No hay nada igual

Chicago festeja su Centenario y Olé juntó a varias glorias del club. A pesar de estar en la B Metro, la pasión de su gente sigue intacta. “¿Cómo se agradece tanto cariño de la gente?”, describe Ariel Jesús, héroe del 2001.

Arriba: Franceschini, Martín Saric, Barlatay, Argüello, Nico Sánchez, Pablo y Rodolfo Motta, Juan Carlos Erba, Daquarti y Christian Gómez. Abajo: Roque Erba, Orsi, Jesús, Farías, Héctor Sánchez, Roberto Vega, Martens y Barbona. 

Una lucha eterna que recién cumple un centenario. Nueva Chicago es el bastión de los habitantes de Mataderos y de zonas aledañas como La Matanza, una tierra que a lo largo de su historia conjugó la humildad y lealtad obrera con la sangre efervescente de sus vecinos. Un espacio sobrecargado de sueños que a menudo encontraron barreras para el logro de los mismos. Allí se gesta la guapeza de un barrio que en el fútbol, a través del Torito, refleja su inalterable deseo de batalla ante los poderosos.

Aquel 1° de julio de 1911 en el puente de Bilbao y San Fernando se originó Los Unidos de Nueva Chicago, que a través de su historia cosechó mayor cantidad de decepciones deportivas que coronaciones, más lágrimas que sonrisas. ¿Cómo se explica tanto calor en sus tribunas? ¿Cuál es el sentido de pertenencia por esa combinación verdinegra? La aritmética y la lógica no logran develar las causas de tanta pasión. Porque un equipo que es alentado por 10.000 personas en Córdoba frente a Instituto en una final por un ascenso (9/6/2001) o respaldado por la misma cantidad en la despedida de Primera en Avellaneda ante Independiente (26/06/2004) es anormal. También sale del contexto de opresión por la dictadura militar haber pronunciado las estrofas de la marcha peronista en épocas de facto (24/10/1981). Lo irracional, propiedad del inconsciente, se transforma en vida en Chicago, ya sea para bien o mal.

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Sus ídolos son verdaderos patriarcas para sus hinchas. La idolatría de muchos de ellos no cruzó los límites de Mataderos. Eso no importa para los fieles del Verdinegro. Los apellidos Motta, Vega, Higuaín, Gómez, Calandria, Franceschini y Erba ocupan un espacio de gloria, de respeto y admiración. Una buena parte de los personajes destacados de la historia de Chicago se hicieron presentes en el césped que alguna vez los albergó. Ese que propagó las vibraciones producto de tanto aliento en las tribunas y que les permitió a los futbolistas locales doblegar a sus rivales de turno.

Distintas generaciones, desde Alberto Daquarti (76 años) a Nicolás Sánchez (25). Uno es una leyenda de finales de los 50, el otro un baluarte del último ascenso a Primera de 2006. Además de Roberto Vega (volante en 1981 y técnico en 2001), Rodolfo Motta y su hijo Pablo (cabezas del cuerpo técnico en 2006), más Christian Gómez y Héctor Pocholo Sánchez, dos glorias contemporáneas surgidas de la cantera que integraron el equipo que superó a Instituto hace una década. “Este club es todo en mi vida”, sostiene Motta, que es una institución dentro de este club. “Me conozco todos los rincones del polideportivo y de la cancha. Compartir los 100 años con mucha gente es genial, es único”, acompaña Gomito. Entre tanta figura con la camiseta verdinegra brotaron anécdotas y bromas. Comparaciones y recuerdos del camino transitado: “¿Cómo se agradece tanto cariño de la gente?”, describe Ariel Jesús, héroe del 2001.

Rodrigo, Mauro, Carlos, Julio, Omar y Sebastián emanan admiración de sus cuerpos, se codean ante tanta gloria presente. Esos hinchas aportaron para la producción la bandera “No es un paso atrás, sólo estoy tomando impulso”. Una frase que denota la identidad de Chicago: esa entereza emocional que pretende revertir la situación delicada que atraviesa el club. Otra vez, los hinchas deberán librar batalla, interna y externa, una costumbre de este siglo. Ellos ya eligieron su destino.

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por Fabian Rodriguez Frodriguez@ole.com.ar Emiliano Sotomayor Esotomayor@ole.com.ar
 

Fuente: 

Diario Olé 1/7/2011

Informacion Adicional: 

El origen del nombre:

Cuando estuvimos haciendo para Culturaleza un documental en el Mercado de Hacienda de Liniers, nos contaron una historia: Entre las calles Tellier (hoy Lisandro de la Torre), José Enrique Rodó, Directorio y Murguiiondo, estuvo el Matadero Nacional «Lisandro de la Torre», que ocupaba a más de ocho mil trabajadores y faenaba más de un millón y medio de kilos de carne vacuna por día, más porcinos y ovinos, con lo que se abastecía a la Capital Federal y gran parte del conurbano. Ese edificio fue construído en 1899 según un modelo de la ciudad de Chicago, en Estados Unidos de Norteamerica. Los vecinos más cercanos al matadero comenzaron a llamar al barrio «Nuevo» Chicago y a la zona «La Nueva Chicago». Para los vecinos, los comerciantes en ganado, los vinculados a la actividad del matadero, se fue imponiendo el nombre de «barrio del matadero». Mientras tanto el club social y deportivo de la vecindad fue bautizado como club Nueva Chicago, que acaba de cumplir cien añós. La presión popular y la costumbre fueron imponiendo el nombre de «Mataderos» al barrio y así se lo conoce actualmente, siendo oficializado por el Concejo Deliberante porteño en 1972.
       
El viejo edificio del matadero fue demolido y en su lugar se construyó un parque recreativo.

Sin embargo la actividad ganadera y esa sensación de que la pampa y la ciudad continúan aun muy vinculadas en esa zona no concluyó. En un enorme predio que tambien da sobre la calle Lisandro de la Torre y llega hasta la avenida Eva Perón, funciona el Mercado de Hacienda de Liniers, donde se rematan diariamente poco más de un 14 por ciento de la hacienda que se faena en la región metropolitana. El mercado se llama Liniers, pero el lugar es Mataderos y el club Nueva Chicago tiene su sede sicial en la vereda de enfrente.

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por Héctor H. Rodríguez Souza

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