Pintaba, cultivaba flores y hacía remedios homeopáticos

En su último libro, «La voz del Gran Jefe», el historiador Felipe Pigna desmenuza la vida privada y cotidiana del Libertador.

¿Quién no recuerda el cuadro de San Martín en el aula de la escuela? ¿Ese retrato, con el que se inmortalizó al padre de la patria, donde el General está abrazado por los laureles, la bandera argentina y mirando hacia el más allá, quizás, hacia los Andes? En esta pintura, como en gran parte de la iconografía sanmartina, nos muestran a un San Martín militar. Pero ha habido otras pinturas –aunque pocas– donde aparece un San Martín fuera del campo de batalla y sin la cordillera de fondo, un hombre simple, con poncho y en actitud de reposo. La voz del Gran Jefe. Vida y pensamiento de José de San Martín es el último libro de Felipe Pigna y en un gesto similar al de las pinturas, el historiador se ocupa no sólo del militar, sino también de otra faceta del Libertador, poco conocida: su carácter humano.

Pigna consultó archivos locales y extranjeros. El resultado es un libro integral que no sólo permite entender el papel que jugó San Martín en la fundación de las naciones latinoamericanas sino también acercarse a su costado privado. La figura de San Martín ha sido revisada en varios momentos. Lo hicieron La Historia de San Martín de Bartolomé Mitre, El santo de la espada de Ricardo Rojas e incluso Un ensayo sobre San Martín de Rodolfo Walsh, cada uno con su punto de vista. –Frente a tantas interpretaciones, ¿cuál es el aporte de su libro? –Le tengo mucho respeto a todo lo escrito. Creo que uno tiene que aportar otra mirada a lo que ya hay. Por ejemplo, ver un San Martín humanista, pintor, concertista de guitarra, lector de filosofía, a quien le encantaba hacer muebles, la relojería, la jardinería y hasta la homeopatía. San Martín tenía su botiquín homeopático y se hacia sus propios remedios. –¿Cuándo surge el interés de San Martín por la homeopatía? –Probablemente en su primera estadía en Londres en 1811. Tomó contacto con la medicina homeopática y fue uno de los primeros en practicarla en nuestro país. Se conserva en Mendoza su botiquín homeopático muy completo que lo acompañó durante el cruce de los Andes. –¿Cuáles eran sus enfermedades? –Padecía varias, entre ellas artritis reumatoidea, asma, gota y serios problemas gástricos. Además, eran frecuentes sus vómitos de sangre. No padecía, como algunos hombres, de un absurdo machismo que intenta ocultar los males físicos. Tenemos un registro muy preciso porque narra con detalles sus padecimientos a sus amigos en su correspondencia. –¿En qué momento se vuelca a las actividades culturales? –Siempre tuvo interés por la cultura, por la lectura. Fundó y promovió la fundación de bibliotecas. Decía: “Los días de inauguración de bibliotecas son tan felices para los amantes de la libertad como tristes para los tiranos”. –En el Museo Histórico Nacional está recreado el cuarto de San Martín. Allí, junto a su cama, hay colgados varios cuadros, entre ellos una marina de su autoría ¿En qué momento se inclinó a pintar? –En algunos de sus períodos de inactividad militar en España. Lo hacía muy bien y su especialidad eran las marinas, pinturas de paisajes navales. –¿Y en cuanto a la música? –Pudo disfrutar gracias a su amigo Alejandro Aguado, un empresario, de la ópera de París, de veladas líricas y conciertos. Disfrutaba de la pinacoteca de Don Alejandro que incluía obras de Rafael, Leonardo y los mejores pintores de todos los tiempos. San Martín fue un destacado alumno del maestro español Fernando Sor, notable concertista y compositor español. –Y hacía jardinería… –Practicó jardinería y horticultura en su casa de Grand Bourg, muy cerca de París, por entonces una zona casi campestre. Allí se dedicaba junto a sus nietas al cultivo de flores, plantas y hortalizas que abastecían a la familia. Estaba muy atento a la llegada de la primavera luego de los hostiles inviernos parisinos, temiendo por la suerte de sus cultivos. –También le gustaba la carpintería. –Era muy buen carpintero y ebanista. Esto lo practicó durante su exilio. Fabricaba mueblecitos para las muñecas de sus nietas a quienes dejaba llamarlo “el cosaco” por un gorro que usaba cuando trabajaba. –¿Cómo fue armando su biblioteca? ¿Qué títulos la integraban? –San Martín comenzó a formar su exquisita biblioteca en su adolescencia en España. Una ciudad puerto muy cosmopolita como Cádiz, en la que pasó muchos años, era propicia para ir armando una biblioteca que incluyera los libros prohibidos por el Index de la Inquisición. También aprovechó su paso por territorio francés, como cuando estuvo un tiempo en Marsella, para comprar los libros revolucionarios que no conseguía en España ni de contrabando. Compró muchos libros en Londres antes de embarcarse hacia Buenos Aires. La biblioteca es muy variada y expresa el espíritu enciclopedista, curioso e inquieto del Libertador. Hay autores que influyeron en la Revolución Francesa como Voltaire, Rousseau y Montesquieu, obras de los protagonistas de la Revolución norteamericana, tratados de Historia, mucho material sobre historia de América en general y de Latinoamérica en particular, obras de ingeniería militar, material de Teología, obras de y sobre los filósofos griegos, tratados de estrategia, de ajedrez, de relojería, sobre religiones orientales, jardinería, ebanistería y carpintería. Son más de 700 volúmenes. –¿En qué momento la figura de San Martín es puesta en valor? –Lamentablemente, con el golpe de 1930. Los militares golpistas se adueñan de él injustificadamente y contra todo espíritu sanmartiniano, porque San Martín dejó en claro –en el Código de Honor del Ejército de los Andes– qué tiene que hacer un soldado: “La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes”. Fuente: 

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Diario Clarín 11/1/2015

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