«Para Pinochet, Pablo Neruda valía más muerto que vivo»

Cuando era chico a Rodolfo Reyes le encantaba ir a jugar a la casa de su tío Pablo, que nunca dejó de coleccionar juguetes. Ignoraba que su tío era un poeta famoso y mucho menos comunista. Era el “tío rico” o el tío Pablo, aunque su documento dijera Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto y el mundo lo conociera como Pablo Neruda.

“Jugábamos toda la tarde hasta que sentíamos: ya niños vengan a tomarse una leche ”, dice este abogado especialista en Derechos de Autor. Los recuerdos felices se cruzan con los tristes y sombríos. Por estos días, Reyes –en nombre de los sobrinos de Neruda– es querellante en la causa que inició el Partido Comunista chileno para saber si al trasandino lo mató la dictadura de Pinochet y no –como se creía– un cáncer de próstata. La investigación surgió cuando el chofer personal del poeta, Manuel Araya, señaló que a Neruda le habrían aplicado una inyección letal y que su tumor estaba controlado. La Justicia chilena tomó medidas y aparecieron grietas: médicos que no existen, registros farmacólogicos extraviados, declaraciones cruzadas. Por eso, el 8 de abril pasado se realizó la exhumación de los restos de Neruda, y allí estaba Reyes, el único de sus herederos directos presente. Con su sospecha disiente su sobrino Bernardo Reyes, autor de la biografía Un retrato de familia, que aseguró vía mail a Clarín: “Cuando Neruda estaba internado, su estado era tan bueno que ingresó un número indeterminado de personas a la habitación, lo que provoca un cuadro febril que finalmente lo descompensa y lo lleva a la muerte; esto es puro farfulleo”. Neruda murió el 23 de septiembre de 1973. Los primeros dos días, los diarios dijeron que había muerto por una inyección y un ataque al corazón. Cuatro días después dijeron que había sido un cáncer de próstata. “Y con esa información nos quedamos, en ese tiempo no se podía preguntar mucho más”, explica Rodolfo, que acompañó a Neruda en su aventura como candidato presidencial antes de que las urnas consagraran a Salvador Allende y que trabajó durante cuatro décadas en la empresa en la que su tío lo había recomendado.

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 ¿Qué recuerda de esas primeras horas tras la muerte de su tío? La noche en que se anunció su muerte fue terrible; los disparos a pocos días del golpe militar estaban a la orden del día y el parentesco nos hacía sentir muy vulnerables. Encontramos su casa totalmente asaltada: agua por las escaleras, libros quemados, colchones destrozados, vidrios y objetos de arte en el suelo, pero Matilde Urrutia, su mujer, no quiso denunciarlo. Fue velado allí con consignas y militantes del Partido Comunista que hicieron una guardia de honor breve porque la policía los buscaba y los hacía desaparecer. Rumbo al funeral, el resguardo policial interrumpía el paso. Había muchas armas y sin embargo se cantó la Internacional Socialista. ¿Por qué han crecido sus sospechas sobre los motivos de la muerte de Neruda? Porque la clínica Santa María debió haber guardado los antecedentes médicos y fichas farmacológicas durante 40 años y no había ninguna ficha de Neruda. La labor de los médicos también alimenta las sospechas. El doctor Sergio Draper, que lo atendió, aún ejerce en Chile. La incógnita surge cuando él señala que le entregó el turno al doctor Price –cuyo nombre de pila nadie conoce–. Supuestamente Price le mostró el cuerpo a Matilde y la ayudó a vestir a Neruda. El problema es que nadie conoce a Price. Yo dudo de que haya existido. El 2 de mayo los peritos del Servicio Médico Legal de Chile confirmaron que Neruda tenía cáncer. Pero no es la causa inmediata de su muerte. Además, se enviaron muestras óseas al laboratorio de la Universidad de Carolina del Norte en Estados Unidos, para que unos exámenes verifiquen o descarten la existencia de cualquier sustancia extraña que le hubiera provocado la muerte. Todavía no hay resultados de eso. ¿Cómo fueron los doce días que Neruda vivió en dictadura? Neruda conocía toda la información y el presidente mexicano le ofreció sacarlo del país. Lo llevaron a Santiago porque en Isla Negra había sido allanado muchas veces. Sabía que mataban a sus amigos. Y si hubiese salido de Chile, habría lanzado un Yo Acuso (como el que lanzó en 1948 contra el gobierno de Gabriel González Videla) de connotación global: todo el mundo lo conocía, era Premio Nobel. Para Pinochet hubiera sido un lastre muy grande, un problema muy grande. Yo creo que Neruda a Pinochet le valía más muerto que vivo. por Guido Carelli Lynch Fuente: 

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Diario Clarín 19/5/2013

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