Patria y absenta

La Primera Guerra Mundial fue el principio de la edad de oro del prohibicionismo antialcohólico, lleno de lleno de intereses económicos, , matices moralistas, elitistas e, incluso, xenófobos. Nos esperan este año tremendas retrospectivas por el centenario del principio de la Primera Guerra Mundial. Hablarán de batallas, de políticas, contarán historias crueles, heroicas o sorprendentes. Mencionarán menos algunos efectos inesperados del conflicto. Las guerras son tiempos de leyes excepcionales y de cambios que hubieran sido inaceptables en tiempo de paz. Las necesidades de la máquina de guerra lo justifican todo. Al final del conflicto, se tendría que volver al ‘statu quo’ anterior. En la práctica, los años de crisis se transforman siempre en una oportunidad de intentar cambiar la sociedad. Un ejemplo entre otros: la Gran Guerra tuvo un impacto tremendo sobre el mundo del alcohol.

Es un hecho contra-intuitivo: lo que más necesita un gobierno lanzado en un conflicto a gran escala es dinero; el Estado ha mamado siempre de los impuestos pagados por la industria. Además, en todas las épocas, los soldados se animaron con sus raciones de ron, cerveza o vino. A pesar de esto, las guerras suelen traer restricciones a las cuales no escapaba el negocio del alcohol. La primera razón tiene que ver con el racionamiento: ¿qué hacer con el grano? ¿Pan para los soldados o destilados? ¿Alcohol industrial, indispensable para los obuses, o ginebra? La segunda es la necesidad de controlar la población: una masa intoxicada es más susceptible de rebelarse. En los primeros días de la Gran Guerra, el gobierno del Reino Unido votó varias medidas. La ‘Defense Act’ impuso el cierre de los pubs por la tarde y la rebaja del grado alcohólico de las cervezas. En Alemania, medidas similares hicieron caer por tres la producción de lo que se consideraba la «gasolina» del soldado alemán. La Rusia zarista prohibió la venta de destilados fuera de restaurantes en 1914. Y, aunque la prohibición americana sólo fue ratificada en 1919, y se aplicó después de la firma del Tratado de Versalles, se votó a nivel federal en diciembre del 1917 y no cabe duda de que la guerra jugó su papel: la propaganda histérica de la ‘liga anti-saloon’ utilizaba un hecho incontestable: los productores de cerveza estadounidenses (Pabst, Busch, Budweiser) eran de origen alemán. ¿Dejamos a estos hijos del enemigo utilizar nuestro grano para envenenar con su alcohol a nuestros soldados? Por otra parte, el patriotismo bélico del país hizo posible lo impensable hasta la fecha: una intervención mayor del estado federal en la vida de los ciudadanos.  La Primera Guerra Mundial tuvo también un efecto decisivo sobre el destino de la absenta. Prohibida en Suiza, Estados Unidos y en otros países en los años anteriores, sobrevivía en Francia a pesar de las campañas feroces lideradas por médicos y ‘lobbies’ del vino. Estos últimos se sentían amenazados por un nuevo competidor que había conocido sus primeros éxito en medio de la crisis de la filoxera. Consiguieron imponer algunas regulaciones contra la ‘fée verte’ pero sin acabar con ella. Desgraciadamente para los productores de absenta, los primeros meses de guerra fueron malos para el ejército francés (a pesar de las raciones de vino). El espectro de la humillante derrota de 1870 contra Prusia estaba en la cabeza de todos. Entonces, la pérdida de Alsacia y Lorena fue achacada a un ejército mal liderado y débil, bebedor de absenta -fueron lo soldados franceses los primeros en popularizar su consumo. En 1914, algunos pensaron que las tempranas victorias alemanes fueron el triunfo de lo natural (la cerveza) contra lo artificial (la absenta). Los errores sobre su peligrosidad (hoy sabemos a ciencia cierta que la absenta no enloquece) no habían acabado con ella. La guerra, sí. Si bien la ley seca estadounidense fue derogada en 1933, en plena crisis económica, hubo que esperar hasta el 2010 para poder producir legalmente absenta en Francia. En Bélgica, una ley votada al salir de la guerra para prorrogar los efectos de las medidas tomadas durante el conflicto prohibió la venta en bares y restaurante de alcoholes de más de 18° grados hasta 1984. Los pubs ingleses tuvieron que esperar para volver a abrir por las tardes hasta 1988. En Rusia los bolchevices mantuvieron la prohibición del alcohol hasta 1925. Que se prolongaran tanto estas medidas de tiempos revueltos se debe, en gran parte, a la labor de los movimientos prohibicionistas nacidos a mitad del siglo XIX. No solo motivados por un tema de salud pública – la pugna fue moral, religiosa, política y, a veces, racista- consiguieron imponer a la sociedad unas ideas radicales. Pero sin la guerra, muchos de sus objetivos no se hubieran logrado. Incluso en lo más insospechado, los conflictos tienen efectos duraderos. por François Monti es periodista, escritor y historiador del cóctel. Ha publicado en Francia ‘Prohibitions’ (editorial Les Belles Lettres) una historia sobre elprohibicionismo del alcohol. Fuente: 

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Diario El Mundo 10/2/2014

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