atlantic estadounidense, en la que se destacó entre 1975 y 1977. Fue en julio de ese año cuando Gilles, ya con 27 años, intentó el salto a la F-1. Recomendado por el entonces campeón James Hunt, quien lo había visto manejar en Canadá, se anotó con un viejo McLaren M23 privado en el Gran Premio de Inglaterra. Había tantos inscriptos que el miércoles previo se realizó una preclasificación entre los pilotos con menos antecedentes. Villeneuve superó ese filtro, fue noveno en la clasificación y llegó a estar séptimo en la carrera, hasta que un problema en el motor lo relegó al 11º puesto final. Al ver esas imágenes por televisión, Enzo Ferrari no dudó: “Traigan a ese piloto”, ordenó. La relación entre ambos, que comenzó formalmente en el GP de Canadá de 1977, sólo sería extinguida por la muerte. Después de una temporada de aprendizaje al lado de Carlos Reutemann, plagada de trompos y abandonos, a fines de 1978 logró su primer triunfo, justamente en su país natal. Al año siguiente se empezaron a ver sus locuras más recordadas. En el pequeño circuito francés de Dijon, angosto y casi sin lugares de superación, Villeneuve y René Arnoux lucharon por el segundo puesto en un duelo inolvidable, cuyo video es de los más vistos en Youtube: se pasaron seis veces en las últimas dos vueltas, con bloqueadas, tijeras y andando por el pasto. La batalla opacó el triunfo de Jean Pierre Jabouille. “Es uno de los mayores recuerdos de mi carrera. Supe que había sido batido por el mejor piloto del mundo”, confesó Arnoux tiempo después. Ese año, en Zandvoort, Villeneuve dio otra muestra de su tenacidad: se despistó en la primera curva con un neumático desbandado y recorrió cuatro kilómetros en tres ruedas, cruzándose en las curvas y sin bajar la velocidad, para llegar a boxes y cambiarlo. Esa agresividad al volante contrastaba con su espíritu fuera de la pista: un tipo tranquilo, sencillo y familiero, al que su esposa Joanne y sus hijos Jacques y Melanie seguían en casa rodante a todos los autódromos. Postergado en 1979 por su compañero Jody Scheckter en la lucha por el título y después de una mediocre temporada siguiente, la aparición del C126 turbo le permitió ganar dos carreras al hilo en 1981, en Mónaco y Jarama, y alimentó sus sueños de campeón para el año siguiente. Pero en ese 1982 en Ferrari estalló la interna: Didier Pironi vulneró la orden de equipo y le sopló a su compañero lo que parecía un triunfo asegurado en Imola. Villeneuve lo tomó como una declaración de guerra y ya no volvió a hablarse con el francés. Tampoco con el jefe de equipo, Mauro Forghieri, por quien se sintió defraudado. Su único respaldo era Enzo Ferrari. No sabía que esa sería su última carrera. Dicen que ese 8 de mayo, en Zolder, a Villeneuve le duraba la bronca por aquel incidente. En la clasificación para el Gran Premio de Bélgica quiso superar a Jochen Mass, que venía más despacio y el alemán, en su intento de dejarlo pasar, movió su auto. La Ferrari se montó sobre la rueda del March y levantó vuelo. La butaca se desprendió y el piloto terminó su carambola fatal al lado del alambrado. El combativo, el rapidísimo, el amado por el público Gilles Villeneuve ya era historia. Ya era leyenda.  por Marcelo Di Bari Fuente: 

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 Diario Tiempo Argentino 8/5/2012

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