Puccini, ciudadano ilustre

Las visitas de grandes figuras mundiales son una constante para una ciudad internacional como Buenos Aires. En esa lista están las de personalidades políticas, literarias, deportivas y artísticas. En este último rubro, hace algunas semanas el grupo irlandés U2 supo convocar multitudes en sus shows y dejar su impronta como también la dejó, una vez más, el tenor Plácido Domingo actuando en la avenida 9 de Julio ante miles de personas. Y porque convocan a tanta gente es que hacen historia.

Hace casi 111 años, la ciudad tuvo el orgullo de recibir a un símbolo de la música universal: el genial compositor italiano Giacomo Puccini (1858-1924). Aquella visita duró 47 días y también movilizó a miles de personas (en especial a los de la populosa comunidad italiana), que siguieron su presencia no sólo en los teatros donde se presentaron sus obras, sino también en las calles y lugares que recorrió.

Según el minucioso registro que los periodistas Gustavo Gabriel Otero y Daniel Varacalli Costas dejaron en su libro “Puccini en la Argentina”, el autor de joyas como La Bohème, Tosca, La Rondine, Turandot o Madame Butterfly llegó al puerto de Buenos Aires el 23 de junio de 1905. El viaje, realizado en el vapor Savoia, había comenzado el 1° de ese mes en Génova, con una escala de un día en Montevideo. Era la primera vez que Puccini llegaba a América cruzando el Atlántico.

Las crónicas de la época recuerdan que recién a las 13 de aquel viernes 23, Puccini (acompañado de su esposa Elvira) bajó en la Dársena Norte, para empezar a sorprenderse con Buenos Aires, “una bella y grande ciudad europea”, según su propia definición. La gente lo esperaba desde la 7 y siguió su recorrido hasta el edificio de Avenida de Mayo 575, sede del diario La Prensa, propiedad de la familia Paz. En ese edificio el matrimonio estuvo alojado durante toda su visita. Allí, donde ahora está la Casa de la Cultura, los Paz tenían un departamento para huéspedes. Y ellos habían organizado la visita del músico, que incluía los gastos de traslados y alojamiento y un pago de 50.000 francos como honorarios.

En aquellos 47 días, Puccini no sólo asistió a funciones de sus obras en el Teatro de la Opera (estaba en Corrientes, entre Esmeralda y Suipacha, como la actual sala) sino que también visitó el Zoológico de Palermo, el Departamento de Policía, la Penitenciaría Nacional (en Las Heras y Coronel Díaz), vio un partido de fútbol en la Sociedad Hípica Argentina (el Nottingham Forest inglés goleó 9 a 1 a la Liga Argentina), fue al Hipódromo y disfrutó de un recorrido en tranvía por los barrios de Flores, Recoleta y Belgrano, donde siempre había multitudes para aclamarlo mientras hacían flamear banderas argentinas e italianas.

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Lo mismo pasaba con cada presentación de alguna de sus obras. Por ejemplo, el día que fue a ver La Bohéme en el Opera fue tal la ovación que, al final, Puccini tuvo que salir veinte veces al escenario a saludar al público. Y su presencia en Buenos Aires generó un movimiento musical tan grande que sus obras también se presentaron en el Politeama (Corrientes 1490), el Odeon (Esmeralda y Corrientes), el Marconi (Rivadavia 2330), el Victoria (Victoria –actual Hipólito Yrigoyen– y San José) y el San Martín, que eran los principales teatros porteños. El Colón recién inauguraría en 1908. Puccini también se hizo tiempo para recorrer las islas del Tigre, para cazar en estancias cercanas de la provincia (algo que también apasionaba a Puccini) y para asistir a las innumerables comidas en su agasajo. Eran tantas que, en un momento, llegó a tener 72 banquetes.

Pero entre tanta algarabía, Giacomo Puccini también hizo honor a su condición de talentoso compositor y descendiente, por quinta generación, de una familia de músicos. En aquellos días porteños hizo la versión definitiva de Edgar (se estrenó aquí el 8 de julio) y compuso el himno escolar Dios y Patria , con letra de Matías Calandrelli, un periodista de La Prensa. Si bien la obra se publicó en el mismo diario en ese 1905, su estreno mundial recién sería el 17 de mayo de 2006 en el actual Salón Dorado de la Casa de la Cultura. El rescate de esa obra es de los estudiosos Otero y Varacalli Costas.

Después de un último gran banquete de despedida, el matrimonio Puccini se embarcó el 8 de agosto de 1905 en el vapor Venus, hacia Montevideo. En la capital uruguaya estaría hasta el 17, donde también recibiría distintos homenajes, para después partir a Italia en el buque Umbria.

Aquel mes y medio que Giacomo Puccini pasó en Buenos Aires dejó su marca y demostró la pasión que había en su gente por la música lírica, algo que mantiene su vigencia. Lo mismo que la literatura y el arte de los libros, una atracción que se demuestra cada día en la Feria del Libro.

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Y a propósito de escritores, también debe recordarse que muchos vivieron algún tiempo en Buenos Aires, como el gran Federico García Lorca, escribiendo y estrenando obras. Su huella sigue presente en la Ciudad. Pero esa es otra historia.

por Eduardo Parise

Fuente: 

Diario Clarín 25/4/2011

Informacion Adicional: 

Quién es Giacomo Puccini:

Lucca, actual Italia, 1858-Bruselas, 1924) Compositor italiano. Heredero de la gran tradición lírica italiana, pero al mismo tiempo abierto a otras corrientes y estilos propios del cambio de siglo, Puccini se convirtió en el gran dominador de la escena lírica internacional durante los primeros decenios del siglo XX. No fue un creador prolífico: sin contar algunas escasas piezas instrumentales y algunas religiosas compuestas en su juventud, doce óperas conforman el grueso de su producción, cifra insignificante en comparación con las de sus predecesores, pero suficiente para hacer de él un autor clave del repertorio operístico y uno de los más apreciados y aplaudidos por el público.

Giacomo Puccini nació en el seno de una familia alguno de cuyos miembros desde el siglo XVIII había ocupado el puesto de maestro de capilla de la catedral de Lucca. A la muerte de su padre, Michele, en 1863, el pequeño Giacomo, pese a no haber demostrado un especial talento músico, fue destinado a seguir la tradición familiar, por lo que empezó a recibir lecciones de su tío Fortunato Magi, con resultados poco esperanzadores.

Fue a la edad de quince años cuando el director del Instituto de Música Pacini de Lucca, Carlo Angeloni, consiguió despertar su interés por el mundo de los sonidos. Puccini se reveló entonces como un buen pianista y organista cuya presencia se disputaban los principales salones e iglesias de la ciudad.

En 1876, la audición en Pisa de la Aida verdiana constituyó una auténtica revelación para él; bajo su influencia, decidió dedicar todos sus esfuerzos a la composición operística, aunque ello implicara abandonar la tradición familiar. Sus años de estudio en el Conservatorio de Milán le confirmaron en esta decisión. Amilcare Ponchielli, su maestro, lo animó a componer su primera obra para la escena: Le villi, ópera en un acto estrenada en 1884 con un éxito más que apreciable.

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Con su tercera ópera, Manon Lescaut, Puccini encontró ya su propia voz. El estreno de la obra supuso su consagración, confirmada por su posterior trabajo, La bohème, una de sus realizaciones más aclamadas. En 1900 vio la luz la ópera más dramática de su catálogo, Tosca, y cuatro años más tarde la exótica Madama Butterfly.

Su estilo, caracterizado por combinar con habilidad elementos estilísticos de diferentes procedencias, ya estaba plenamente configurado. En él la tradición vocal italiana se integraba en un discurso musical fluido y continuo en el que se diluían las diferencias entre los distintos números de la partitura, al mismo tiempo que se hacía un uso discreto de algunos temas recurrentes a la manera wagneriana. A ello hay que añadir el personal e inconfundible sentido melódico de su autor, una de las claves de la gran aceptación que siempre ha tenido entre el público.

Sin embargo, a pesar de su éxito, tras Madama Butterfly Puccini se vio impelido a renovar un lenguaje que amenazaba con convertirse en una mera fórmula. Con La fanciulla del West inició esta nueva etapa, caracterizada por conceder mayor importancia a la orquesta y por abrirse a armonías nuevas, en ocasiones en los límites de la tonalidad, que revelaban el interés del compositor por la música de Debussy y Schönberg. En la misma senda, el músico de Lucca promovió la renovación de los argumentos de sus óperas, se distanció de los temas convencionales tratados por otros compositores y abogó por un mayor realismo.

Todas estas novedades contribuyeron a que sus nuevas óperas, entre ellas las que integran Il trittico, no alcanzaran, pese a su calidad, el mismo grado de popularidad que sus obras anteriores. Su última ópera, la más moderna y arriesgada de cuantas escribió, Turandot, quedó inconclusa a su muerte. La tarea de darle cima, a partir de los esbozos dejados por el maestro, correspondió a Franco Alfano.

Fuente: www.biografiasyvidas.com

     
     
     
 

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