Otro fútbol que trajeron los ingleses

¡Clang!… El sonido del fuerte golpe de la pelotita de madera contra la red metálica del fondo marca el gol. Y por un momento las barras dejan de balancearse hasta que quienes mueven las manivelas vuelvan a poner en juego, y desde el medio de la cancha, esa pelotita que cae por una ranura para ser disputada por once muñequitos metálicos. Esos, que alguna vez fueron de plomo y hoy hasta pueden ser de titanio. Para el país, el juego se llama metegol. Para el mundo puede ser futbolín, fussball, karambol, pebolim o totó y hasta futbolito.

Dicen que el fútbol de mesa, como se lo conoce en forma oficial, fue inventado en algún lugar de Alemania o de Francia en 1890. Y que una de las primeras patentes que se conoce es la de Inglaterra, en 1913, lo que le dio mayor difusión. También hay registros similares en Estados Unidos y en Suiza, pero dos décadas después de los presentados por los ingleses. Lo cierto es que el juego, que tiene una mesa con una medida promedio de un metro de ancho por 1,40 de largo, tiene fanáticos en todo el mundo. En todas las mesas hay once jugadores por equipo, como en el fútbol tradicional. Pero las formaciones fueron cambiando con los años. En las más antiguas es de un arquero, dos defensores, cinco mediocampistas y tres delanteros; en las más actuales la variante está en que los defensores son tres y los mediocampistas cuatro. Lo más curioso es que en España, donde el juego se conoce como futbolín, los jugadores tienen las piernas separadas. Aquí, como en casi todo el mundo, son de una sola pierna ancha y terminada en cuadrado para impactar mejor a la pelota. Por supuesto que, como todo juego que se precie, el metegol tiene sus reglas bien marcadas y establecidas, incluso a nivel internacional. Por ejemplo: no se puede empezar sin consultar al rival si está listo. Viene de una vieja costumbre del fútbol de campo cuando los que iban a mover la pelota preguntaban “¿are you ready?” y alguien del equipo rival contestaba “yes”. Por deformación idiomática, en los barrios y en los chicos, aquello se transformó en “aureri” y “diez”. También el reglamento es muy claro en prohibir algo que, para los jugadores, es casi un pecado mortal: el molinete. Es cuando la rotación del jugador gira más de 360 grados antes o después del impacto de la pelota. La sanción es la pérdida de posesión de la pelota. Pero si el molinete termina en gol, la sanción es mayor: se convierte en un gol en contra. Para conocer todas las reglas del juego, en la Ciudad existe la Asociación Argentina de Fútbol de Mesa, una entidad civil creada en 1997 y miembro de la Federación Internacional de esta actividad, que tiene medio centenar de países afiliados. En Buenos Aires son muchos los lugares en los que las mesas de metegol se convierten en un atractivo. Por lo general son viejos bares o pequeños clubes de barrio. Alcanza con comprar la respectiva ficha, colocarla en la ranura, tirar de una pequeña manija y esperar que las cinco, siete o nueve pequeñas pelotas caigan en una base que las recibe. A medida que se convierten los goles, las pelotitas vuelven a quedar dentro de la mesa, hasta que alguien introduzca la ficha y todo comience otra vez. El metegol figura como un gran entretenimiento que tuvo un mayor impulso por la difusión que alcanzó la película animada en 3D que hizo Juan José Campanella. Se estrenó en julio de este año. Pero así como están los metegoles, en Buenos Aires hay otro deporte de interiores que está haciendo furor: el tenis de mesa o ping-pong. Cuentan que surgió en Inglaterra, alrededor de 1870, como un derivado del tenis. Dicen que los primeros jugadores armaron sus paletas con las tapas de madera de unas cajas de habanos y que, como pelota, usaron unos corchos de botellas de champán, especialmente redondeados. Pero esa es otra historia. por Eduardo Parise Fuente: 

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Diario Clarín 2/12/2013

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