Perón y Montoneros, una pelea que trascendió a todo el país

Cuarenta años atrás, la Plaza de Mayo fue escenario de la ruptura definitiva entre Juan Domingo Perón y Montoneros, la organización político militar que él mismo había alentado cuando seguía proscripto en el exilio madrileño y la Argentina era gobernada por una seguidilla de dictadores.

Los montoneros ya no eran la “juventud maravillosa” del General: se habían convertido en “infiltrados que trabajan adentro y que, traidoramente, son más peligrosos que los que trabajan desde afuera”, como también les dijo desde el balcón de la Casa Rosada aquel 1° de mayo de 1974. Muchos jóvenes ya no lo escuchaban porque le habían dado la espalda y se iban. El acto terminó con la mitad de la plaza vacía y con la otra mitad, la que había sido movilizada por los sindicatos, gritando victoriosa: “¡Ni yanquis ni marxistas, peronistas!” y ¡Perón, Evita, la patria peronista”. Perón había bendecido a los gremialistas “sabios y prudentes” y a los sindicatos que formaban “la columna vertebral de nuestro Movimiento”.

Fue el día en que Perón los echó de la Plaza de Mayo y de su movimiento o, como siguen sosteniendo los ex jefes guerrilleros, cuando ellos decidieron irse empujados por la presión de sus bases. Lo cierto es que ya no hubo retorno porque Perón, que era presidente por tercera vez, murió dos meses después. Montoneros había planeado el acto del 1° de mayo como una asamblea popular ante la cual Perón debía rendir cuentas de su gobierno, y la consigna que llevó a la plaza fue punzante: “¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa General, que está lleno de gorilas el gobierno popular?” La gritaron con fuerza cuando el Presidente salió al balcón a las cinco de la tarde. También insultaron a su esposa, la vicepresidenta Isabel Perón. Con fastidio, Perón esperó que se callaran, luego hizo gestos con las manos pidiendo silencio. Como no lo consiguió, se largó.

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Perón comenzó así: “Compañeros: hace hoy veinte años que en este mismo balcón y con un día luminoso como éste, hablé por última vez a los trabajadores argentinos. Fue entonces cuando les recomendé que ajustasen sus organizaciones porque venían días difíciles. No me equivoqué ni en la apreciación de los días que venían ni en la calidad de la organización sindical, que se mantuvo a través de veinte años, pese a estos estúpidos que gritan (…) hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más méritos que los que lucharon durante veinte años”.

La disputa había comenzado hacía ya un año, en abril de 1973, cuando Perón conoció a la cúpula montonera en el Hotel Excelsior, donde la Via Veneto de la Dolce Vita hace una curva, calle de por medio con la embajada de Estados Unidos en Italia. Perón había viajado a Roma en una visita a autoridades italianas y vaticanas. Allí, luego del triunfo del peronismo en las elecciones del 11 de marzo, el General recibió a Mario Firmenich, Roberto Perdía y Roberto Quieto. Recuerdo en mi libro Operación Traviata varias anécdotas de aquel encuentro; todas indican que ambas partes se cayeron muy mal. Lo admitió meses después Firmenich en una recordada charla a los dirigentes de Montoneros en la Ciudad Universitaria, donde señaló que hasta la reunión en Roma ellos no conocían al verdadero Perón y que recién en aquel momento se dieron cuenta de la “contradicción principal” que los separaba: “nosotros somos socialistas, pero él no lo es”. De allí derivaban otras diferencias como la lucha de clases como motor de la Historia mientras Perón defendía la conciliación entre empresarios y trabajadores arbitrada por el Estado.

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En ese contexto, Firmenich, Perdía y Quieto rechazaron la propuesta de Perón de dejar las armas e insertarse en la política. Para él, los grupos guerrilleros eran “formaciones especiales” para luchar contra la dictadura, que debían desarmarse ahora que el país había vuelto a la democracia y el peronismo al poder; ellos pensaban, en cambio, que “el poder brota de la boca del fusil” y que la conquista del aparato estatal para impulsar la revolución socialista imponía un “momento militar”, un choque a todo campo contra las FF. AA.

A partir de allí, la disputa derivó en nuevos enfrentamientos, cada vez más profundos, de los cuales ya no pudieron retornar: la matanza en el aeropuerto de Ezeiza, cuando Perón regresó al país luego de su exilio; la renuncia del presidente Héctor J. Cámpora, a quién Perón acusó de haberse dejado influenciar por Montoneros; las nuevas elecciones presidenciales, que consagraron a Perón con casi el 62 por ciento de los votos, del brazo, esta vez, de los sindicatos, enemigos jurados de la Juventud Peronista; el asesinato del líder de la CGT, José Ignacio Rucci, la mano derecha de Perón en el gremialismo y uno de los garantes del pacto social con los empresarios; la “purga” de los montoneros y sus aliados de todos los cargos relevantes que ocupaban en el peronismo, el Gobierno Nacional y las administraciones provinciales; el debut de la Triple A, un grupo paraestatal organizado para matar montoneros e izquierdistas; el endurecimiento de la legislación represiva; la expulsión de ocho diputados díscolos, como Carlos Kunkel; la escisión de Montoneros con la formación de la Juventud Peronista Lealtad, en la que participaron el padre Carlos Mugica, Chacho Álvarez, Horacio González y Alberto Iribarne, entre otros, y la destitución de gobernadores afines a los montoneros, como el bonaerense Oscar Bidegain y el cordobés Ricardo Obregón Cano.

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Todo eso ocurrió en apenas un año. Para el acto del 1° de mayo de 1974, la situación ya estaba clara: Perón y Montoneros no se soportaban; tenían proyectos muy distintos. Claro que la disputa trascendió rápidamente las fronteras del peronismo y manchó de odio y de sangre a toda la sociedad argentina.

por Ceferino Reato, director de la revista Fortuna, su último libro es ¡Viva la sangre!

 

Fuente: 

Diario Clarín 2/5/2014

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