Promulgan ley que indemniza a las víctimas de 1955

El gobierno nacional promulgó la Ley 26.564, que establece resarcir económicamente a quienes fueron detenidos o sufrieron actos de violencia «entre el 16 de junio de 1955 y el 9 de diciembre de 1983».

Archivo General de la Nación

La norma incluye a las víctimas de los levantamientos ocurridos del 16 de junio al 16 de septiembre de 1955 como beneficiarios de las leyes de resarcimiento por haber sufrido la desaparición forzada u otro acto de fuerza no lícita de parte del Estado.

La ley fue publicada hoy en el Boletín Oficial y dispone extender los beneficios indicados en las leyes 24.043 y 24.411, y sus modificatorias.

La norma incluye a los «militares en actividad que por no aceptar incorporarse a la rebelión contra el gobierno constitucional fueron víctimas de difamación, marginación y/o baja de la fuerza». 
 

Las huellas del bombardeo

 

Fuente: 

Infobae.com – 16/12/09

Informacion Adicional: 

«Soy el muerto que vive» El único sobreviviente del trolebús 305

Benito Lemos tenía 26 años el 16 de junio de 1955, cuando la aviación naval bombardeó Plaza de Mayo para matar a Perón. Lemos viajaba en el trolebús 305, alcanzado por la onda expansiva de la primera bomba de fragmentación que cayó cerca. Las crónicas lo dieron por muerto, como al resto de los pasajeros. Medio siglo después, se animó a contar su historia.

Estaba en la esquina justo de la Casa de Gobierno. En el Bajo e Hipólito Yrigoyen. Saco la foto de un muerto, pero cuando me doy vuelta veo lo del trolebús, que estaba, bajando, unos diez metros. Llego ahí y empiezo a sacar la primera foto cuando veo dos tipos tirados adelante y la cabeza colgando. Subí al trolebús, que era un charco de sangre, los zapatos se me habían llenado de sangre. No se incendió. Los mató la expansión de la onda explosiva, los reventó, murieron reventados. Creo que había, grosso modo, unos sesenta y cinco cadáveres. No se salvó nadie, nadie.» (Relato de Luis Elías Sánchez, fotógrafo del diario Noticias Gráficas en junio de 1955, citado en el libro El día que bombardearon la Plaza de Mayo del periodista Alberto Carbone).

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Luis Elías Sánchez tomó la foto que hoy Clarín reproduce en esta página. Pero nunca supo que un hombre, en ese fresco siniestro, había logrado arrastrarse entre los cadáveres dentro del trolebús 305 —que unía Lanús con Retiro— y saltar a la vida. Medio siglo después, la vida demuestra su empecinamiento sublime. Hubo un hombre que sobrevivió a esa tragedia, cuando Buenos Aires fue, el 16 de junio de 1955, una ciudad abierta, surcada por el odio. Cuando la aviación naval, comandada por un grupo sedicioso de marinos, grupos civiles nacionalistas católicos y militares antiperonistas intentaron matar a Perón en la Casa de Gobierno. Fallaron. Y sembraron la muerte entre la población cuando 34 aviones tiraron 14 toneladas de bombas sobre Plaza de Mayo.

«Soy el muerto que vive», dijo a Clarín Benito Lemos al presentarse. Una expresión que recuerda a la que escribó Rodolfo Walsh en Operación masacre cuando contó la historia de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, en 1956: «Hay un fusilado que vive», escuchó Walsh. Ahora, le tocó a Lemos hablar de sí: «Soy el único sobreviviente de ese trolebús. Esperé cincuenta años para contar a la prensa lo que ocurrió ese día en el trolebús… No sé por qué, pero llegó la hora, como entonces, ese mediodía, no había llegado mi hora de morir.» Lemos tenía 26 años en 1955. Estaba recién casado y su mujer esperaba el primer hijo de ambos. Lemos pertenecía a una familia de clase media baja, con once hermanos, y estudiaba de noche mientras trabajaba como empleado, en la inspección de bancos del Banco Central, en el microcentro. Dos de los hermanos de Lemos estaban empleados en el Ministerio de Marina, foco de la rebelión contra Perón. Lemos era, como parte de su familia, un antiperonista. «No me gustaba la obsecuencia con el gobierno que había en el trabajo, era opresiva, me querían obligar a afiliarme al peronismo. Claro, yo sentía eso, pero estábamos bien, se trabajaba y se vivía… Si lo comparo con lo que vino después, qué bien vivíamos entonces», recordó.

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Entonces, a las 12.40, Lemos recordó que en el momento en que el 305 llegó a la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) y Paseo Colón estaba pensando en su mujer, embarazada. Que estaba leyendo un libro del colegio porque esa noche tenía una clase. Y que escuchó un estruendo tremendo. «La bomba no cayó sobre el trolebús, cayó adelante. Pero la onda expansiva nos alcanzó… No recuerdo más que me vi cubierto de sangre, que había unos 20 o 30 pasajeros, que estaban tirados, no se movían, que yo tenía esquirlas en el cuerpo y sangraba, sangraba y que me tiré por la parte de atrás hacia la calle y pedí ayuda. Gritaba: »Estoy vivo, estoy vivo», pero no me oían. Después, me arrastré hasta la Plaza Colón. Y no sé cuánto después, alguien me recogió y me llevó a la Asistencia Pública, que estaba en Esmeralda 66, donde hoy está la plaza Roberto Arlt.»

El 17 de junio de 1955, un día después del bombardeo, el diario Democracia dio el nombre de Lemos en la lista de muertos. No hubo tiempo para que Lemos aclarara las cosas. Había sido el primero en llegar, refiere, a la Asistencia Pública. Lemos recuerda: «Mirá qué raro —decían las enfermeras—: tiene esquirlas en la planta del pie y no tiene roto el zapato. Las enfermeras tenían miedo… Poco después me llevaron al Hospital Durand. Allí entonces comencé a estar vivo para las listas de heridos. Estuve internado tres meses.»

Lemos, cuando habla, se toca lentamente con sus manos, como si se acariciara el pelo canoso. Pero se toca una y otra vez, como en un gesto involuntario, inconsciente, los lugares donde aún hay rastros de esquirlas. Los análisis realizados más tarde sobre el trolebús 305 indicaron que la metralla de los aviones cayó después de la bomba cuya onda expansiva aplastó a los pasajeros. Lemos estaba sentado en el último asiento, que era un asiento colectivo de más de cinco lugares. Por el impacto, una de las puertas de atrás se abrió y él logró tirarse en la calle.

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¿Qué recuerda de sus compañeros de viaje? Nada, dice. ¿Qué pensó en ese momento? «Supe que si no salía de allí podía prenderme fuego.» Lemos confiesa que en esos tres meses de internación no podía dormir. Pensaba que haber estado despierto lo había salvado de morir quemado dentro del trolebús. Entonces, no dormía. Durante años, tuvo pánico: debía viajar cerca de una puerta.

—¿Nunca pensó qué paradoja que siendo antiperonista y sus hermanos marinos usted fuera una víctima de ese bombardeo?

—Sí, sí. Esa es la locura de la violencia —dijo. Lemos no era peronista. Era un radical sin partido. El 3 de julio de 1989 se jubiló del Banco Central. Su hijo Marcelo —tiene tres hijos—, que estaba por nacer en el momento en que fue alcanzado por el bombardeo, es ingeniero aeronáutico.

María Seoane – Diario Clarín 3/7/05

Bibliografía: Daniel Cichero – Bombas sobre Buenos Aires – Vergara. Buenos Aires, 2005.

 

 

 

 

 

 

 

 

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