Periodista, de cuerpo y alma

Comparte con Gabriel García Márquez la certeza de que el periodismo es el mejor oficio del mundo. Se inició en la época del periodismo bohemio y autodidacta, de aquellas redacciones donde la Olivetti y el cigarrillo marcaban el ritmo siempre nervioso de las noticias. Santiago Senén González es de aquella estirpe de periodistas que se han vuelto inhallables de las redacciones, entre otras cosas porque no ha renunciado a considerar los cafés porteños como una prolongación obligada de la redacción, donde pone en debate la actualidad, siempre caliente, con amigos forjados en los años de batallas diarias. Cumple invariablemente la cita semanal de los almuerzos de periodistas que nacieron hace muchos años en el Club del Progreso, que reúnen además a escritores, políticos y alguna rara avis que aparece de tanto en tanto. Amigos como Rogelio García Lupo, Isidoro Gilbert, Oscar Serrat, Norberto Vilar, son contertulios de estos encuentros que, para un oído atento, sirven para escribir en capítulos la historia del periodismo argentino.

Senén González jamás confesará su edad, por una coquetería masculina en la que persevera, pero lleva un recorrido que supera las seis décadas, en las que exploró todos los campos del periodismo: la gráfica, agencias de noticias, radio, televisión, oficinas de prensa, corresponsal extranjero … Estuvo de los dos lados del mostrador: de cronista a director periodístico; pero también fue por varios años delegado gremial, discutiendo paritarias mano a mano con la patronal. Es además historiador, especializado en temas gremiales y sociales, con una decena de libros publicados y uno próximo siempre en carpeta. El primero lo escribió con el sociólogo Juan Carlos Torre en 1969 y desde entonces viene buceando las relaciones de poder del sindicalismo argentino. También las figuras más carismáticas, como la de Augusto Timoteo Vandor. Otras buenas plumas lo secundaron; en “El sindicalismo en tiempos de Menem”(1997) y otros cinco libros con Fabián Bosoer; “El 17 de octubre de 1945” (2005) con Gabriel Lerman; “El ave Fénix” (2010) con Germán Ferrari. Su último libro es sobre el Partido Laborista y su figura clave, Cipriano Reyes. Después de años de acumular papeles de tantas coberturas periodísticas legó para los estudiosos su Archivo de Historia del Movimiento Obrero Argentino a la Universidad Torcuato Di Tella, que contiene documentos inéditos, entre ellos el acta de las reuniones del Congreso Normalizador de la CGT realizado en septiembre de 1957. Por una jugada del destino en ese congreso conoció a Silvia Novick, una entusiasta jovencita que seguía las ideas de Gino Germani, que se había acreditado por el centro de estudiantes de Filosofía, para vivir de cerca los debates de los sindicalistas. Santiago –que estaba cubriendo el congreso- le tomó la mano, escaleras abajo, y jamás se la soltó. Tienen cuatro hijos: Octavio, Edgardo, Cecilia y Sebastián y siete nietos. Su padre, del mismo nombre, fue periodista y reconocido dirigente del gremio de prensa. Con orgullo Santiago recuerda que fue uno de los impulsores del primer congreso nacional de Periodismo, que se realizó en el año 1938 en la ciudad de Córdoba, que marcó un hito porque allí se elaboró, discutió y aprobó el primer proyecto de contrato colectivo de trabajo periodístico, antecedente del Estatuto del Periodista Profesional. Santiago recuerda una infancia feliz. Hijo único, su madre también trabajaba, en la oficina de Correos. Cursó la primaria en un colegio del centro porteño donde tuvo como compañerito de banco al socialista Víctor García Costa, con quien habitualmente comparte encuentros y debates. El periodismo lo atrapó de pantalones cortos, un día en la década del ’50, como aspirante en la sección Deportes del diario El Mundo. En esa redacción se codeó con los popes del periodismo de aquella época: Roberto Arlt, los hermanos González Tuñón, Conrado Nalé Roxlo, Rivas Rooney … Pasó por las redacciones de La Época, El Líder, Democracia, en los años marcados por el peronismo y por algunas batallas con los medios. Pero no aceptó ni entonces ni ahora rótulos ni embanderamientos. El periodista “alquila su talento” dice cuando se menciona la diversidad de medios para los que escribió. Con Mario Monteverde, su amigo por años, compartió “El último café”, en 1963, en el viejo Canal Siete. Lo atraviesa una sombra de tristeza cuando lo recuerda, al igual que a Edgardo Sajón, su otro gran amigo, desaparecido en la dictadura. Su largo camino como periodista está jalonado de historias. Como aquel viaje con su colega Augusto Bonardo a Venezuela, en 1958, que terminó en Cuba, atraído por unos barbudos que prometían una revolución. Sus crónicas hablan, por primera vez para diarios argentinos, de un líder argentino al que apodaban “el Che”. por Graciela Petcoff Fuente: 

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Diario Clarín 14/12/2014

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